Qué cosas, ¿verdad? El final de curso.
Las aulas huelen a tiza, a esa mezcla rara de polvo y trapo que se te queda en los dedos como un recuerdo blanco cuando borras la pizarra. Las sillas arrastran contra el suelo con un lamento de madera, como si ellas también quisieran irse de vacaciones, sacudirse el peso de tantos cuerpos pequeños. Y alguien cierra la carpeta, el portátil, la libreta, o la mochila y suspira desde el tuétano: “por fin”.
Podría pararme ahí, en ese umbral de luz. Hablar de la piscina, del primer chapuzón que corta la respiración, de las siestas largas donde el tiempo se derrite, del helado que se escapa entre los dedos y te dibuja un río dulce por la muñeca. Podría. Pero no, fíjate, no quiero. Porque en la tele, en el móvil, en los titulares que saltan sin pedir permiso como pájaros oscuros, aparece Palestina.
Allí no hay tiza. Bueno, sí, pero la usan para escribir nombres en los cascotes, para que no se borre del todo quién vivió ahí, quién amó, quién regó las albahacas. Los críos no cierran cuadernos; cierran los ojos y cuentan hasta diez, muy despacio, a ver si el ruido de arriba era un avión o solo el trueno gordo de la tormenta. Me da rabia decirlo, me da una tristeza honda, pero es así.
Una maestra de allí, no sé su nombre, y qué más da, se llamaba ternura, le decía a su clase: “tranquilos, no es nada, es la lluvia”. Pero llovía a pedazos, y no era agua, era el cielo desgarrándose.
¿Cómo se hace para seguir dando clase cuando el techo se mueve y el miedo tiene filo? Pues se sigue. Se sigue con el alma en un hilo. Se tapan los oídos de los pequeños con las manos tibias, se tapan sus bocas para que el pánico no escape, se tapan sus ojos para que no vean el fogonazo que convierte la mañana en un relámpago feroz.
Y se reza, o no, pero se sigue. Esa maestra, te digo, al final del día no cuenta aprobados; cuenta cabezas. Una, dos, tres… que no falte ninguna, que el círculo no se rompa. Y si falta una, se traga el llanto entero, como un nudo de vidrio, y a seguir, a seguir, porque el que viene detrás no espera, porque la vida allí es un río que no se detiene a llorar.
Las mochilas de los niños, y esto no es un símil barato, pesan como pesa el mundo. Pesan por las piedras que sus padres les mandan guardar para que, cuando el viento se lleve la casa, tengan algo con lo que reconstruir el sueño. Pesan por las llaves de una puerta que ya no tiene pared, una llave huérfana que abre solo la nostalgia. Y pesan, sobre todo, por el silencio que no se atreven a romper, ese silencio antiguo que llevan a cuestas como un caracol su laberinto.
cuando me tumbe en la toalla y mire el cielo azul, ese azul de postal que no se acaba, quiero acordarme de aquella niña de Palestina que mira al cielo y, en vez de estrellas, ve destellos que no son fuegos artificiales
La Paz, esa palabra tan grande, tan redonda, que nos aprendimos en la escuela con letras de cartulina, no es un tratado. Ojalá lo fuera, ojalá cupiera en un papel con firmas y sellos. La Paz, para mí, ahora mismo, mientras escribo esto y se me empaña la mirada, es que una niña pueda sentarse en el suelo sin pensar en metralla. Es que un padre pueda rascarse la barba, despacio, mirando el horizonte, sin tener que hacer una maleta por si acaso.
Y yo qué sé, quizás suena a utopía barata, a discurso de esos que dan en la tele y luego cambias de canal y se olvida. Pero es que no se me ocurre otra cosa, solo esa letanía torpe que me late en las sienes.
Este verano, cuando me tumbe en la toalla y mire el cielo azul, ese azul de postal que no se acaba, quiero acordarme de aquella niña de Palestina que mira al cielo y, en vez de estrellas, ve destellos que no son fuegos artificiales, que no celebran nada.
No quiero hacer poesía con su dolor, que bastante tiene ella, no quiero convertir su herida en una metáfora bonita. Quiero, simplemente, no olvidar.
Que el final de mi curso no sea el final de su historia, que su nombre no se pierda en el ruido del verano. Que cuando brinde por las vacaciones, sea un brindis mudo, sin copa alzada, un brindis íntimo y descalzo, por los olivos que ya no están, por sus raíces arrancadas, y por las manos pequeñas que, con hilos de luz robada al alba, tejen la esperanza en medio de las piedras, tercas, milagrosas.
Porque si aprendo a doler con ellos, si me dejo habitar por ese dolor, quizás, solo quizás, el próximo septiembre no sea un regreso a la rutina, sino el principio de algo que merezca la pena llamar tregua, amanecer, principio.
In sha’ Allah. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio














