¿Qué dirá nuestro epitafio? Es la pregunta que nos asalta al alcanzar los veintidós años empujando (y es literal) el pedrusco de DIARIO Bahía de Cádiz, aquel que lanzamos al aire un 7 de julio de 2004, entonces una china, entonces bisoños, ingenuos, idealistas y hasta, en la intimidad, romantizando la profesión. ¡Vaya papa frita! Si se pudiera volver atrás…
Hoy, ojerosos y con canas, cuando volvemos a soplar velas y llegan felicitaciones bienqueda más y menos sinceras, con el zurrón (que pesa, pesa) repleto de vivencias, experiencias y gente guapa pero también de decepciones, impotencia y sensación gris de hámster en la rueda, tenemos más clarinete que nunca que sumar más de dos décadas informando desde un periódico local independiente ajeno al mainstream, y sobreviviendo de él y junto a él, no es un mérito; es, más bien, un acto de resistencia. Y cabezonería digna de estudio.
No cuadramos en este sistema capitalista criminal donde la avaricia y la inmediatez han devorado todo, y el clic (y el like, el postureo, el escupir odio y la pamplina más gorda) se ha convertido en la única métrica de éxito. Y por ello mismo, toca hacer un ejercicio de honestidad brutal compartida, de mirarnos al espejo sin filtros.
Aunque quizá un cumpleaños, con la tarta y los globos de cuerpo presente, no sea el contexto más apropiado para el chorreón de derrotismo que brota de las entrañas. ¿Pero qué fiesta…? No, es que no nos sale (desde hace unos añitos) un editorial autocomplaciente. Esa que celebra con épica la trayectoria como si fuera una línea ascendente derribando orcos camino de Mordor, mintiendo e ignorando los baches, los y las malajes, los errores y las veces que no estamos a la altura.
sabemos qué hacemos mal
Por eso, hoy, en este manifiesto de obstinación consciente hablamos de lo que hacemos mal. Y lo sabemos. Sabemos que nuestra manera de contar(nos) la Bahía está dejando de dialogar con las nuevas formas, audiencias y generaciones. Y empieza a caducarnos el pretexto facilón de que la gente ya no pasa del titular, ya no lee, aunque sea verdad. Quizá es que no hay nada que merezca la pena leer, pero leer de leer (esa lectura que nutre), no fast-food y fritanga al olor del clickbait y mera propaganda interesada. A lo que se añade que nos están robando la pausa, el tiempo de parar, de perder el tiempo, la concentración ante cientos de estímulos externos.
Sabemos que somos lentos en una era estresante en la que alguno parece competir por dar “primicias” copiando y pegando. Sabemos que somos selectivos, mientras las ¿noticias? se venden gratis (porque tú eres el producto) a granel y prácticamente iguales (como los cortes de pelo de los adolescentes) en catorce escaparates. Sabemos que somos aburridos para el algoritmo, pero arrastramos la tara de seguir escribiendo para humanos, para nuestra comunidad, sin pensar en SEO y robots, sin la trampa de la inteligencia artificial.
Sabemos que replicando chorradas de redes (a)sociales y buscando la viralidad, tendríamos más vidilla; sabemos que fusilando comunicados y declaraciones sin un mínimo espíritu crítico, con la nariz tapada, nos abrirían a tope el grifo sectario/castigador de la publicidad institucional. Sabemos que somos fatigosos para algún poder cercano, al que demasiadas veces aguamos sus mundos barrocos de Yupi. Sabemos que tú también lo sabes.
Somos pocos en la Redacción tratando de abarcar mucho, no llegamos a todo lo que desearíamos, cada larga jornada de esclavitud informativa acaba debiéndonos horas, nos falta calle, somos los peores comerciales del mundo redondo.
Y también sabemos que hacemos un periódico que adrede respira papel y tinta, viejuno y trasnochado para estos tiempos modernos (pero en blanco y negro: ultraderechizados, agilipollados e infantilizados). Sabemos que ya no tenemos la mejor web ni la más rápida ni la más funcional; sabemos que nuestro servidor se comporta desde hace meses chungueta; sabemos que nuestra identidad corporativa se quedó anclada en el anteayer. Conocemos el cuento de la obsolescencia programada, y nanai de comer perdices.
Sospechamos e intuimos que sin hacer Periodismo (o al menos perseguirlo cada día) el pastel de este cumpleaños rebosaría más nata y chocolate que merengue. Merengue amargo.
hartos de la paradoja
Y como no somos necios, a estas alturas de caminata a ningún lugar andamos hartos de la paradoja que nos acosa, de la trama de esta película que aburre en la que no ganan los buenos: la profesionalidad y la honestidad no están de moda frente a la superficialidad y lo banal, el grito y la mercantilización. Los churros.
Sí, veintidós años después estamos agotados de subsistir envuelto en la bandera de la dignidad; consumidos mentalmente persistiendo demasiadas veces en balde. Y empezamos a temer que esta inercia acomodada nos lleve a la irremediable derrota conformista. Sin que nuestro portero alocado suba a rematar los córners.
El chaparrón de autocrítica nos enseña que la excelencia (como meta) tiene que dejar de ser excusa para la desconexión, para abandonarnos oxidados a la deriva en este vasto océano, rendidos, claudicando, llamando prematuramente al Ocaso.
En consecuencia, tras meses de reflexión con la almohada y de quemar la calculadora, nos zambullimos en el todo o nada: nos vamos al ataque en tromba en el tiempo de descuento para forzar la prórroga. Nos tomamos este nuevo año de los dos patitos para “cambiar sin cambiar”: “cambiar” para no ser engullidos en la nada (por la misma nada de ‘La historia interminable’ de Michael Ende), pero “sin cambiar” nuestra esencia, nuestra seña de identidad, nuestra trinchera, nuestra integridad.
forzando la prórroga
Dejamos la autogestión artesanal y delegamos en quienes saben todo lo que tiene que ver con el envoltorio, la web del periódico. Unas tareas que, cuando fallan, nos quitan el sueño. Ansiamos liberarnos de este lastre para recobrar salud. Vida.
Así, ¡primicia!, ya tenemos en marcha los trabajos de diseño y renovación integral de la página y la mudanza a servidores fiables, porque es hora de que nuestra forma de contar(nos) la Bahía tenga un altavoz que esté a la altura, un portal limpio, accesible, fluido. Metamorfosis que acompañaremos con la modernización-evolución de nuestra marca e identidad visual: nos ha quedado muy chula, mamá.
Resumiendo, tras tanta parrafada visceral: queremos volver a disfrutar contando(nos) y para ello nos ponemos a la tarea de adaptar el continente, sí, pero sin traicionar de forma radical el contenido ni nuestros modos anticuados. Y si los planes se cumplen, confiamos reestrenar DIARIO Bahía de Cádiz y recargar pilas e ilusiones a finales del verano o principios del otoño. Recuperar las ganas también es una forma de ganar, aunque sigamos cenando mortadela.
reseteo mental
“Cambiar” es una necesidad técnica para sobrevivir; “sin cambiar” es la autoexigencia moral de no convertirnos en lo que detestamos, casi como acto de reafirmación, de reseteo mental.
Seguiremos siendo un medio de comunicación profesional supralocal obsesionado con Cádiz y su Bahía, para Cádiz y su Bahía. Buscando complicidad con fieles, lectores, colaboradores y anunciantes que nos arropan y regañan (nada de frías visitas, usuarios, clientes y consumidores), sin bullas, con criterio, seriedad y diligencia, sin equivocarnos de bando. Informando. Ni más ni menos. Aunque no parezca la mejor estrategia viendo cómo fluye este mundillo; aunque no nos conviden a desayunos y Veladas.
¡Y hala, a remar!, a picar piedra como durante estos veintidós años en pos de la sostenibilidad y viabilidad de este humilde proyecto sin partidos políticos ni bancos ladrones ni oscuras empresas detrás.
Nuestro proyecto, tuyo también… si has llegado hasta aquí. Un periódico sólo persevera mientras haya alguien al otro lado. Porque, como es muy probable que pensara el gran Unamuno, uno mismo no existe sin los demás. ¿Estás ahí? Dany Rodway




