Día a día, casi hora a hora, sin darnos cuenta, nos adentramos en los tonos amarillentos y rojizos de las hojas antes de caer al suelo. Los viñedos, si todavía están repletos de su fruto, cambian el verde de las hojas por el dorado, los rojos y violáceos de las uvas, en esta parte del Estrecho. Y es una paleta de rojos, violetas y azules de arándanos y frambuesas al otro lado.
El cielo y el mar compiten en el azul más azulado, en una gama de hasta veintidós tipos, parece que intentan ocultar quién se refleja en quién; luchan con el blanco de las paredes, resaltando aún más su blancura luminosa.
Compartimos mar, cielo, las dos orillas y, en estas fechas del año, el mismo viento de levante que, en una lenta transición, puede teñir todo; los azules, los dorados y amarillentos se difuminan y apagan su vivacidad, apoderándose de los tonos también compartidos, los grises.
Son olores de transición, como algunos lo llaman, entre el verano y el otoño hacia el invierno. Huele a azufaifa y a granada. En buena parte de las casas son los cuadernos y libros escolares nuevos los que esparcen sus aromas mientras ojos infantiles comprueban la larga distancia que hay entre esos primeros días y el final de curso.
Las calles, de pronto, son un hervidero. No el de las calderas, no; otro, más chico, más agudo, que se abre paso. Griterío menudo, sí, pero rotundo: el que nace entre la alegría y el fastidio, del mal trago de tener que ir a la escuela con el sueño todavía pegado a los párpados.
Los primeros en desfilar son los ordenados. Los que van con las mochilas bien ceñidas, los pasos contados, y los padres al lado -o madres, o abuelos- soltando noticias del telediario, cualquier cosa: una invasión, un temporal, o hablando de sus experiencias escolares de pequeños. Hablan por hablar, para llenar el trayecto, mientras los críos asienten sin oír.
Luego, como un segundo acto, aparecen los otros. Los que arrastran los pies y la melena revuelta, los que bostezan con la boca entera. El padre, la madre, con el mismo gesto de duermevela, repitiendo esa letanía que ya es parte del paisaje: “llegamos tarde, llegamos tarde”. Y lo dicen cada día, sin falta, como si el mundo se fuera a acabar si no lo pronuncian. Ya saben que llegarán tarde igual, pero hay que decirlo. Es el conjuro, como el del Conejo Blanco en Alicia, sí, pero sin reloj, sin prisa de verdad.
Y al fondo, los mayores. Esos que ya han pasado por todo esto, que van en manada y a quienes la voz se les vuelve una fiesta descontrolada. Las cuerdas se les estiran, se les rasgan; los gritos salen torcidos, se cuartean, y uno piensa que no saben medir ni el tono ni el alma. Pero es eso: la edad, es la “muda vocal”. Esa frontera donde ya no eres pequeño, pero tampoco llegas a grande. Van a tientas, con las manos en los bolsillos y la garganta a medio hacer.
hay una cosa que la infancia palestina la tiene “de fábrica”: es la sonrisa. Está comprobado que cuando estas criaturas ríen, si son observadas por un ocupante, la cabeza del sionista explosiona
Así que, si uno se para a mirar, cada mañana es un teatro de pocos minutos. Una coreografía torpe, con murmullos, con carreras, con algún abrazo fugaz. Y cuando el último grupo dobla la esquina, la calle suspira. Vuelve el silencio. Pero ya sabe que mañana, a las ocho y media, el bullicio volverá a pisar sus adoquines.
En las aulas, hasta hace poco habitadas por el silencio, vuelven a vibrar con el ruido de las patas de las sillas arrastradas, con el griterío en pasillos y patios, con timbres que actúan de auténtico corazón de los ritmos del colegio.
Pero hay cosas que no cambian estos días de septiembre: las matrículas en gimnasios y cursos de idiomas, el comienzo de colecciones de fascículos. Un año más, aquí al lado, al otro lado del Mediterráneo, más de doscientos mil niños y niñas no podrán ir a sus colegios, porque en la Palestina ocupada los sionistas han ido destruyéndolos. Ahora tampoco pueden jugar con las cometas, son peligrosas porque pueden fomentar la imaginación, las ganas de volar en libertad.
Pero hay una cosa que la infancia palestina la tiene “de fábrica”: es la sonrisa. Está comprobado empíricamente que cuando estas criaturas ríen, si son observadas por un ocupante, la cabeza del sionista explosiona, dejando sus alrededores impregnados de una materia viscosa de color verde. ¡Pluub! DIARIO Bahía de Cádiz










