¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? Es el título de una película. Me repito esa misma pregunta en torno a los acontecimientos extraordinarios acaecidos en Ceuta este mes de agosto, y es que, como es conocido, no hay lenguaje totalmente inocuo: tras las palabras se esconden las intenciones últimas.
Hablar de “crisis de migración” cuando unas setenta mil personas cruzan la frontera de Ceuta, ciertamente, es una perversión del lenguaje; hablar de migración solo persigue asociar este término a crisis, a desorden, disturbios y a violencia, términos fetiche de la extrema derecha y de la derecha extrema.
No faltó gente que acudió de forma inmediata a ¿salvar Ceuta? Grupos nazis, dirigentes y voceros coincidieron huyendo como ratas de las calles ante la voz unánime de la gente ceutí, que les decía: “fuera de aquí, venís como fuisteis a Torre-Pacheco, aquí convivimos en paz”. Algunos de estos especímenes llegaron a llevar cruces, se sentían “Isabeles la Católica” en busca de Boabdil; les entusiasma vivir seis siglos atrás, las guerras de moros y cristianos.
A mí, personalmente, prefiero los moros y cristianos en fiestas en el Levante. Por cierto, estas fiestas en la ciudad alicantina de Aspe han sido en agosto y son más que recomendables.
Y es que los que han puesto en marcha la “operación salto de la verja 2026” se han cuidado muy mucho de la puesta en escena, mensajes, eslogan… A unos les han puesto como anzuelo la emigración, los emigrantes e invasiones; a los otros, la recuperación de territorios, la gran nación.
Lo decía al principio: ¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? El pelirrojo quiere tener un estrecho, el de Gibraltar, en su colección de estrechos, y es que los estrechos no se le dan bien, pese a que recientemente ha dicho que el estrecho de Ormuz es suyo. No le hagáis mucho caso, creo que no se ha enterado de que es Irán quien controla aquello.
Su amigo, protegido o protector, no lo tengo claro, está en plan de mejorar su imagen de genocida e invita a cualquiera que le ponga ojitos a invadir a los vecinos, que él sabe mucho de eso. A ambos les importan poco o nada los habitantes, tanto de Ceuta como de Marruecos, pero prefieren “llamarlo amor en vez de sexo”; quedaría muy burdo que confesaran los motivos de su aventura en el Estrecho de Gibraltar.
Luego está la manía que tenemos de sobrevalorar el sentido de las fronteras. Una canción hablaba de que el mapa estaba lleno de puntos y rayas, de fronteras; los puntos querían decir “no hay paso”, las rayas, “puerta cerrada”. Vemos en las fronteras la manera de separarnos del vecino, cuando tendríamos que entender que las fronteras nos unen con ellos: es lo que tenemos en común, compartimos los puntos y las rayas.
Una persona joven, que vive con su familia al otro lado del punto y la raya, de la puerta cerrada de Ceuta, me decía casi el mismo día del “salto de la verja”:
“Desde mi punto de vista, la frontera entre Ceuta y Marruecos no debería ser solamente una barrera. Para muchas personas de la zona, forma parte de nuestra vida cotidiana: tenemos familiares, amigos, estudios, trabajo y relaciones sociales a ambos lados.
Creo que debe existir una frontera segura y ordenada, pero también más vías legales y humanas para que los jóvenes puedan estudiar, trabajar y tener oportunidades sin arriesgar sus vidas. Lo ocurrido ayer no debería verse únicamente como un problema de seguridad o inmigración, sino también como una señal de que algo está fallando y que debemos escuchar a los jóvenes.
Como joven marroquí de la zona, me gustaría que Ceuta y las ciudades del norte de Marruecos fueran espacios de cooperación y oportunidades, y no lugares donde los jóvenes sientan que la única salida es intentar cruzar de manera irregular”.
He querido transcribir sus palabras literalmente por miedo a interpretarlas mal, pero las suscribo desde “Desde mi punto de vista” a “de manera irregular”.
sabemos quién desató el temporal: el pelirrojo y el genocida, dos nombres que el viento debería borrar. Y sabemos cómo se hinchó el mensaje
El Estrecho no es algo que nos separa, todo lo contrario: nos comunica, nos unimos en él. Son catorce kilómetros angostos en los que se bombea no solo sal y agua de una orilla a la otra, como la sangre que va y viene desde el mismo corazón; también va y viene pasado, presente y, sobre todo, futuro.
Hay que levantar un puente construido con palabras, con músicas que viajan en el viento, con danzas que no piden permiso. La cultura es esa marea que sube y baja, que moja los pies de ambos pueblos y los hace iguales bajo el mismo sol. Tenemos tanto en común que debería avergonzarnos no reconocernos en el espejo del mar.
Pero hay latidos que no traen vida, traen ausencia. Hay una marea negra que no cesa, un lamento que sube y baja sin encontrar playa. Sabemos quién desató el temporal: el pelirrojo y el genocida, dos nombres que el viento debería borrar. Y sabemos cómo se hinchó el mensaje, como un huracán que crece alimentado por dos redes sociales que miraron hacia otro lado, pero distribuyeron bulos y mentiras.
Setenta mil almas se lanzaron al agua, creyendo en un espejismo. Ciento cuarenta y cinco, quizás más, se quedaron en el fondo o en el intento. Ciento cuarenta y cinco familias que cada día miran el horizonte y preguntan al mar: ¿dónde están?
La esperanza no es una idea, es un cuerpo, un nombre, una persona a la que se espera en las aldeas y ciudades a las que no ha vuelto, en cada pueblo que se asoma al agua y no ve regresar a los suyos. Basta ya de ahogados sin identificar, de desaparecidos, de duelos que no pueden cerrarse porque el mar se guarda los cuerpos. Todos callamos.
Porque hasta la ola más furiosa merece una orilla donde romper. Y solo sabiendo, solo nombrándoles, podremos un día sentarnos frente al mar y sentir que, aunque duela, la marea seguirá trayendo vida. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio














