(Pour avoir si souvent dormi avec ma solitude,
Je m’en suis fait presque une amie, une douce habitude.
G.Moustaki)
Antes del amanecer, la claridad se cuela por la ventana entre la persiana y los visillos. Primero es la luz de la farola que está próxima al edificio. Conforme el alba avanza, poco a poco, sin prisas, como casi todo ocurre en la vida de Mateo, le gusta imaginarse que se desdobla, que una parte se levanta y se sienta en la butaca que tiene al lado de la ventana. Sabe que, a su edad, la costumbre de despertar al alba desde hace sesenta años, cuando trabajaba, sumada a la claridad de la habitación, le lleva a abrir los ojos como platos no mucho después de las siete de la mañana. Le gusta verse despertar poco a poco, verse cómo se despereza poco a poco, cómo se estira todavía tumbado a la vez que bosteza.
Desde el sillón sigue la mirada que Mateo dirige a la ventana desde la cama, su sonrisa al recordar que, a esta hora, Marta, su mujer y compañera antes de morir, se daba la vuelta protestando por la luz que entraba, metiendo la cabeza bajo la almohada.
Se sienta al borde de la cama, mientras que el crujido de los huesos, el dolor de piernas y espalda y el recuerdo nostálgico de Marta hacen que la sonrisa se desvanezca de sus labios. Después de seis años la sigue echando de menos. Es el momento en que los dos Mateos, el del sillón y el otro, el que está sentado todavía en la cama, se funden en uno para empezar el día.
La rutina comenzaba con un ritual sagrado. La ducha, afeitado meticuloso con la maquinilla eléctrica, unas gotas de Varón Dandy en el pelo antes de peinarse. Abre el armario como dudando qué ropa se pondrá hoy, cuando sabe que tiene cuatro camisas iguales, azul claro, dos jerséis azul marino, un poco desgastados en los codos. Es cuando verbaliza:
—Tendré que comprar uno dentro de poco, con la paga.
Le cuesta trabajo reconocerse frente al espejo, aunque sea durante décimas de segundo; se ve muy viejo. Al final se sonríe y murmulla algo.
Aunque hasta las nueve no abría El Pollo, el supermercado, el mismo al que tiempo atrás acompañaba a Marta, a las 8.30 en punto ya estaba listo y en perfecto estado de revista. Le gusta ser puntual; tiene las llaves de la casa, la cartera, el carro de la compra, todo preparado en el recibidor. Y, colgado del perchero con cuatro perchas, el abrigo, que solo se pone si hace francamente mal tiempo, pero que nunca guardaba en el armario. Siempre que lo intenta y abre el armario masculla lo mismo:
—Un día de estos me tengo que deshacer de la ropa de Marta; no me queda sitio en el armario para nada.
Quita el seguro que pone cada noche en la puerta, guarda llaves y cartera, coge el carro, que también le sirve de andador, toma aire mientras exhala un suspiro profundo. Abrir esa puerta era, cada mañana, un pequeño acto de valentía, pero al que no está dispuesto a renunciar.
sin ellos, sería solo un hombre viejo con poca estabilidad merodeando sin rumbo
Mientras cierra la puerta piensa que hoy, martes, tiene que volver un poco antes, por si acaso el ayuntamiento se decide a mandar una persona de ayuda. Como cada día, cuando espera el ascensor, su vecino llega al final de su jornada. Trabaja como guardia jurado en turno de noche en un parking próximo. Se saludan casi sin mirarse con un “buenos días”.
El Pollo es un supermercado que se sitúa, por tamaño y servicios, entre los grandes que hay fuera del casco urbano y una tienda de barrio. Aprovechando un mercado antiguo, que cada vez tenía más puestos cerrados, una cadena francesa de distribución decidió poner en marcha El Pollo como marca blanca suya. Está a cinco manzanas de distancia de su casa, lo que permite a Mateo hacer algo de “ejercicio” todas las mañanas. Un trayecto de un poco más de cuarenta minutos a su paso lento y medido. Mateo conoce cada baldosa suelta, cada grieta en la fachada, el escaparate de la tienda de muebles que nunca renueva sus modelos y parece un anticuario, la ferretería cuyo dueño, un hombre joven que la heredó de su padre, le saluda con un movimiento de cabeza desde el otro lado del cristal mientras cuenta un pedido de tuercas.
Al abrirse las puertas automáticas de El Pollo, un olor a pan recién horneado, a fruta fresca y las ofertas del día anunciadas por megafonía le dan los buenos días. Para Mateo, el supermercado era su plaza pública, su café, su teatro. Aquí, entre pasillos de latas y paquetes, la vida palpita.
Deja su carro de la compra asegurándolo con una cadena sin candado y coge un carrito de la hilera. Comprueba que las ruedas giran sin frenarse ni chirriar. Los carritos, tanto el de compra que lleva por la calle como el de El Pollo, son sus compañeros de viaje, su excusa, su bastón de apoyo. Con ellos tiene un propósito. Sin ellos, sería solo un hombre viejo con poca estabilidad merodeando sin rumbo.
El llevar años como cliente del supermercado, primero acompañando a Marta, luego él solo, le permite conocer cada uno de sus pasillos, expositores y rincones, aunque es verdad que, cuando hay algún cambio, por pequeño que sea, lejos de vivirlo con fastidio, se podría decir que le entusiasma y para él es una manera más de dar algo de novedad al día. Empieza siempre por la sección de fruta y verdura. Le gusta observar los cambios en el tipo de productos que hay en los expositores dependiendo de las fechas: el colorido de la primavera-verano, los tonos más naranjas de los cítricos en invierno. No soporta que traigan fruta fuera de su temporada.
—¿Desde dónde la traerán? Seguro que no sabe a nada —decía al cuello de su camisa.
La señora Rosario, una empleada de pelo color caoba y sonrisa cansada, le dedica siempre la misma frase:
—Buenos días, don Mateo, qué buena cara le veo hoy. ¿Probamos unas peras de Rincón que están divinas?
Él sonríe, mueve la cabeza.
—Ya veremos, Rosario, ya veremos. Primero tengo que hacer el reconocimiento.
Todos los días, si no igual, es parecido el diálogo con la encargada de la sección de frutas, aunque ambos saben también que ese día no volverá a pasar por la sección.
Según va avanzando la mañana, El Pollo se va animando. Van llegando nuevos y viejos clientes. A los primeros los observa de la cabeza a los pies como si fuera un miembro del equipo de vigilancia y seguridad del establecimiento; a los viejos les saluda con una mirada.
Mateo los observaba a todos, daba la impresión de pasar lista. Doña Remedios, la anciana que pasaba diez minutos todos los días comparando el precio por kilo de dos latas de atún idénticas. El grupo de adolescentes, que ve año a año crecer, del instituto próximo, que, armando jaleo, empujándose y riendo, compra algún bollo o bolsa de chuches para el recreo. El hombre de traje que hablaba por el manos libres, llenando el carrito sin mirar lo que cogía, y que aprovechaba la hora del bocadillo para comprar algo para el almuerzo. Cada uno tenía una historia, una vida que entraba y salía por esas puertas automáticas. Él era el espectador permanente al que casi todos conocen y saludan.
Cuando la persona que entra a comprar es nueva y desconocida, ya sea por ser una nueva vecina en la zona o por ser una transeúnte casual, Mateo la observa y le crea una personalidad a medida.
La mujer joven, que mira en la sección de leche para bebés, caja por caja, bote por bote, los componentes y precios, las indicaciones…, le adjudica la historia de madre reciente. La cara de no haber dormido mucho esa noche, el pelo recogido con urgencia con una pinza y las zapatillas de estar en casa en los pies le hacen pensar que es su tercer día en casa después de salir del hospital, que el bebé no para de llorar y que su madre le aconsejó que le diera biberón, no fuera a ser que fuera el hambre lo que le hiciera llorar.
Al joven alto y rubio que lleva en el carro dos garrafas de agua mineral, un pack de papel higiénico, bebidas energéticas y botes de comida preparada le asigna el rol de estudiante Erasmus en su primer día en el piso compartido con otros estudiantes Erasmus. Tenía claro que era así; pero si además lleva una gran bolsa de patatas congeladas preparadas para freír, es belga o, a lo más, holandés. Pero si, en vez de patatas preparadas para freír, lleva patatas para cocer y salchichas, tiene todos los números para ser alemán. Quesos y mantequilla, franceses; pasta, cualquier nacionalidad; pero si son morenos y bien parecidos, casi seguro que italianos.
la visita diaria a El Pollo, la predecible y amable, el paseo por pasillos y secciones, el intercambio de saludos es un ancla que le fondea a la vida
Según va avanzando por las diferentes secciones y pasillos, todos los empleados, desde los recién llegados hasta los que eran dueños de algún puesto cuando todo El Pollo era un mercado clásico, le conocen y reconocen. Los nuevos le dan los buenos días con una sonrisa. Los antiguos le preguntan cómo va el día, que si sabe algo de su hija, que vive en Estados Unidos… Mientras Mateo, después de garraspear, suele ser la primera vez en el día que habla en voz alta, se preocupa por la rodilla de Flor, la encargada de charcutería; del hijo, estudiante de ingeniería, de Miguel, el cenicero. Al pasar al lado de Vladimiro, un joven reponedor, se interesa por su mujer y su hijo, que siguen en Perú.
Después de dar, al menos, dos vueltas a pasillos y secciones, llega el momento de pasar por caja. Siempre elige la de Manuel, el cajero más veterano, un hombre tranquilo que no tenía prisa. Coloca lo que lleva en el carro: un yogur; siempre se lleva un yogur para la cena. A lo más, una lata de mejillones en escabeche. Algo pequeño, fácil de cargar, que justificaba su presencia.
—Hola, don Mateo. ¿Lo de siempre? —preguntaba Manuel mientras pasaba el yogur por el lector.
—Sí, Manuel. El mundo sigue girando, y yo con él, como un reloj. —Era otra de sus frases hechas.
—Que tenga usted un buen día. Y abríguese, que dicen que refresca por la tarde.
—Así lo haré. Pero sabe que yo por las tardes no salgo, tengo cosas que hacer en casa.
Se despide del cajero mientras coloca el yogur en su carrito de la compra, tras pagar en efectivo, contando las monedas con parsimonia.
—Se me olvidaba, don Mateo, que mañana por la tarde le mandamos el pedido semanal a su casa con el chico del reparto —apostilla el cajero.
Y es que entre todos los empleados de El Pollo iban guardando productos que iban caducando, pero que se podían consumir; alguno con el envase estropeado o fruta «no bonita», y se la mandaban a Mateo una vez por semana con el reparto a domicilio, en vez de tirarla a la basura.
La visita diaria a El Pollo, la predecible y amable, el paseo por pasillos y secciones, el intercambio de saludos con clientes y empleados, es un ancla que le fondea a la vida. Es una prueba de que existe para alguien más allá de las cuatro paredes de su casa. Es mucho más que una excusa para salir a la calle; es su forma de afirmar que sigue siendo. Al pasar por las puertas, que se cierran y abren de forma automática, sonríe al acordarse de todas las personas para las que El Pollo es mucho más que un supermercado. Doña Pilar, la que fue maestra de infantil; la señora Petra y don Eustaquio, que fueron porteros en el número quince de su calle y que, una vez jubilados, le dejaron ocupar una buhardilla en el mismo edificio sin ascensor; don Mariano y la señora Josefa… Al menos, más de veinte personas que viven solas y son clientes diarios de este centro, más social que de mercado.
La vuelta a casa es más lenta, más pesada. Se apoya en su carrito, vacío, con las dos manos. La luz de la mañana se había vuelto más dura, más real. Sube los cuatro peldaños de la entrada de su edificio, se cuela en el ascensor, que vomita su olor a desinfectante perfumado, y llega a su puerta. El silencio le recibe como una presencia física.
Por la tarde, el yogur se lo prepara para la cena. El periódico lo lee de cabo a rabo, incluidas las esquelas. Alguna vez se toma una infusión. La televisión murmura en el salón, una voz de fondo que no lograba llenar el vacío. Pero tiene algo que esperar. Mañana. Mañana volvería a El Pollo. Mañana vería a Rosario en la frutería, a Manuel en la caja, a la madre con el bebé (si volvía), al hombre del traje, a los chavales y chavalas del instituto. Mañana tendría un lugar adonde ir.
es mucho más que una excusa para salir a la calle; es su forma de afirmar que sigue siendo
La casa de Mateo es grande; la consiguió por su puesto de funcionario en el Parque Móvil. Tiene cuatro habitaciones, un salón, cocina con tendedero y dos servicios. Está situada en lo que se considera el centro histórico de la ciudad. Primero fue la hija la que se fue a estudiar a Estados Unidos y allí se quedó cuando un joven afroamericano le puso ojitos. Más tarde, Marta, su compañera desde casi la infancia, sin decidirlo se fue de cáncer. Su hija le ha dicho más de una vez que la venda y se vaya con ella a Nueva York; pero Mateo le da largas. Al fin y al cabo, en su casa está en su terreno; en su casa sigue estando, en cierta forma, su mujer Marta, o al menos su ropa. En este piso está también el taller de relojería que montó al poco de casarse y en el que aún pasa más de un rato. En este piso está también su hábitat natural, el que domina.
De la noche a la mañana, su hija pone un anuncio en un portal inmobiliario:
—Venta de piso, cuatro habitaciones, dos servicios y ascensor. Luminoso, con buenas vistas, en finca representativa en el centro de la ciudad. Precio negociable. Llamar por las tardes.
Mateo se enfada, pero pronto entiende que es una manera de ampliar sus relaciones sociales: por las mañanas, El Pollo; por las tardes y fines de semana, las relaciones inmobiliarias.
Como buen relojero en sus ratos libres, es organizado y hasta meticuloso. Prepara una agenda al lado del teléfono, en la que señala como horas de visita las 17, las 18 y las 19 horas los martes y los sábados. Los domingos, al estar El Pollo cerrado, solo pone como horas de visita las 11 y las 12 de la mañana, quedando despejada toda la tarde para descansar.
Mateo sabe lo que pesa la falta de conversaciones, de intercambiar pensamientos con otros. Su casa, la misma que había compartido con Marta durante cuarenta y tres años, se había convertido en un gran museo de ecos. Los recuerdos estaban todos ahí, ordenados, rebotando en las paredes y en la memoria. Necesitaba presencias nuevas, vida que chocara contra sus muebles antiguos, preguntas que no tuvieran que ver con el pasado, frases de proyectos de futuro, aunque él, a priori, no formara parte de ellos. Qué mejor que gente que busca un sitio para vivir, para su futuro; al menos podría conversar con alguien que no fueran sus recuerdos.
necesitaba presencias nuevas, vida que chocara contra sus muebles antiguos, preguntas que no tuvieran que ver con el pasado
Una tarde, a última hora, con el sol ya perezoso, recibe la primera llamada. Se interesa por el precio. Mateo le aclara que eso prefiere hablarlo en persona durante la visita al piso y estrena la agenda de visitas.
La visita llega un jueves por la tarde. Es Juana, una mujer joven con un bebé dormido en el portabebés y una mirada cansada. Él había preparado té y galletas de mantequilla esa misma tarde. Todo está preparado cuando suena el timbre.
—Es muy amplio —dijo ella, recorriendo el salón con una mirada práctica, calculadora—. Necesitamos espacio. Pero… ¿por qué vende, si se puede saber?
Ahí estaba. La pregunta que esperaba. Mateo se aclaró la garganta.
—Demasiado espacio para un solo hombre. Las habitaciones acumulan polvo… y silencio.
Juana comprende algo más que las palabras. Acepta de forma inmediata, sin titubeos, la invitación a sentarse que él le formula. Sin prisa, con voz suave, empieza a hablar no de la casa, sino de su vida. Del agobio de un alquiler minúsculo, de las noches en vela, de la ilusión de tener un balcón donde plantar geranios. El bebé se despertó y Mateo, con una sonrisa temblorosa, le mostró un cajón lleno de antiguos juguetes de madera, de cuando su hija era pequeña. La visita duró una hora más de lo pactado. Juana no compraría la casa; en ese momento ambos lo saben, pero se habían pasado la tarde y se va con la recomendación de un pediatra de los años ochenta que Mateo insistió en anotarle en un papel.
Otra tarde es un joven de unos veinticinco años, con un traje de una talla más que la suya, nervioso, con una carpeta en la mano y una correa que le daba casi dos vueltas a la cintura, como los zapatos, que todavía tenían la pegatina de El Corte Inglés en la suela.
—Podría bajar el precio un veinte por ciento —sentenció, tras un vistazo rápido—. La cocina está obsoleta y el parqué necesita un pulido. Hay que despersonalizar, quitar todas estas fotos y cachivaches.
Mateo sintió un frío en el estómago. “Cachivaches». Así llamaba aquel hombre al marco plateado de la boda, a la acuarela torpe que pintó su hija en el colegio, al jarrón de cerámica verde que Marta tanto amaba. Ya cuando tiene la puerta abierta, le pregunta al imberbe con pinta de futuro agente inmobiliario:
—¿Pero tú para qué quieres el piso?
Con nerviosismo y como si se quitara un peso de encima, le responde:
—Mire usted, yo trabajo de becario para una empresa que compra pisos como el suyo para dividirlos y alquilarlos como turísticos.
En ese momento Mateo dio un portazo mientras le mandaba con viento fresco.
Un goteo de visitas sigue cada tarde, que a Mateo le tiene más que entretenido. Por allí pasan parejas de recién casados que tienen el objetivo de una casa grande para llenarla de hijos. Un profesor de Historia, algo más joven que Mateo, pero que entendió perfectamente su juego y prolongó más de lo acordado la visita… Una mujer extranjera con la que acaba hablando de los jardines de sus respectivos pueblos natales, uno en la meseta castellana, otro en las colinas de la Toscana.
Cada persona dejaba algo. Un aroma de perfume diferente, una opinión sobre el color de las paredes, una anécdota, una mirada de envidia, de nostalgia o de pura simpatía. La casa de Mateo se llena de presencias efímeras, de trozos de vida, de encuentros efímeros, pero que llenan de vida a Mateo y a la casa, que no deja de ser un museo para convertirse en un teatro; sí, donde se representan, de mutuo acuerdo, breves obras llenas de humanidad.
Una tarde, después de una visita, mira alrededor. La foto de Marta sigue ahí, como siempre. Le sonrió.
—¿Ves, mi vida? —murmuró—. No he vendido la casa. Solo he abierto las puertas.
Recibe más de una oferta de compra en firme. Siempre les pide uno o dos días para pensarlo, pero siempre declina amablemente la oferta. Aunque tiene la agenda completa para una semana, decide poner otro anuncio en prensa y en tablones de anuncios del barrio.
Se dirige a su escritorio, toma una hoja de papel y un bolígrafo. Con una caligrafía pausada y firme, escribe su nuevo anuncio.
no he vendido la casa. Solo he abierto las puertas
Lleva tres días sin aparecer por El Pollo, sin abrir la puerta a las citas fijadas para las tardes. Manuel, el cajero, le cuenta a un policía municipal, cliente del supermercado, su preocupación.
El periódico gratuito de la ciudad recoge, una semana después, la siguiente noticia en la página cuatro:
—Hace una semana, la Policía Municipal, alertada por un comerciante de la zona, descubrió el cadáver de un anciano sentado delante de su escritorio. Aunque en estos momentos se desconocen las causas de la muerte y el momento exacto en el que se produjo, sí se ha informado a esta redacción de dos circunstancias: la primera, que el anciano vivía solo en su domicilio; por otra parte, que encima del escritorio en el cual yacía el anciano se encontraba la siguiente nota:
—Se buscan conversaciones interesantes, historias por escuchar y momentos por compartir. Se ofrece, a cambio, té, galletas de mantequilla y un oído atento. Consultar horarios. DIARIO Bahía de Cádiz













