Desde la terraza del piso, en la séptima planta, reconvertida en pequeña sala de lectura, se puede contemplar cómo las primeras luces del amanecer rompen la oscuridad, dando paso a los tejados de los edificios más bajos y a las calles, que van cambiando el color amarillo mortecino de las farolas por toda la gama cromática. En cada segundo se hace más patente el trasiego de gente que se dirige a sus quehaceres.
A Juan, a sus ochenta y cinco años, le gusta ver amanecer desde la pequeña sala de lectura, sentado en el viejo sillón de orejas que los amigos de la AVV del Pozo le regalaron cuando se jubiló. Ahí es donde aprovecha y pasa las horas leyendo, sobre todo desde que enviudó hace cinco años.
Iván, su hijo, es vallecano hasta la médula. Nació, creció, estudió, se casó y vive en Vallecas. Alguna vez, él mismo reconoce que es más de Vallecas que Luis Pastor.
Estudió Económicas en la universidad. Era el motivo por el que salía a diario de Vallecas. “Vallecanos por el mundo”, decía cada vez que cogía el metro hasta llegar a Moncloa. Después, siempre ha trabajado en el barrio, ya sea desde la asesoría que montó, ya sea como contable en la cooperativa-librería que se abrió cerca de la Asamblea de Madrid. Ahora está pensando jubilarse.
Jon, el hijo de Iván y nieto, por tanto, de Juan, también nació, estudió y creció en Vallecas. Empezó a estudiar Agrónomos en la Complutense, aunque en tercero llegó a la conclusión de que no le servía para mucho.
En Vallecas conoció y se enamoró de Ibrahim, un joven senegalés que, con catorce años, saltó la verja de Ceuta y se dirigió directamente a Vallecas, convirtiéndose muy pronto en un vallecano más.
Con quince años se conocieron haciendo trabajos de voluntariado en el Centro Pastoral de San Carlos Borromeo. En apenas unas semanas, Jon e Ibrahim se dieron cuenta de que estaban hechos el uno para el otro y, en apenas un año, estaban conviviendo en la casa de Iván, en Entrevías, cerca de donde vivía Juan.
Con veinte años, Jon e Ibrahim decidieron casarse, y qué mejor sitio para tal celebración que Barajas de Melo, un pequeño pueblo de Cuenca, a unos cien kilómetros de Vallecas, de donde salió, hace más de sesenta años, Juan para construirse una chabola en el Pozo de Tío Raimundo.
“Vallecanos por el mundo”, decía cada vez que cogía el metro hasta llegar a Moncloa
Pocas veces Juan se ha mostrado más orgulloso que aquel día en el que la alcaldesa de su pueblo casó a Jon con su novio, Ibrahim. Había enviudado hacía poco, así que la foto con marco de alpaca de la boda, en la escalera del Ayuntamiento, que tiene sobre el aparador del comedor, muestra a Jon, Juan e Ibrahim con una sonrisa de oreja a oreja y una flor cada uno en su solapa.
Unos meses después, Ibrahim y Jon se trasladan a vivir a Barajas de Melo, donde montan una cooperativa de producción agrícola sostenible en colaboración con el Ayuntamiento. En menos de dos años, la cooperativa da empleo a más de cincuenta jóvenes, algunos hijos y nietos de personas que abandonaron el pueblo años atrás.
Sus productos son distribuidos directamente en las tiendas de Vallecas. Hoy tienen planes de desarrollo, ampliación de productos y distribución fuera de Vallecas.
En la casa de Juan tienen la costumbre de celebrar una comida coincidiendo con el primer fin de semana de cada mes. No era la única vez que Ibrahim y Jon volvían a Madrid. Otra costumbre de la familia era asistir juntos a cada manifestación, importante o no. Así, los Juanes iban a toda marcha a aquellas que consideraban que el motivo merecía la pena: la paz, el Primero de Mayo, Palestina…
La primera mujer que dejó de asistir a la cita fue la madre de Jon, cuando junto a Iván decidió divorciarse. Más tarde sería la madre de Iván, al fallecer y dejar viudo a Juan.
De esta forma cambiaron las normas de la comida familiar. Lo primero fue el cambio de nombre: pasó a llamarse “la comida de los chicos», a la que solo asisten ellos, sí, Juan, Iván, Ibrahim y Jon. La segunda norma que cambia es que cada mes uno de ellos se responsabiliza de llevar la comida.
los Juanes iban a toda marcha a aquellas que consideraban que el motivo merecía la pena: la paz, el Primero de Mayo, Palestina…
El primero en llegar ese domingo es Iván, que lleva el vino y que pilla a Juan en plena lectura de El huevo de la serpiente. El nido de ETA en Madrid, del que da completas referencias a su hijo.
No había pasado media hora cuando el timbre anuncia la llegada, en viaje directo desde Barajas de Melo, de los más jóvenes.
Ese día es Ibrahim el encargado de preparar la comida. Aporta dos platos típicos senegaleses: el primero, la Yassa Viande, a base de arroz, cordero y una salsa con mucha cebolla; el segundo plato, también senegalés, el Thiebou Dyenn, con arroz, pescado, batata, yuca, tamarindo…
En un plis plas, los tres Juanes ponen la mesa mientras Ibrahim calienta la comida y la coloca sobre el mantel.
Con el descorche de la botella de vino se da comienzo oficial a las charlas de dos en dos o de tres en tres; más raras, aunque se producen, son las conversaciones a cuatro.
Se puede hablar de cualquier cosa: economía, Trump, Ayuso o Milei, Palestina… Al final, son Juan e Ibrahim los que ayudan a centrar los temas, aportando luz y optimismo muchas veces. Ante los Trump, Ayuso o Milei, ponen a Lula, Gustavo Petro o Yamandú Orsi para explicar que no todo está perdido.
Cuando alguien habla de Palestina, de la difícil situación, del genocidio por el que atraviesa, Juan les habla de Vietnam y de cómo el imperialismo retrocedió allí. Al final, las miradas se cruzan con la luz del futuro.
Cuando ya están tomando el café, Jon e Ibrahim verbalizan su deseo de adoptar un crío. Habían pensado dejar Barajas de Melo, abandonar la cooperativa, a la que ya no podían aportar nada y de la que habían aprendido mucho.
La idea es ir a Senegal, donde una sobrina de Ibrahim, con un año y medio de edad, se había quedado huérfana. Incluso habían pensado en montar una cooperativa parecida a la de Barajas y, sobre todo, aprender, aprender de otra cultura, de otros pueblos.
Se hizo un silencio en la mesa. Las miradas de Juan e Iván se cruzaron mientras Iván se removía en la silla. Les gustaría tener cerca a Binta, esa bisnieta y nieta a la que ya quieren antes incluso de conocerla.
Ambos terminan, sin dilaciones, mostrando no solo su alegría por la decisión de la joven pareja, sino también su orgullo.
Al final de la tarde, y antes de que empezara a anochecer, Iván se despide de la reunión de chicos. Al día siguiente tenía una reunión con el concejal del distrito para concretar las subvenciones del Ayuntamiento a las entidades ciudadanas de Vallecas.
estábamos construyendo el nuevo Vallecas entre todos los vecinos, entre todas las vecinas
En el momento en que es necesario encender una pequeña luz en el salón, Juan propone a Jon y a Ibrahim salir a la terraza acristalada, convertida en sala de lectura, para ver cómo cambian las vistas sobre el Pozo de Tío Raimundo al atardecer, con una copa de vino en la mano.
Juan, sentado en su sillón de orejas; Jon e Ibrahim, en ambas sillas situadas en línea frente al ventanal acristalado, contemplan las vistas sobre el Pozo mientras saborean el vino.
Es esa hora de entre chien et loup, en la que los tejados van desapareciendo, las calles adquiriendo un amarillo mortecino y la gente, poco a poco, desapareciendo de ellas.
Juan deja aflorar una leve sonrisa bajo la nariz.
—¿De qué te ríes? —le pregunta Jon, intentando descubrir algo fuera de lo común tras los cristales.
—Pues mira, ¿veis esos tejados que están desapareciendo ante nosotros, las calles, los semáforos, los colegios? Nada, nada había cuando llegamos a Vallecas. Solo chabolas, polvo en verano y barro en invierno. Y lo más curioso es que, cada vez que me llevaban a la Dirección General de Seguridad, se empeñaban en que confesara que era de Comisiones Obreras y del Partido Comunista. Eran incapaces de entender que estábamos construyendo el nuevo Vallecas entre todos los vecinos, entre todas las vecinas. No eran capaces de comprender que un nuevo Madrid se estaba poniendo en pie —apostilla Juan.
—Pero, abuelo, tú eras del Partido y de Comisiones, ¿no? —interviene Ibrahim.
A lo que Juan le responde de inmediato:
—¡Coño! Claro que sí, pero no se lo iba a reconocer solo por cuatro hostias.
Es noche cerrada. El cielo se llena de estrellas, las calles se vacían de gente y de coches. El color de la oscuridad va cambiando de tonalidad al ritmo de los semáforos: rojo, ámbar y verde.
Jon e Ibrahim hace rato que se fueron, dejando a Juan dormido en el sillón. De vez en cuando, sigue dibujando sonrisas bajo la nariz en el Pozo de Tío Raimundo. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio
(Segundo Premio en el concurso de relatos de XXV aniversario de ATAAC ‘Una utopía posible’, entregado en el Ateneo de Madrid)












