Mi madre no sabía leer ni escribir, pero para ella Europa era uno de esos lugares donde una buena parte de exiliados españoles fueron a vivir, donde había gente que había combatido por la II República en España, y contra el fascismo y el nazismo junto a los republicanos españoles.
Esa idea sencilla me vuelve cada vez que escucho la vieja frase que un falangista lanzó como veneno: “Europa, esa vieja puta”. La soltó para justificar el aislamiento, para convertir en virtud lo que era pura impotencia, para condenarnos a una intemperie que duró demasiado.
Lo curioso es que, mientras aquí nos decían que Europa era decadencia, al otro lado de los Pirineos estaba naciendo algo inaudito. Gentes que habían perdido todo en la guerra —la casa, los hijos, la fe en el ser humano— se sentaron juntas en una mesa. Franceses y alemanes, enemigos de siempre, compartiendo carbón y acero. No era un negocio: era un milagro disfrazado de tratado.
Y de aquella mesa surgió un invento político que no existía en ningún manual: un lugar donde la ley protegía al débil, donde el mercado no podía devorarlo todo, donde un campesino extremeño y un pescador griego tenían los mismos derechos que un banquero de Francfort.
Para nosotros, los españoles, adherirnos a ese proyecto fue como salir de una habitación oscura. De repente, el mundo olía distinto. Viajar, estudiar fuera, sentir que existía un tribunal más alto que la arbitrariedad del poderoso local… todo eso, aun siendo consciente de que son mejorables, nos hizo mejores. No más ricos, sino más decentes. Aprendimos que la dignidad no se negociaba en las aduanas.
Hoy el abrigo que ofrecía aquella Europa tiene muchos agujeros. La burocracia fría, los mercados que dictan sentencia, los nacionalismos que vuelven a gritar consignas simples… Todo eso empaña el espejo. Hoy Europa ha dejado de ser el faro que llevaba los derechos humanos por el mundo como bandera. Hoy Europa se arrodilla y enmudece ante el gringo pelirrojo, y hace la ola al sionista asesino.
Dónde está Europa cuando secuestran en aguas internacionales a sus propios ciudadanos, les torturan y les exhiben como trofeos de caza, mientras el gringo toma medidas económicas contra estos ciudadanos que intentan llevar esperanza a Palestina y Europa sigue con sus festivales de música, esos sí que son putos viejos, a mayor gloria del sionismo.
hoy Europa ha dejado de ser el faro que llevaba los derechos humanos por el mundo como bandera. Hoy Europa se arrodilla y enmudece ante el gringo pelirrojo, y hace la ola al sionista asesino
Si son una mayoría los estadistas europeos quienes siguen agachando la cabeza ante el secuestro de sus ciudadanos, es fácil deducir que si los secuestrados y torturados son palestinos, aquí en la Europa de los “derechos humanos”, la mayoría de representantes políticos europeos prefieren seguir con Eurovision, comprando el mensaje sionista.
Pero yo me aferro a la sabiduría de mi madre. Porque defender Europa no es un acto de fe en unas siglas, sino un acto de memoria. Es recordar de qué infierno salimos y saber que ningún muro, por alto que sea, abriga tanto como la ley justa. Es creer, contra todo cinismo, que el diálogo entre el rigor y la luz merece todavía la pena, que los derechos humanos son una buena bandera para levantarla junto a la europea. Porque son los mismos quienes hoy quieren seguir hablando de “Europa puta vieja”.
Recordar y recordarles que los ciudadanos de esta “vieja puta” fueron capaces de aunar voluntades antifascistas y sin dudarlo lo seguiremos haciendo. Los colores rojo, negro, blanco y verde son hoy los colores de la decencia y derechos humanos, aquí y allí.
Hace poco, alguien le preguntaba a un niño palestino que quería ser el futuro. Él serio, pero sin dramatismo, dijo: “nada, los niños no tenemos futuro”.
Me rebelo, me indigno como europeo, como persona me gustaría mirarles de frente, y ligar mi futuro a la decencia de ellos. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio














