No es cosa nueva, amigos. Perseguir al que enseña viene de lejos, de muy lejos. Ya en Grecia y Roma, a maestros como Anaxágoras, Sócrates, Aristóteles, Séneca se les acusaba de lo mismo: “corromper a la juventud”. Pero ¿qué corrupción era esa? Básicamente, enseñar a pensar, a discutir el poder, a usar la palabra. Las nuevas escuelas daban miedo porque permitían que plebeyos y pobres aprendieran el arte de la persuasión política. Y eso, en una sociedad de castas, era dinamita.
Siglos después, la historia se repitió en España con nombre y apellidos. Recordad al maestro Antoni Benaiges, ese republicano que en 1936, en un pueblo perdido de Burgos, prometió a sus alumnos enseñarles el mar. Usaba una imprenta rudimentaria y el método Freinet, quería que los niños crearan, opinaran, soñaran. Nunca llegó a ver el agua salada. Lo detuvieron, lo fusilaron y lo echaron a una fosa común.
Décadas más tarde, su historia se hizo película: ‘El maestro que prometió el mar’. Pero ojo, Benaiges no fue un caso raro, fue la regla.
La depuración del magisterio durante y después de la Guerra Civil fue sistemática y bestial. Miles de maestras y maestros perdieron su plaza, su libertad o la vida. ¿El delito? Haber intentado educar en libertad, en laicidad, en pensamiento crítico. Es decir, exactamente lo mismo que en Grecia: formar ciudadanos, no súbditos.
Y para diseñar y justificar aquella cacería hubo un gaditano de pluma fácil y verbo engolado: José María Pemán. Católico, monárquico, falangista de última hora, Pemán fue quien dio el barniz teórico y católico al golpe militar del 36. Pero su papel más siniestro llegó después, como miembro de la Comisión de Cultura y Enseñanza de la dictadura.
Desde allí se convirtió en una especie de inquisidor mayor: redactó y firmó expedientes de depuración sin descanso. Suspensiones, inhabilitaciones, despidos. Las acusaciones, a menudo, eran vagas como “profesar ideas contrarias al Movimiento Nacional”. Con eso bastaba.
Pemán tenía un programa en la tele, escribía ripios y sainetes sin gracia, se codeaba con el poder. Pero yo no lo olvido: fue el verdugo de escritorio de toda una generación de educadores.
Y mirad, estoy convencido de que esto es más viejo aún. Seguro que cuando algún iluminado, en una cueva, intentaba enseñar a pintar bisontes en la pared, a otro no le gustó cómo lo enseñaba… y lo empujaron fuera de la cueva. Porque enseñar siempre ha sido un acto peligroso. Y quien enseña a pensar, siempre molesta.
salen a la calle a darnos clase. Por eso se lanzan a su cuello los pemanes de ayer y de hoy. ¡Hasta dónde vamos a llegar! Solo falta que se les ocurra enseñar a pensar, a utilizar la palabra
Estas últimas semanas han sido de nuevo los maestros, los docentes que con una calma envidiable nos están dando una lección de ciudadanía, de decencia democrática. En el eje de sus reivindicaciones, una enseñanza pública y de calidad, porque de eso se habla cuando se pone encima de la mesa la bajada de ratios, revertir los recortes, la lengua materna…
Salen a la calle a darnos clase. Por eso se lanzan a su cuello los pemanes de ayer y de hoy. ¡Hasta dónde vamos a llegar! Solo falta que se les ocurra enseñar a pensar, a utilizar la palabra.
Mientras, mandan directa o indirectamente a los antidisturbios, que como todo el mundo sabe, son los que al final provocan con sus actuaciones temerarias, son el antónimo de su propio cometido.
Qué hermoso resultó aquel instante, ¿verdad? En el que los antidisturbios, rígidos como estatuas de un poder que ya no sabe reír, y delante de ellos, unos maestros con instrumentos de viento y metal soltando la marcha imperial de La Guerra de las Galaxias. Pero cuidado, porque ellos no eran el Imperio. Ellos eran la Resistencia. La música, esa vieja aliada de los que no tienen maza ni escudo, se coló por las rendijas de los cascos y quizás, solo quizás, hizo temblar algún corazón bajo el uniforme.
Porque al final, de eso va todo: de seguir enseñando el mar aunque te fusilen, de pintar bisontes en la cueva aunque te empujen fuera, de tocar la BSO de la esperanza mientras te gritan que te calles. Los docentes decentes no ganarán todas las batallas, lo sé.
Pero mientras haya uno solo con una pizarra, una flauta o una palabra, la noche no será eterna. Y los pemanes de turno, los de ayer y los de hoy, seguirán perdiendo, porque a la luz de esa música, sus sombras se vuelven ridículas.
Así que gracias, docentes. Gracias por darnos clase hasta en la plaza. Y perdonen si me emociono: es que aún creo que, como aquel maestro de Burgos, alguien tiene que seguir prometiendo el mar. Aunque a otros les duela. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio










