Si algo se palpa en el aire denso de estos días es que la realidad tiene la piel fría como el traje de neopreno de los surfistas, pero el relato viste esa frialdad con seda cálida y palabras que huelen a hogar, aunque no haya concordancia entre esa realidad y lo que nos cuentan. Es como un flechazo, al menos eso pretenden, un golpe seco de un portazo, el temblor de una mano que firma, el olor a tierra removida. Pero esa sensación se desvanece si no encuentra unos labios que lo conviertan en canción.
Lo que nos llega no es el hecho, sino el eco domesticado del hecho, un murmullo adormecedor susurrado al oído con cadencia de nana, con la música justa para mecer y vencer nuestras certezas, incluso nuestras convicciones más profundas. Los medios, e incluyo los nuevos medios, se han convertido en buena medida en una cuna de palabras en la que nos dormimos, mecidos en sábanas de seda de una historia que huele a verdad, aunque su tejido esté hilado con hebras de niebla.
Los conflictos no se ganan con el estruendo metálico de las armas ni con el barro pegado a las botas del campo de batalla; se ganan con el escalofrío que recorre la espalda al escuchar una historia bien contada, y sobre todo se gana con el silencio, con la pasividad internacional.
Hoy se ha convertido el arte de narrar en un veneno tan dulce que entra sin dolor. Silencios cómplices que dan carta blanca, y con ese silencio apoyan claramente invasiones y bombardeos de los chulos de patio de colegio. La guerra moderna huele a café de redacción y a dedos frenéticos sobre teclados y bots que paren ficciones más robustas que los escombros reales.
La cuestión es que, como casi todo lo que respira, incluso lo que no respira, existe la memoria, no como archivo polvoriento, sino como el dolor de rodilla que se despierta cuando va a llover, las plantas que se orientan hacia la luz…
Frecuentemente alguna información nos hace recuperar un sabor agrio en la lengua que regresa sin avisar, un olor a promesa rancia que revuelve las tripas y arruga la nariz. Y esa memoria, visceral, termina por no “comprar” el producto que nos quieren vender.
la guerra moderna huele a café de redacción y a dedos frenéticos sobre teclados y bots que paren ficciones más robustas que los escombros reales
En la resolución, sí, la resolución es un eufemismo, del intento de invasión y desaparición de Iran por parte del presidente yanki y el sionista de Israel, ha habido dos factores determinantes. Uno ha sido que nadie ya se ha creído que eso era una lucha por la libertad, la cultura occidental etc., han sido tan burdas las mentiras, que incluso eran cómicas, “vamos a bloquear el estrecho ya bloqueado, el desbloqueador que lo desbloquee, buen desbloqueador será”; y por otra parte la postura de la mayoría de los países ha sido clara, lo suficientemente clara y decidida, para demostrar que en el mundo sobran ratones pelirrojos pistoleros.
Cuestión diferente es el genocidio sionista contra el pueblo palestino, ante el cual hay un selecto grupo de países que no solo dicen que se oponen, sino que toman medidas demostrando que hay que ir más lejos para parar esta atrocidad.
¿Habéis escuchado propuestas concretas de las cancillerías europeas en contra del país que secuestra a sus ciudadanos en aguas internacionales? Solo una minoría muy selecta. Los demás, grandes y pequeños, mirando al tendido y silbando.
Creo que hay que ser claros, quien guarda silencio, mira hacia otra parte y no toma medidas de presión contra los sionistas, no pueden decir “se han pasado un poco” por lo bajini, para que no les escuchen mucho. Estos mandatarios y no mandatarios, son tan responsables de los asesinatos de palestinos, como el Gobierno y ejército sionista Son iguales.
Es imprescindible que de forma inmediata sean liberados los dos activistas: el brasileño Thiago Ávila y el hispano-palestino Abukeshek Saif, secuestrados por el ejército de Israel en aguas internacionales. No solo hay que pedirlo, hay que exigirlo, y también hacerlo posible, antes de que sea demasiado tarde. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio












