Cuando el Levante corretea calles, azoteas y callejuelas de Cádiz es mucho más que un viento seco y cálido, que como decía un poeta gaditano, “nos seca a paredes y a habitantes de la humedad y del moho”.
Es una especie de locura sensorial que atraviesa callejones y plazas, de tal forma que es un vecino más, un gaditano que vuelve de vez en cuando a su casa. Se cruza contigo en cualquier esquina, te saluda soplándote la nuca y resecándote la piel como si se estuvieras envuelto en sal, los labios se agrietan y saben a mar, esa mar vieja que nos rodea.
Los ojos lloran, no de emoción, es este viento que les mete sus dedos hasta que saltan las lágrimas. Duele el pelo, revuelto, electrizado, lleno de vida pero no es la tuya, es la de él que se apodera y se adueña de sus movimientos.
El Levante o lo odias o adoras, pero no deja indiferente a nadie, no puedes ignorarlo. Yo pertenezco al grupo de personas que disfrutan con el Levante. Este viento se sienta a tu lado, te relaja, te invita a la meditación y a hablar contigo mismo; vamos, es como una clase de yoga, pero sin pagar.
En estas fechas, cuando el Levante levantea, significa que los turistas veraniegos desaparecen con sus “rebequitas” de las noches frescas. Vuelven a su Madrid, a su Sevilla o a su Moscú, dejando los pisos turísticos cerrados a cal y canto, y más de una Maricarmen desahuciada. Calles libres o casi libres porque siguen llegando al puerto los barcos con los que la Teo nos contamina, pero, cuando anochece, en los adoquines solo quedan los gaditanos y el cántico de ese viento caliente.
Las persianas golpean con ritmo como base, las puertas o ventanas al cerrarse ponen los graves, los agudos son responsabilidad de las esquinas, de los balcones que se prestan a silbar siguiendo el ritmo. A mí me da la impresión de que nos quiere cantar algo de lo que escucha en las tierras que atraviesa hasta llegar a la Bahía.
Me siento en un banco con él y creo que trae las notas de una banda de música y el olor, porque el Levante huele, a frutales y a horchata. Antes ha pasado por una isla y trae un sonido por tarantelas nerviosas y un perfume de bergamota, naranja amarga, neroli y mandarina amarilla del Mediterráneo, y de una playa me tararea una canción de Teodorakis mientras que un hombre descamisado sigue al ritmo del sirtaki con los brazos extendidos, recordándome que la vida está para vivirla, para sentirla.
el Levante o lo odias o adoras, pero no deja indiferente a nadie, no puedes ignorarlo. Yo pertenezco al grupo de personas que disfrutan
Por unos instantes el viento se calla, tengo que fijar mi atención en un sonido lejano, casi inaudible. Creo distinguir algo parecido al vaivén de las olas que acarician la arena. Un sonido aún más débil interfiere con el del mar, una especie de moscón, quizás de mosca necrófaga, no sé.
El canto del Levante cambia de registro, ahora reproduce el sonido ¿musical?, cuando recorre escombros metiéndose debajo de los mismos, cruzando ladrillos rotos que, al ser atravesados, simulan el sonido de unas flautas, quizás suena a órgano.
Unos críos en una especie de jaima “entre la destrucción” cantan a coro el alfabeto: “Alif, Bat, Tah, Jim…”. Cambia el olor, ahora huele a tomillo. Cambia la canción, es la de un coro el que canta mientras invade la explanada de Al-Aqua, el centro de Jerusalén, de cualquier campo de refugiados, tanto en Palestina como en el Líbano… huele a muerte, a fósforo y destrucción, huele a sionismo, huele a sufrimiento.
El Levante torna a frío, a una brisa heladora. Me trae hasta la Bahía a Palestina y a su gente. Yo lloro, sin necesidad de que ningún viento me meta los dedos en los ojos. DIARIO Bahía de Cádiz










