Hay pueblos que resulta difícil localizarlos en el mapa, incluso con la utilización de tecnologías de la información, costará trabajo, no se encuentran. Se encuentran en la memoria de hombres que tienen que marchar largas temporadas fuera de su entorno, para intentar ganarse la vida.
De mujeres que se organizan para que entre todas sea posible mantener viva a la pequeña población. Que, cada tarde, se sientan en un círculo de compromiso, bordan, tejen, muelen trigo y hacen cuscús que intentarán vender a tiendas y restaurantes, es su cooperativa. De niños, de niñas que cuando quieren seguir estudiando, tienen que recorrer kilómetros.
Cuando te sientas en su círculo no te hablan de turismo. Hablan de la lluvia que no llegó, del niño que aprendió a reírse del viento, de la abuela que aún sabe extraer del barro el color del otoño.
Yo llegué allí como viajero, con mi prisa de ciudad, con mi cámara lista para robar imágenes. Pero ellas no posaron. Siguieron cada una con sus quehaceres, solo de vez en cuando, al principio una mirada fugaz y una sonrisa.
Poco a poco el ambiente se relajó, y de las sonrisas pasaron a risas, alguna de ellas a carcajadas. Una de ellas, la de los dedos más finos, empezó a cantar, las demás se levantaron y me levantaron, formando un círculo cogidas de la mano seguíamos el ritmo con movimientos repetitivos.
En cada puntada de los tapices, alfombras y ropas que hacen, en cada canto o leyenda compartida guardan las historias de su tierra —las cosechas que el viento no se llevó, los nombres de los que ya no están, las fiestas que aún saben a infancia. Poco a poco van tejiendo el tapiz de su propia vida, de su propia historia. No es un producto. No es un folleto turístico. Es el único mapa auténtico de ese lugar: cada flor bordada es un nacimiento, cada hilo roto es una despedida que aún duele.
Después de los instantes que pasé con estas mujeres, empecé a no sentirme turista y a creerme un poco el protagonista viajero de los libros del romanticismo. Empecé a entender que sí era verdad que las enormes montañas eran impactantes, que el río que bajaba dando saltos con mucho más caudal, metía sin que te dieras cuenta una música de fondo por la noche como si fuera una nana que te ayudaba a dormir.
Pero no eran sus montañas verdes. No era su comida, que sabía a lumbres hechas con mucho amor. Lo asombroso era su manera de estar en el mundo: sin ofrecer espectáculo, sin venderse. Simplemente siendo.
Ellas no quieren ser consideradas como algo que se exhibe, como algo que provoca miles de clics de cámaras de fotos y vídeos grabados con el teléfono móvil. Necesitan que las acompañes. Por eso el turismo de postal les queda pequeño. El turismo que roba fotos y deja basura no entiende de hilos ni de silencios. Necesitan otro viajero. Uno que sepa que la cultura no es un museo: es la respiración colectiva de un pueblo, en este caso el Amazigh.
lo asombroso era su manera de estar en el mundo: sin ofrecer espectáculo, sin venderse. Simplemente siendo
Descubrir los movimientos rítmicos de las manos al amasar el pan, que ese mismo día se horneará y se comerá en cuanto no queme. Esos movimientos con la masa son algo más que un trabajo mecánico, se deja algo de ti en esta mezcla de harina con agua, levadura y sal. Poco a poco se crea, a través de movimientos de la mano mientras se entona alguna canción.
Saadia mira y remira la urdimbre ya en el telar, dice que está buscando el alma de lo que será la alfombra más colorida o el tejido más sencillo, porque todo lo que será creado tiene alma y en esta dejamos dibujado parte de nosotros y nuestro entorno. Después elige colores y motivos. Empieza a entrelazar los diferentes cabos, a pasar una y otra vez los peines, dice sonriendo sin levantar la mirada del telar, que —tenemos que hacer todo evitando que el ruido, sobretodo del aghanim nˋ ossta, no moleste a los muertos y provoque envidias y celos entre ellos al considerarnos más afortunados, ya que nosotros seguimos viviendo, tejiendo—.
Ahora, cuando miro el pequeño tapiz que me traje —con sus dibujos geométricos, con su colorido—, sé que ese pueblo, en el Valle de Tassaout, existe de verdad. Y que no necesita que lo promocione con alharacas. Solo necesita viajeros dispuestos a sentarse en un círculo, a enhebrar una aguja, a coser despacio mientras el mundo afuera se empeña en correr.
el turismo lo hemos entendido como ese afán de acumular kilómetros y miles de fotos, con un afán consumista de paisajes. Pero hay otra manera
Esa es la cultura que te enseña, que te hace sentir que la tierra no se pisa, se acaricia, que somos una parte más de estas montañas, de este río, de los árboles que las pueblan. Es la cultura que no se consume, se comparte, se vive. Porque la cultura no necesita de grandes campañas de marketing. Es la que borda en voz baja la memoria de un pueblo, el Amazigh, que aún cree que el tiempo, cuando se comparte, no pesa.
Y que un tapiz, si se hace entre todos, puede ser más fuerte que cualquier carretera, aunque estas sean necesarias. Que el verdadero lujo de un viaje no es un hotel con estrellas, sino una mujer que te enseña un nudo en un telar y luego te regala su silencio. Que para muchas personas este es su lugar en el mundo.
El turismo lo hemos entendido como ese afán de acumular kilómetros y miles de fotos, con un afán consumista de paisajes, como el que devora un menú sin preguntar ingredientes. Pero hay otra manera. Una que no pregunta ¿qué puedo sacar de aquí?, sino ¿qué puedo aprender, y cómo puedo dejar este lugar mejor de lo que lo encontré?
Cuando el turista se convierte en viajero, elige alojarse en una comunidad que protege su bosque, o aprende a teñir con plantas sin arrancarlas de raíz, está practicando un turismo respetuoso y sostenible. No se trata solo de no dañar: se trata de dejar que la tierra y sus guardianes salgan fortalecidos. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio













