Desde mis años mozos, mi fantasía y mente calenturienta ha intentado convertir la Semana de Pasión en Semana Pasional; por cierto, será culpa mía, pero ni en mis años de esplendor, que también los tuve, nunca lo conseguí. A lo más algún escarceo, pero nada que pueda ser catalogado como pasional, por muchas ganas que intentara poner.
Aquí, en Andalucía, ha sido anunciar próximas elecciones, y se han agotado los billetes del AVE institucionales, que seguro que los hay. Ayuso y su séquito han venido a hacer campaña aprovechando que la gente está en la calle con sus vírgenes y cristos. Han pedido dimisiones, han lanzado soflamas, en su acepción de “perorata”, eso sí, siempre delante de algún paso, acompañados de la autoridad local y delante de la televisión, también local.
Claro que en este caladero de votos, y con esa pasión que ponen, llegan a contagiar a algún hermano nazareno, que increpa a la candidata socialista a presidir la Junta, María Jesús Montero. ¿Sabéis lo que le grita? Pues algo poco original, que hace política por visitar a una cofradía. Qué raro, debe ser la única, Ayuso, Almeida y sus séquitos nunca lo harían, ¿a qué no? Y es que sin querer profundizar en el tema, el capillismo… tiene un color especial… como cantaban Los del Río.
Y dentro de esta campaña por ensalzar los valores tradicionales de la gente decente, está la puesta en escena de la figura decrépita de alguien que salió por pies al descubrirse como uno de los mayores comisionistas del reino de España, como un defraudador de Hacienda, como alguien “de moral relajada”; sí, me estoy refiriendo al “Campechano”.
Aprovechan la vuelta a ese circo macabro de “matavacas”, de uno que pone su espada, como Santiago (el de Compostela) por Egpaña con G, que suena más profunda. Un foso entero aclamando a su anciano líder, rindiéndose a sus encantos como se rindieron tantas, todo al ritmo del bonito pasodoble de Vivan la cadenas, de los maestros Muñoz y Astray.
gracias a la Semana Santa he comido durante mucho tiempo torrijas, la mona de Pascua, y el potaje que la señora Lucía (mi madre) bordaba
Pese a todo, rompo una lanza por la Semana Santa. Sin querer hacer una lista exhaustiva de razones, la primera es que gracias a la Semana Santa he comido durante mucho tiempo torrijas, la mona de Pascua, y el potaje que la señora Lucía (mi madre) bordaba, con su bacalao, garbanzos, collejas y un sofrito de pan, ajo, huevo, cominos y mucho cariño.
A la Semana Santa también tengo que agradecer que después de muchos años en los que había que guardar luto, en los que la radio emitía solo música sacra, en los que los cines cerraban, con la llegada de la “apertura” de la dictadura, se podían ver películas relacionadas con las fechas, algunas infumables, otras auténticas obras de arte.
Debo agradecer a la Semana Santa mi afición a las películas de romanos, aunque todos los protagonistas ejercían de americanos, altos, rubios y con los ojos claros; de romanos, poco y de hebreos, menos. Pero ¡qué bien conducían las cuadrigas en las carreras!
Otra cosa de las buenas que nos dejó hace mucho tiempo la Semana de Pasión, el nombre de una persona excepcional. Se llamaba Isidora, y en 1918 firmó un artículo en la prensa obrera de la época utilizando el seudónimo de Pasionaria, y con ese sobrenombre recorrió una buena parte de la historia, siempre con la cabeza bien alta. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio













