Número 5.621 – Año XXIII 11 de octubre de 2026

Opinión

Walking Dead

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Despertar pequeño y solo. Quizás, en un hospital cualquiera. Con la memoria parpadeante como las luces de neón de los pasillos. Las que quedan intactas.

Arrancar los ríos secos de las manos. Vencer la incertidumbre. Caminar, a través del silencio ciego y espeso. Y salir a la calle, a los restos del mundo, sorteando boquetes y esqueletos de flores. Saltar escalones. Esquivar cadáveres de coches cuyas radios aún sintonizan voces huecas. Sonidos. Noticias que llegan de este mundo, o de otro, a devorar el cerebro y la calma.

La decepción y sus heridas, surgen a la vuelta de la esquina, sin previo aviso, con el terror en la certeza de lo que es, y no debería haber sido nunca.

Perros que vagan, enfermos de espanto, buscando un lugar donde morir, para que no los maten. Sombras que observan, que se mueven entre jirones y cristales rotos, detrás de las ventanas. Serán, seguramente, los dueños de nada, ocultos para aislarse de la pandemia peor que han conocido: la más obscena indiferencia. Y saben que se esconden. Y saben, que no están haciendo nada.

Antes del desahucio de la vida de antes, quedaban proyectos, mapas y juegos al sol.

Ahora es el “no mezclarse”, y volver la espalda. Huir de los morideros, contagiados por el “todo es mentira”.

Y llegar a la gran avenida, desierta y cuajada de cicatrices, atravesada por afluentes sombríos, y edificios de humo, hasta la misma puerta de la casa, la de las fotos sobre las paredes, el olor del guiso de la madre, y el tiempo de la infancia, sostenido en el aire.

Ya no hay nadie. Y no fue necesario el fuego. Dicen que el arma estuvo en la sangre. Y ya no hay nadie. Solo pequeños que despiertan, solos, y van caminando muertos, pero vivos todavía, enfermos de olvido. Solo ellos saben cómo son las cloacas del mundo. DIARIO Bahía de Cádiz

más artículos Rosario Troncoso


Despertar pequeño y solo. Quizás, en un hospital cualquiera. Con la memoria parpadeante como las luces de neón de los pasillos. Las que quedan intactas.

Arrancar los ríos secos de las manos. Vencer la incertidumbre. Caminar, a través del silencio ciego y espeso. Y salir a la calle, a los restos del mundo, sorteando boquetes y esqueletos de flores. Saltar escalones. Esquivar cadáveres de coches cuyas radios aún sintonizan voces huecas. Sonidos. Noticias que llegan de este mundo, o de otro, a devorar el cerebro y la calma.

La decepción y sus heridas, surgen a la vuelta de la esquina, sin previo aviso, con el terror en la certeza de lo que es, y no debería haber sido nunca.

Perros que vagan, enfermos de espanto, buscando un lugar donde morir, para que no los maten. Sombras que observan, que se mueven entre jirones y cristales rotos, detrás de las ventanas. Serán, seguramente, los dueños de nada, ocultos para aislarse de la pandemia peor que han conocido: la más obscena indiferencia. Y saben que se esconden. Y saben, que no están haciendo nada.

Antes del desahucio de la vida de antes, quedaban proyectos, mapas y juegos al sol.

Ahora es el “no mezclarse”, y volver la espalda. Huir de los morideros, contagiados por el “todo es mentira”.

Y llegar a la gran avenida, desierta y cuajada de cicatrices, atravesada por afluentes sombríos, y edificios de humo, hasta la misma puerta de la casa, la de las fotos sobre las paredes, el olor del guiso de la madre, y el tiempo de la infancia, sostenido en el aire.

Ya no hay nadie. Y no fue necesario el fuego. Dicen que el arma estuvo en la sangre. Y ya no hay nadie. Solo pequeños que despiertan, solos, y van caminando muertos, pero vivos todavía, enfermos de olvido. Solo ellos saben cómo son las cloacas del mundo. DIARIO Bahía de Cádiz

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