Envolverse en la arbonaida no te identifica con lo que esa bandera representa. Cualquiera puede hacerlo, puede fotografiarse, sonreír falsamente, hasta acompañar los compases del himno con letra de Blas Infante.
Llevamos un tiempo, desde hace ya varios años, en el que estamos viendo cómo se apropian de nuestros símbolos, nos roban nuestra identidad, se colorean por interés y enarbolan una bandera que no hace mucho despreciaban o, simplemente, ninguneaban.
En algunas manos, la enseña se vuelve trapo, con un simple teñido del color del yerbajo y con un escudo descolorido, donde los leones pierden su fuerza y no se le oye el rugido. Es el caciquismo electorero del que nos habla el Padre de la Patria Andaluza. No todo el que se retrata con la blanca y verde lucha, reivindica, pelea, grita: “Andaluces levantaos, pedid tierra y libertad”.
La arbonaida representa la reivindicación permanente, la defensa del pueblo, el esfuerzo constante por la supervivencia, la pelea por el progreso, el trabajo en pro de la libertad y de la justicia social, un proyecto de liberación, un proceso de cambio que traiga una buena vida para todas y todos sin excepción, la igualdad redistributiva y la fraternidad entre los pueblos, pero sobre todo la lucha por la soberanía, por la autodeterminación de un pueblo, el andaluz, que padece hoy en día la marginación y la discriminación, que sufre una situación de colonialidad, que ha sido empujado a la periferia.
¿Acaso quienes ahora se llaman “andalucistas” están dispuestos a trabajar prioritariamente por ello? Cuando han tenido ocasión de ejercer funciones de gobierno, en el de Madrid, en el de Sevilla, el de Cádiz o en el interior de sus organizaciones ¿han avanzado en este sentido?
Votar en andaluz es reconocer la historia de esta tierra, reivindicar un pasado cargado de éxitos y victorias, de aportes y avances, de esplendor y prosperidad, de siglos de glorias y alegrías, de un Tartessos, una Bética y, sobre todo, un Al Andalus diverso, heterogéneo, hospitalario, abierto, creativo, innovador y desarrollado en sus respectivos tiempos. Enorgullecerse de la herencia positiva de los Centros Andaluces y de la Junta Liberalista de Andalucía de Blas Infante, del Compromiso Político de Andalucía y la ASA, del PTA, el PSA y el PA, sin renegar de ellos, como precursores que fueron del andalucismo en su época.
Pero también es denunciar una colonización represora, genocida, discriminadora, excluyente, explotadora, que hay que deconstruir, visibilizar e identificar para superarla, definirla y repararla. Una historia de riqueza y quejío sin igual y un presente que se convierte en inexplicable sin entenderla.
Hay que partir de la perpetuación de la subalternidad de Andalucía, marginada de los procesos de desarrollo, aislada de su entorno, explotada desde su subsuelo, su superficie, su fuerza de trabajo y su talento, delimitada caprichosa y externamente, folklorizada y menospreciada en sus acentos, adaptación al clima y papel obligado por el centralismo.
El centralismo mundial se fija en los centros de negocios de las grandes ciudades dominantes y en los pentágonos de decisiones bélicas; el europeo en los intereses de una oligarquía económica y política de las capitales de los estados, sobre todo los del ombligo franco-alemán; el del Estado español en la nobleza financiera, especulativa, mediática y judicial; el andaluz en lo urbano, en las ciudades más pobladas, en los intereses de unos pocos señoritos de aquí, de allá y de más pallá; y el de los partidos en las estrategias marcadas desde sus madrileñas sedes centrales y el personal experto en marketing, llámalo comercial o político, pues lo desarrollan igual.
es fundamental reconocernos desde nuestra identidad, para “volver a ser lo que somos”
Votar en andaluz es centrarse en el pueblo andaluz, no en sus élites, los cipayos y sus manijeros, sino en las gentes que habitan nuestra tierra, que, hayan nacido en el ámbito rural o en el urbano, en un pueblo o una capital, en el territorio de la comunidad o en otro, en este Estado imperfecto o en otro, la enriquecen, la reconocen, la defienden y la aman. Nos identificamos como andaluzas y andaluces sin exclusiones, como perfecto mosaico de orígenes, etnias, culturas y subculturas. “En Andalucía no hay extranjeros”, frase que le atribuyen a Blas Infante. Es fundamental reconocernos desde nuestra identidad, para “volver a ser lo que somos”.
Votar en andaluz es priorizar las reivindicaciones de las clases trabajadoras andaluzas, obreras, agricultoras, metalúrgicas, pesqueras, funcionarias, amas de casa o consumidoras, en contra del centralismo, territorial y de clase, reconociendo sus comarcas y sus rincones, sin concentración de los recursos en las ciudades, en las capitales de provincia o de la comunidad autónoma, en los bolsillos de los señoritos de siempre y en los nuevos, venidos de fuera o hechos aquí mismo, que se quedan con la riqueza de todos y todas, aliándose por los poderes para conservar sus privilegios.
Como aquel 4 de diciembre en el que se pedía AUTONOMÍA, para pedir tierra y libertad, y, como cantaba Carlos Cano, “s'acabe el paro y haiga trabajo, escuela gratis, medicina y hospital, pan y alegría nunca nos falten. Que vuelvan pronto los emigrantes, haiga cultura y prosperidad”. Quejíos propios de Andalucía, puntualmente similares a las de otras naciones y peculiares en su conjunto, no genéricos, como gafas o lentillas, por más falta que nos haga, sino nuestros, como transferencia de competencias específicas o reivindicación de nuestro idioma e identidad.
Votar en andaluz es fortalecer lo común más que lo personal, lo colectivo más que lo individual, lo público más que lo privado, lo que es del pueblo más que lo que se quedaron las élites. Y todo ello sin perder nuestra identidad, respetando nuestro ser hospitalario, integrador, diverso, mestizo, y cargado de quejío reivindicativo y lleno de poderío.
votar en andaluz es fortalecer lo común más que lo personal, lo público más que lo privado, lo que es del pueblo más que lo que se quedaron las élites
Defender lo nuestro más que lo mío, Andalucía más que Juan, Pedro o Martín, lo común por encima de lo particular. Como Blas Infante nos dice en La dictadura pedagógica (1923): “Hay dos clases de comunistas, la de aquellos que aspiran, mediante el esfuerzo propio a engrandecer su vida para darla toda a la comunidad; y la de aquellos que esperan en que una colectividad, formalmente comunista, venga a satisfacer las exigencias de su propia vida individual”.
Te animo a hacer un ejercicio para votar en andaluz: lee los primeros nombres de las listas electorales y trata de identificar qué han hecho por nuestra tierra. No sólo lo que dicen o pregonan, sino lo que han aportado y compartido. No sólo lo que han escrito en sus eslóganes o sus programas (si lo tienen o lo han difundido), sino lo que han gestionado y administrado, en las instituciones, entidades o partidos en las que han trabajado. No te fijes sólo en el nombre del partido, pues en casi todos han impreso la palabra Andalucía impostadamente.
Recuerda cuántas veces han venido sus líderes y lideresas a Andalucía el año antes de la campaña electoral, a sus provincias, sus comarcas y sus pueblos, no sólo a las capitales que controla electoralmente. Busca en los programas electorales la palabra Andalucía. Mira si incluyen sus dolores, las preocupaciones de nuestra comunidad, además de las generales de toda España. Busca si propone más soberanía y autogobierno, más autogestión, de forma específica y concreta, con objetivos reales y método.
Busca lo peculiar, lo nuestro, lo propiamente andaluz, desde la solidaridad y el internacionalismo, pero lo que nos identifica y aglutina.
Quítate la venda rojigualda y vota en andaluz. DIARIO Bahía de Cádiz
(*Vicente Álvarez Orozco, maestro, historiador y pedagogo. Ha trabajado como técnico en educación social, género, empleo, cooperación internacional al desarrollo y, ahora, en servicios sociales municipales. Actualmente en la ONGD Equipo Tinku, colectivo Quejío Andalú y en otros grupos andalucistas, por la Paz y de defensa de lo público).
Envolverse en la arbonaida no te identifica con lo que esa bandera representa. Cualquiera puede hacerlo, puede fotografiarse, sonreír falsamente, hasta acompañar los compases del himno con letra de Blas Infante.
Llevamos un tiempo, desde hace ya varios años, en el que estamos viendo cómo se apropian de nuestros símbolos, nos roban nuestra identidad, se colorean por interés y enarbolan una bandera que no hace mucho despreciaban o, simplemente, ninguneaban.
En algunas manos, la enseña se vuelve trapo, con un simple teñido del color del yerbajo y con un escudo descolorido, donde los leones pierden su fuerza y no se le oye el rugido. Es el caciquismo electorero del que nos habla el Padre de la Patria Andaluza. No todo el que se retrata con la blanca y verde lucha, reivindica, pelea, grita: “Andaluces levantaos, pedid tierra y libertad”.
La arbonaida representa la reivindicación permanente, la defensa del pueblo, el esfuerzo constante por la supervivencia, la pelea por el progreso, el trabajo en pro de la libertad y de la justicia social, un proyecto de liberación, un proceso de cambio que traiga una buena vida para todas y todos sin excepción, la igualdad redistributiva y la fraternidad entre los pueblos, pero sobre todo la lucha por la soberanía, por la autodeterminación de un pueblo, el andaluz, que padece hoy en día la marginación y la discriminación, que sufre una situación de colonialidad, que ha sido empujado a la periferia.
¿Acaso quienes ahora se llaman “andalucistas” están dispuestos a trabajar prioritariamente por ello? Cuando han tenido ocasión de ejercer funciones de gobierno, en el de Madrid, en el de Sevilla, el de Cádiz o en el interior de sus organizaciones ¿han avanzado en este sentido?
Votar en andaluz es reconocer la historia de esta tierra, reivindicar un pasado cargado de éxitos y victorias, de aportes y avances, de esplendor y prosperidad, de siglos de glorias y alegrías, de un Tartessos, una Bética y, sobre todo, un Al Andalus diverso, heterogéneo, hospitalario, abierto, creativo, innovador y desarrollado en sus respectivos tiempos. Enorgullecerse de la herencia positiva de los Centros Andaluces y de la Junta Liberalista de Andalucía de Blas Infante, del Compromiso Político de Andalucía y la ASA, del PTA, el PSA y el PA, sin renegar de ellos, como precursores que fueron del andalucismo en su época.
Pero también es denunciar una colonización represora, genocida, discriminadora, excluyente, explotadora, que hay que deconstruir, visibilizar e identificar para superarla, definirla y repararla. Una historia de riqueza y quejío sin igual y un presente que se convierte en inexplicable sin entenderla.
Hay que partir de la perpetuación de la subalternidad de Andalucía, marginada de los procesos de desarrollo, aislada de su entorno, explotada desde su subsuelo, su superficie, su fuerza de trabajo y su talento, delimitada caprichosa y externamente, folklorizada y menospreciada en sus acentos, adaptación al clima y papel obligado por el centralismo.
El centralismo mundial se fija en los centros de negocios de las grandes ciudades dominantes y en los pentágonos de decisiones bélicas; el europeo en los intereses de una oligarquía económica y política de las capitales de los estados, sobre todo los del ombligo franco-alemán; el del Estado español en la nobleza financiera, especulativa, mediática y judicial; el andaluz en lo urbano, en las ciudades más pobladas, en los intereses de unos pocos señoritos de aquí, de allá y de más pallá; y el de los partidos en las estrategias marcadas desde sus madrileñas sedes centrales y el personal experto en marketing, llámalo comercial o político, pues lo desarrollan igual.
es fundamental reconocernos desde nuestra identidad, para “volver a ser lo que somos”
Votar en andaluz es centrarse en el pueblo andaluz, no en sus élites, los cipayos y sus manijeros, sino en las gentes que habitan nuestra tierra, que, hayan nacido en el ámbito rural o en el urbano, en un pueblo o una capital, en el territorio de la comunidad o en otro, en este Estado imperfecto o en otro, la enriquecen, la reconocen, la defienden y la aman. Nos identificamos como andaluzas y andaluces sin exclusiones, como perfecto mosaico de orígenes, etnias, culturas y subculturas. “En Andalucía no hay extranjeros”, frase que le atribuyen a Blas Infante. Es fundamental reconocernos desde nuestra identidad, para “volver a ser lo que somos”.
Votar en andaluz es priorizar las reivindicaciones de las clases trabajadoras andaluzas, obreras, agricultoras, metalúrgicas, pesqueras, funcionarias, amas de casa o consumidoras, en contra del centralismo, territorial y de clase, reconociendo sus comarcas y sus rincones, sin concentración de los recursos en las ciudades, en las capitales de provincia o de la comunidad autónoma, en los bolsillos de los señoritos de siempre y en los nuevos, venidos de fuera o hechos aquí mismo, que se quedan con la riqueza de todos y todas, aliándose por los poderes para conservar sus privilegios.
Como aquel 4 de diciembre en el que se pedía AUTONOMÍA, para pedir tierra y libertad, y, como cantaba Carlos Cano, “s'acabe el paro y haiga trabajo, escuela gratis, medicina y hospital, pan y alegría nunca nos falten. Que vuelvan pronto los emigrantes, haiga cultura y prosperidad”. Quejíos propios de Andalucía, puntualmente similares a las de otras naciones y peculiares en su conjunto, no genéricos, como gafas o lentillas, por más falta que nos haga, sino nuestros, como transferencia de competencias específicas o reivindicación de nuestro idioma e identidad.
Votar en andaluz es fortalecer lo común más que lo personal, lo colectivo más que lo individual, lo público más que lo privado, lo que es del pueblo más que lo que se quedaron las élites. Y todo ello sin perder nuestra identidad, respetando nuestro ser hospitalario, integrador, diverso, mestizo, y cargado de quejío reivindicativo y lleno de poderío.
votar en andaluz es fortalecer lo común más que lo personal, lo público más que lo privado, lo que es del pueblo más que lo que se quedaron las élites
Defender lo nuestro más que lo mío, Andalucía más que Juan, Pedro o Martín, lo común por encima de lo particular. Como Blas Infante nos dice en La dictadura pedagógica (1923): “Hay dos clases de comunistas, la de aquellos que aspiran, mediante el esfuerzo propio a engrandecer su vida para darla toda a la comunidad; y la de aquellos que esperan en que una colectividad, formalmente comunista, venga a satisfacer las exigencias de su propia vida individual”.
Te animo a hacer un ejercicio para votar en andaluz: lee los primeros nombres de las listas electorales y trata de identificar qué han hecho por nuestra tierra. No sólo lo que dicen o pregonan, sino lo que han aportado y compartido. No sólo lo que han escrito en sus eslóganes o sus programas (si lo tienen o lo han difundido), sino lo que han gestionado y administrado, en las instituciones, entidades o partidos en las que han trabajado. No te fijes sólo en el nombre del partido, pues en casi todos han impreso la palabra Andalucía impostadamente.
Recuerda cuántas veces han venido sus líderes y lideresas a Andalucía el año antes de la campaña electoral, a sus provincias, sus comarcas y sus pueblos, no sólo a las capitales que controla electoralmente. Busca en los programas electorales la palabra Andalucía. Mira si incluyen sus dolores, las preocupaciones de nuestra comunidad, además de las generales de toda España. Busca si propone más soberanía y autogobierno, más autogestión, de forma específica y concreta, con objetivos reales y método.
Busca lo peculiar, lo nuestro, lo propiamente andaluz, desde la solidaridad y el internacionalismo, pero lo que nos identifica y aglutina.
Quítate la venda rojigualda y vota en andaluz. DIARIO Bahía de Cádiz
(*Vicente Álvarez Orozco, maestro, historiador y pedagogo. Ha trabajado como técnico en educación social, género, empleo, cooperación internacional al desarrollo y, ahora, en servicios sociales municipales. Actualmente en la ONGD Equipo Tinku, colectivo Quejío Andalú y en otros grupos andalucistas, por la Paz y de defensa de lo público).
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