Cuentan que un niño preguntó una vez por qué un elefante enorme, capaz de arrancar un árbol de cuajo, permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo. ¿Por qué no tiraba de la cadena y se marchaba? Alguien le explicó que aquel elefante había llegado al circo siendo muy pequeño y que, desde entonces, había permanecido atado a la misma estaca. De pequeño había intentado escapar muchas veces, pero nunca lo consiguió. Con el tiempo dejó de intentarlo. Había crecido, se había hecho fuerte, pero seguía creyendo que no podía.
A veces pienso que a la izquierda le ocurre algo parecido. Llevamos tantos años escuchando que hay que votar con la nariz tapada, tragar sapos, renunciar a una parte de lo que pensamos, conformarnos con lo menos malo para evitar que gobierne la derecha, que hemos terminado creyendo que no hay otra forma posible, que nuestro papel es elegir entre lo que queremos y lo que nos dicen que es posible. Y casi siempre acaba ganando lo segundo.
Nos hemos acostumbrado al famoso voto útil, a aparcar nuestras aspiraciones, a dejar nuestras reivindicaciones para otro momento. Siempre hay algo más importante, una amenaza mayor, unas elecciones decisivas, una derecha a la que frenar. Y así llevamos décadas. ¿Cuántas veces hemos escuchado que no es el momento de pedir más, de cuestionar determinadas políticas o de defender determinadas transformaciones?
A las feministas nos suena bastante esta historia. También nos dijeron que no era el momento de reclamar el voto, que había otras prioridades, que primero había que conseguir otras cosas. Después nos dijeron que nuestras reivindicaciones podían esperar, que había asuntos más urgentes y que ya encontraríamos el momento adecuado para incorporarlas a las agendas políticas. Pero ¿cuándo llega ese momento? ¿Lo mío pa cuándo?
¿qué ocurriría si Andalucía tuviera una fuerza soberanista de izquierdas con suficiente representación para defender sus intereses en el Congreso?
Quizás ha llegado la hora de preguntarnos si no estaremos haciendo algo parecido con la izquierda. Si no habremos asumido como una verdad incuestionable que la única manera de frenar a la derecha es meter a todas las fuerzas progresistas en el mismo saco, aunque para ello algunas tengan que renunciar a su identidad, a sus proyectos y a buena parte de lo que las hace necesarias. ¿Y si el problema estuviera precisamente en que llevamos demasiado tiempo mirando siempre hacia el mismo sitio, o que como el elefante hemos crecido y aprendido ya a no tirar?
Imaginemos por un momento que cambiamos la perspectiva. Que dejamos de pensar que la solución pasa necesariamente por juntar todas las siglas y empezamos a pensar que puede pasar por fortalecer aquellas fuerzas que tienen capacidad para representar a sus propios territorios.
¿Qué ocurriría si Andalucía tuviera una fuerza soberanista de izquierdas con suficiente representación para defender sus intereses en el Congreso? ¿Y si Galiza, Catalunya, Euskadi o el País Valencià hicieran lo mismo con sus propias fuerzas políticas? Pensemos en Adelante Andalucía, en el BNG, en la CUP, EH Bildu, Esquerra, en Compromís y en tantas otras fuerzas que conocen sus territorios, que tienen proyectos propios y que no necesitan esperar a que alguien les dé permiso para defenderlos.
Andalucía tiene 61 diputados en el Congreso. ¿Qué pasaría si una fuerza como Adelante consiguiera representar una parte importante de esos escaños? ¿Y si las demás fuerzas soberanistas hicieran lo propio en sus territorios? No se trata de imaginar que los 61 diputados andaluces vayan a ser automáticamente de Adelante, sino de preguntarnos qué capacidad tendría Andalucía para defender sus intereses si contara con una representación soberanista mucho más fuerte. ¿Acaso no podríamos cambiar los equilibrios parlamentarios? ¿Acaso no tendríamos una izquierda con más capacidad para condicionar las políticas del Gobierno y defender transformaciones que hoy parecen imposibles?
La propia aritmética electoral nos demuestra que el porcentaje de votos estatal no lo es todo. La representación también depende de dónde se concentran esos votos. Vox, que nació como una escisión del Partido Popular, consiguió abrirse paso y construir un espacio político propio hasta alcanzar 33 diputados en el Congreso. Fragmentó a la derecha, pero consiguió movilizar a un electorado y convertir esa movilización en representación, ahora cuando lo necesitan se unen y hacen de esta unión algo aún más fuerte. ¿Por qué otras fuerzas no pueden aspirar a hacer lo mismo desde sus propios territorios?
Y si había que esperar al momento adecuado para hacerlo, quizás ese momento sea ahora. Adelante Andalucía ha pasado de dos a ocho diputados en el Parlamento andaluz. Ha multiplicado por cuatro su representación, ha conseguido ilusionar a mucha gente y está demostrando que existe un electorado que quiere otra manera de hacer política. Gente desencantada con los partidos de siempre, que no ha dejado de creer en la izquierda, sino que ha dejado de reconocerse en quienes dicen representarla, y esto tiene un valor enorme porque Adelante no solo aporta escaños: aporta una manera de entender Andalucía, una voz propia, una agenda política que pone en el centro nuestros problemas y nuestras aspiraciones. No es una sucursal de ningún proyecto estatal ni necesita diluirse en una marca compartida para defender lo que somos.
Por eso me cuesta tanto aceptar que la solución a los problemas de la izquierda vuelva a ser la misma receta de siempre: unidad, unidad y más unidad. ¿De verdad creemos que todos los problemas de la izquierda se solucionan juntando siglas cuando llegan las elecciones? ¿No será que estamos confundiendo la unidad electoral con la capacidad de ilusionar, movilizar y representar a la gente?
¿de verdad creemos que todos los problemas de la izquierda se solucionan juntando siglas?
Los resultados de los últimos años deberían hacernos reflexionar. La izquierda atraviesa uno de sus peores momentos y no podemos atribuirlo a quienes deciden presentarse con un proyecto propio. La fragmentación puede tener un coste electoral, por supuesto, pero la uniformidad también tiene un coste político. Y, sobre todo, no podemos seguir buscando soluciones de última hora para problemas que llevan años gestándose.
La unidad no se improvisa quince días antes de unas elecciones. Se construye trabajando, escuchando, siendo útiles, cumpliendo compromisos y ofreciendo razones para que la gente vuelva a confiar. La unión de cosas débiles no siempre da como resultado algo fuerte, o al menos no lo suficiente como para serlo y no solo parecerlo.
También deberíamos preguntarnos qué precio han pagado algunas fuerzas políticas por entrar en determinadas fórmulas de unidad. ¿Qué ha ocurrido con Podemos? ¿Qué ha ocurrido con IU? ¿Qué está ocurriendo con Sumar después de compartir proyecto de Gobierno con el PSOE? No se trata de atribuir todos sus problemas a las alianzas, pero sí de reconocer que compartir espacio político tiene consecuencias: a veces se pierde capacidad para defender posiciones propias, se diluyen las diferencias y se termina pagando electoralmente por decisiones que no siempre se han podido controlar.
En Andalucía tenemos, además, nuestra propia experiencia. En 2012, IU entró en el Gobierno de la Junta junto al PSOE. Aquella decisión tuvo un coste político importante para la organización, que pasó de 12 diputados en 2012 a cinco en 2015. No sería justo atribuir toda esa caída a la entrada en el Gobierno, porque fueron años de profundos cambios políticos, pero sí deberíamos preguntarnos cuánto se puede perder cuando una fuerza deja de ser reconocible para una parte de su electorado.
Y que nadie confunda lo que estamos defendiendo: tener voz propia no significa renunciar a entenderse con los demás. Al contrario. Se trata de llegar a los espacios de negociación con fuerza suficiente para defender tus ideas, tus compromisos y a quienes te han votado. Se puede cooperar, negociar y construir mayorías sin tener que renunciar previamente a la propia identidad. La unidad de acción no exige necesariamente la uniformidad electoral.
necesitamos que exista una fuerza capaz de representar sin complejos una izquierda andaluza, soberanista, feminista y transformadora
Por eso creo que Adelante Andalucía tiene que defender su propio camino. No por una cuestión de orgullo, ni por afán de protagonismo, sino porque necesitamos que exista una fuerza capaz de representar sin complejos una izquierda andaluza, soberanista, feminista y transformadora. Una fuerza que no tenga que pedir permiso para defender sus ideas ni esperar a que otras organizaciones consideren que ha llegado el momento.
Quizás llevamos demasiado tiempo intentando escapar de la misma estaca sin darnos cuenta de que somos mucho más fuertes de lo que creemos. Quizás la solución no sea seguir tirando de la cadena desde el mismo sitio, sino cambiar de lugar, mirar el problema de otra manera y descubrir que hay caminos que todavía no hemos explorado. A lo mejor no necesitamos que toda la izquierda ocupe el mismo espacio. A lo mejor necesitamos que cada fuerza ocupe el espacio que le corresponde, que represente a su gente y que, desde ahí, sea capaz de construir alianzas y mayorías.
Cambiar la perspectiva también puede cambiar la aritmética parlamentaria. Y, sobre todo, puede ayudarnos a dejar de renunciar a lo que somos para empezar a defender lo que queremos ser.
Adelante Andalucía es la fuerza del elefante que por fin se ha reconocido grande y fuerte y ha aprendido a tirar, no dejemos que nos arrebaten ese entusiasmo y esa ilusión. DIARIO Bahía de Cádiz
Cuentan que un niño preguntó una vez por qué un elefante enorme, capaz de arrancar un árbol de cuajo, permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo. ¿Por qué no tiraba de la cadena y se marchaba? Alguien le explicó que aquel elefante había llegado al circo siendo muy pequeño y que, desde entonces, había permanecido atado a la misma estaca. De pequeño había intentado escapar muchas veces, pero nunca lo consiguió. Con el tiempo dejó de intentarlo. Había crecido, se había hecho fuerte, pero seguía creyendo que no podía.
A veces pienso que a la izquierda le ocurre algo parecido. Llevamos tantos años escuchando que hay que votar con la nariz tapada, tragar sapos, renunciar a una parte de lo que pensamos, conformarnos con lo menos malo para evitar que gobierne la derecha, que hemos terminado creyendo que no hay otra forma posible, que nuestro papel es elegir entre lo que queremos y lo que nos dicen que es posible. Y casi siempre acaba ganando lo segundo.
Nos hemos acostumbrado al famoso voto útil, a aparcar nuestras aspiraciones, a dejar nuestras reivindicaciones para otro momento. Siempre hay algo más importante, una amenaza mayor, unas elecciones decisivas, una derecha a la que frenar. Y así llevamos décadas. ¿Cuántas veces hemos escuchado que no es el momento de pedir más, de cuestionar determinadas políticas o de defender determinadas transformaciones?
A las feministas nos suena bastante esta historia. También nos dijeron que no era el momento de reclamar el voto, que había otras prioridades, que primero había que conseguir otras cosas. Después nos dijeron que nuestras reivindicaciones podían esperar, que había asuntos más urgentes y que ya encontraríamos el momento adecuado para incorporarlas a las agendas políticas. Pero ¿cuándo llega ese momento? ¿Lo mío pa cuándo?
¿qué ocurriría si Andalucía tuviera una fuerza soberanista de izquierdas con suficiente representación para defender sus intereses en el Congreso?
Quizás ha llegado la hora de preguntarnos si no estaremos haciendo algo parecido con la izquierda. Si no habremos asumido como una verdad incuestionable que la única manera de frenar a la derecha es meter a todas las fuerzas progresistas en el mismo saco, aunque para ello algunas tengan que renunciar a su identidad, a sus proyectos y a buena parte de lo que las hace necesarias. ¿Y si el problema estuviera precisamente en que llevamos demasiado tiempo mirando siempre hacia el mismo sitio, o que como el elefante hemos crecido y aprendido ya a no tirar?
Imaginemos por un momento que cambiamos la perspectiva. Que dejamos de pensar que la solución pasa necesariamente por juntar todas las siglas y empezamos a pensar que puede pasar por fortalecer aquellas fuerzas que tienen capacidad para representar a sus propios territorios.
¿Qué ocurriría si Andalucía tuviera una fuerza soberanista de izquierdas con suficiente representación para defender sus intereses en el Congreso? ¿Y si Galiza, Catalunya, Euskadi o el País Valencià hicieran lo mismo con sus propias fuerzas políticas? Pensemos en Adelante Andalucía, en el BNG, en la CUP, EH Bildu, Esquerra, en Compromís y en tantas otras fuerzas que conocen sus territorios, que tienen proyectos propios y que no necesitan esperar a que alguien les dé permiso para defenderlos.
Andalucía tiene 61 diputados en el Congreso. ¿Qué pasaría si una fuerza como Adelante consiguiera representar una parte importante de esos escaños? ¿Y si las demás fuerzas soberanistas hicieran lo propio en sus territorios? No se trata de imaginar que los 61 diputados andaluces vayan a ser automáticamente de Adelante, sino de preguntarnos qué capacidad tendría Andalucía para defender sus intereses si contara con una representación soberanista mucho más fuerte. ¿Acaso no podríamos cambiar los equilibrios parlamentarios? ¿Acaso no tendríamos una izquierda con más capacidad para condicionar las políticas del Gobierno y defender transformaciones que hoy parecen imposibles?
La propia aritmética electoral nos demuestra que el porcentaje de votos estatal no lo es todo. La representación también depende de dónde se concentran esos votos. Vox, que nació como una escisión del Partido Popular, consiguió abrirse paso y construir un espacio político propio hasta alcanzar 33 diputados en el Congreso. Fragmentó a la derecha, pero consiguió movilizar a un electorado y convertir esa movilización en representación, ahora cuando lo necesitan se unen y hacen de esta unión algo aún más fuerte. ¿Por qué otras fuerzas no pueden aspirar a hacer lo mismo desde sus propios territorios?
Y si había que esperar al momento adecuado para hacerlo, quizás ese momento sea ahora. Adelante Andalucía ha pasado de dos a ocho diputados en el Parlamento andaluz. Ha multiplicado por cuatro su representación, ha conseguido ilusionar a mucha gente y está demostrando que existe un electorado que quiere otra manera de hacer política. Gente desencantada con los partidos de siempre, que no ha dejado de creer en la izquierda, sino que ha dejado de reconocerse en quienes dicen representarla, y esto tiene un valor enorme porque Adelante no solo aporta escaños: aporta una manera de entender Andalucía, una voz propia, una agenda política que pone en el centro nuestros problemas y nuestras aspiraciones. No es una sucursal de ningún proyecto estatal ni necesita diluirse en una marca compartida para defender lo que somos.
Por eso me cuesta tanto aceptar que la solución a los problemas de la izquierda vuelva a ser la misma receta de siempre: unidad, unidad y más unidad. ¿De verdad creemos que todos los problemas de la izquierda se solucionan juntando siglas cuando llegan las elecciones? ¿No será que estamos confundiendo la unidad electoral con la capacidad de ilusionar, movilizar y representar a la gente?
¿de verdad creemos que todos los problemas de la izquierda se solucionan juntando siglas?
Los resultados de los últimos años deberían hacernos reflexionar. La izquierda atraviesa uno de sus peores momentos y no podemos atribuirlo a quienes deciden presentarse con un proyecto propio. La fragmentación puede tener un coste electoral, por supuesto, pero la uniformidad también tiene un coste político. Y, sobre todo, no podemos seguir buscando soluciones de última hora para problemas que llevan años gestándose.
La unidad no se improvisa quince días antes de unas elecciones. Se construye trabajando, escuchando, siendo útiles, cumpliendo compromisos y ofreciendo razones para que la gente vuelva a confiar. La unión de cosas débiles no siempre da como resultado algo fuerte, o al menos no lo suficiente como para serlo y no solo parecerlo.
También deberíamos preguntarnos qué precio han pagado algunas fuerzas políticas por entrar en determinadas fórmulas de unidad. ¿Qué ha ocurrido con Podemos? ¿Qué ha ocurrido con IU? ¿Qué está ocurriendo con Sumar después de compartir proyecto de Gobierno con el PSOE? No se trata de atribuir todos sus problemas a las alianzas, pero sí de reconocer que compartir espacio político tiene consecuencias: a veces se pierde capacidad para defender posiciones propias, se diluyen las diferencias y se termina pagando electoralmente por decisiones que no siempre se han podido controlar.
En Andalucía tenemos, además, nuestra propia experiencia. En 2012, IU entró en el Gobierno de la Junta junto al PSOE. Aquella decisión tuvo un coste político importante para la organización, que pasó de 12 diputados en 2012 a cinco en 2015. No sería justo atribuir toda esa caída a la entrada en el Gobierno, porque fueron años de profundos cambios políticos, pero sí deberíamos preguntarnos cuánto se puede perder cuando una fuerza deja de ser reconocible para una parte de su electorado.
Y que nadie confunda lo que estamos defendiendo: tener voz propia no significa renunciar a entenderse con los demás. Al contrario. Se trata de llegar a los espacios de negociación con fuerza suficiente para defender tus ideas, tus compromisos y a quienes te han votado. Se puede cooperar, negociar y construir mayorías sin tener que renunciar previamente a la propia identidad. La unidad de acción no exige necesariamente la uniformidad electoral.
necesitamos que exista una fuerza capaz de representar sin complejos una izquierda andaluza, soberanista, feminista y transformadora
Por eso creo que Adelante Andalucía tiene que defender su propio camino. No por una cuestión de orgullo, ni por afán de protagonismo, sino porque necesitamos que exista una fuerza capaz de representar sin complejos una izquierda andaluza, soberanista, feminista y transformadora. Una fuerza que no tenga que pedir permiso para defender sus ideas ni esperar a que otras organizaciones consideren que ha llegado el momento.
Quizás llevamos demasiado tiempo intentando escapar de la misma estaca sin darnos cuenta de que somos mucho más fuertes de lo que creemos. Quizás la solución no sea seguir tirando de la cadena desde el mismo sitio, sino cambiar de lugar, mirar el problema de otra manera y descubrir que hay caminos que todavía no hemos explorado. A lo mejor no necesitamos que toda la izquierda ocupe el mismo espacio. A lo mejor necesitamos que cada fuerza ocupe el espacio que le corresponde, que represente a su gente y que, desde ahí, sea capaz de construir alianzas y mayorías.
Cambiar la perspectiva también puede cambiar la aritmética parlamentaria. Y, sobre todo, puede ayudarnos a dejar de renunciar a lo que somos para empezar a defender lo que queremos ser.
Adelante Andalucía es la fuerza del elefante que por fin se ha reconocido grande y fuerte y ha aprendido a tirar, no dejemos que nos arrebaten ese entusiasmo y esa ilusión. DIARIO Bahía de Cádiz
COMENTARIOS 0