El sonido de fondo del programa de televisión se va alejando al mismo tiempo que se va imponiendo el olor a tiza sobre el encerrado, a la mezcla de chorizo, chocolate y sobrasada de los bocadillos a punto de salir de mochilas y carteras escolares.
Escucho algo parecido a una sirena; no, se parece más a un timbre que rebota en el largo pasillo desde el que se accede a todas las aulas, y al fondo la puerta del patio. Es la hora de la pausa de media mañana, de descanso de media hora para jugar, comerse el bocadillo…
El patio, sin asfaltar, del colegio, bajo la luz de la mañana, debería haber sido un lugar de gritos y carreras. De grupos que siguen atentamente a dos de ellos “echar a pies” la selección por turnos de cada uno de los jugadores, en campo de juego y el equipo que realizará el saque.
Nada de esto ocurre en el sueño, todo es distinto. Un silencio extraño se convierte en el más ensordecedor de los gritos. Todas las sombras, todos los niños se aprietan entre sí, buscando el sitio que no existe, el de hacerse invisible ante los ojos de los depredadores. Solo las buganvillas con sus flores moradas se escapan del miedo. En un banco de piedra estaba sentado el Cachalote, un muchacho grande, pelirrojo, cuya sola presencia ocupa más espacio que su cuerpo.
Le rodean dos lameculos y esbirros que le ríen las gracias como si fueran hienas, dispuestos a tomar el patio como territorio de caza. Los tres se deslizan entre el grupo de chavales, con manos como tentáculos buscando en bolsillos. El olor a galletas aplastadas, a fruta, a bocadillos de chorizo flotaba en el aire, mezclado con el sudor frío de cuerpos inmóviles.
Desde la puerta de acceso al patio, cerca de los profesores, yo observo con la bolsa pegada al pecho. Dentro, envuelto en papel Albal, llevo el bocadillo de nocilla que mi madre me había preparado. El papel de aluminio parece que cruje levemente con cada latido de mi corazón, como si también él tuviera miedo.
Alguno de los chavales consiguió esconderse, creyéndose seguro en los servicios, los esbirros lo detectaron sin problemas y el bocadillo voló por la ventana describiendo un arco perfecto, su papel plateado centelleando como un cometa. Nadie se movió para ayudarle. Nadie apartó la mirada del suelo, donde los grises de la tierra ofrecían un refugio más seguro que cualquier rostro.
El Cachalote atrapó el botín al vuelo, desenvolvió el pan con parsimonia y mordió. Las migas se le pegaron en la comisura de los labios mientras sus ojos recorrieron el patio en busca de algún resto de dignidad que aplastar. Lo encontraron en mí…
nadie se movió para ayudarle. Nadie apartó la mirada del suelo, donde los grises de la tierra ofrecían un refugio más seguro que cualquier rostro
En ese instante creo que empecé a despertarme y salir del “patio de los matones”, empecé a escuchar la televisión que se había quedado encendida mientras me adormecía.
Hablaban de que Trump y Netanyahu se habían reunido en no sé dónde y habían decidido ampliar los bombardeos sobre no sé qué parte del mundo, que habían decidido que los habitantes de esos países se desplazaran para poder bombardearlos mejor.
Escuché al presentador leer un comunicado firmado por los dos voceros, que “si por alguien no se había enterado, la legalidad y el derecho internacional se daban por terminados, que sólo ellos podían ofrecer cierta seguridad a los países, eso sí después de destruirlos, y lo más importante, que ya no utilizarían excusas para sus campañas de terror, solo ha habido, hay, y habrá una razón: el dinero, su dinero…”.
En ese momento estaba convencido de que esto era una especie de metasueño, es decir, de un sueño dentro de un sueño y que en cualquier momento me despertaría. O quizás sean metapesadillas… DIARIO Bahía de Cádiz
















