CARTA AL DIRECTOR enviada por: Antonio Cornejo de Haro, de Cádiz
Al final, mi abuela se hizo mayor. Sus piernas ya no tenían la fuerza de la juventud; sus manos no podían sostener ya el peso de su casa; su mente perdió la agilidad necesaria para criar a seis hijos… que fueron siete. Cuando ya no pudo, ellos y ellas fueron sus piernas, sus manos y su mente. La asearon, le hicieron de comer, la acompañaron… La mantuvieron viva y con vida. Le regalaron una tercera edad preciosa, después de la primera llena de hambre y la segunda de esperanza.
Hoy las abuelas se siguen haciendo mayores. Pero nuestro mundo lleno de exigencias, impiden que los hijos seamos piernas, manos y mente de nuestros padres y madres. Nada hay que reprochar: la realidad es la que es, y envejecer fue, es y será un trago difícil de digerir. No somos peores hijos, pero sí nos sentimos peor. Nos reclamamos un compromiso de cuidado que no siempre nos permitimos cumplir.
Pero cuando bajo cada mañana la calle Ancha, me encuentro una pleamar verde que sube la calle. Llevan agarrados del brazo a nuestros padres y madres, como mis tías y mi madre llevaron a mi abuela subiendo la calle Dolores. En mi barrio van de verde, en el tuyo tal vez de blanco o de granate. Pero están siendo hoy las piernas, los brazos y la mente de una generación que, como todas, se hace vieja.
Mi abuela se hizo mayor, mi madre se hace mayor, y yo me haré mayor. ¿Quién será apoyo para mis piernas, fuerza para mis manos y vida para mi mente? DIARIO Bahía de Cádiz










