CARTA AL DIRECTOR enviada por: Horacio Torvisco, de Alcobendas
Cuando el científico habla de su trabajo o de sus proyectos más inmediatos pocas veces lo hace de una de sus actividades más necesarias y con más contenido social, me refiero al de la “divulgación de su trabajo” procedimiento mediante el cual el ciudadano medio, es capaz de acercarse a la cultura científica, tan necesaria en el momento actual. Probablemente ocurra porque son incapaces de percibir que dentro de la cadena de valor de su trabajo, la divulgación científica ocupa, o por lo menos así debería ser, uno de sus eslabones más relevantes.
Los avances disruptivos y rápidos con los que se mueven la ciencia y la tecnología, están creando unas profundas desigualdades entre los que saben y los que no, entre otras, en una sociedad cada vez más tecnificada. Quizás ahora como nunca cobran sentido las palabras de Aristóteles en su Metafísica cuando dice: “Todos los hombres por naturaleza desean saber”.
El conocimiento básico y comprensivo de los avances científicos es condición necesaria para que la ciudadanía pueda ser consciente, más allá de los artificios al uso en su explicación, probablemente con la intención de deslumbrar pero no de enseñar, sobre qué representa la ciencia como progreso de la especie humana en el conocimiento, posibilitando a las personas no solo ser unos hábiles manejadores de un teclado o una aplicación concreta, sino, especialmente, ser capaces de tener una posición frente a este magma tecnológico actual.
Una posición que para que sea útil socialmente hablando tiene que ser crítica, de tal forma que tanto si se acepta, se rechaza, o se intenta reconducir su desarrollo de una forma consciente, exige un conocimiento de carácter científico y multidisciplinar para entenderlo en toda su extensión.
El fenómeno científico y tecnológico que representa la Inteligencia Artificial (IA) es un buen ejemplo de cómo, socialmente hablando, no se deben hacer las cosas, si lo que se persigue es que la sociedad, mayoritariamente, sea consciente de lo que esta tecnología representa y en el futuro puede representar aún más en sus vidas. Una IA cada vez más condicionada, no por el progreso y la prosperidad de la mayoría, sino por la geopolítica del poder y del mercado.
Hace unas semanas TELOS, acreditada e interesante revista de carácter científico y tecnológico, con marcados sesgos éticos y de responsabilidad social, publicó en un número monográfico dedicado a la Física Cuántica, cuatro entrevistas a cuatro jóvenes, dos hombres y dos mujeres, expertos en Física Cuántica y muy volcados en su trabajo en computación cuántica. Una de las preguntas que se les hacía decía textualmente: ¿Cómo te ves a ti y a la cuántica dentro de veinte años?
Sus respuestas giraron en torno a su futuro personal como investigadores y de la computación cuántica, haciendo un ejercicio de claro optimismo, cosa que hasta cierto punto es normal cuando a uno se le pregunta por el futuro de algo que le atrae.
Pero lo que resultaba decepcionante de sus respuestas fue, que ninguno de ellos mostró la más mínima inquietud o interés en señalar las repercusiones éticas o de responsabilidad social, que su actividad científica podría acarrear en el futuro inmediato.
Esta apreciación no es una crítica a ellos, es simplemente constatar el escaso interés que los científicos en general muestran, en insertar su trabajo en la perspectiva humanista de una tecnología cada vez más inquietante, por las dudas que socialmente suscita.
Tan importante es seguir “tras el secreto de los cúbits” en computación cuántica, tal como una de las entrevistadas sostenía, como saber discernir si éticamente esta ciencia y tecnología digital actual camina por el sendero correcto, como cuando se idealizó la utopía de Internet en sus comienzos, o hace ya tiempo se equivocó y sigue profundizando en su error. DIARIO Bahía de Cádiz












