El aire huele a tierra húmeda, a hojas secas y a castañas, ese olor dulzón que trae el otoño. En el patio, el sol de la mañana calienta justo lo necesario, como una manta fina puesta sobre las rodillas. Más tarde, cuando suba, ya buscaría la sombra de los arcos, que siempre guarda un fresco bueno para la respiración. El zumbido constante de las llantas de los coches sobre el asfalto de la cercana carretera nacional hace que este ruido pase totalmente desapercibido. El sistema auditivo acaba por acostumbrarse y asimilar ese ronroneo permanente, que se asemeja al silencio.
Salen despacio, con ese ritmo que tienen las cosas importantes, aunque se hagan todos los días.
La primera, Doña Mercé, una recién llegada a la residencia, apoyándose en el bastón que golpea suave contra las baldosas. Se sienta en su silla, la de plástico blanco ya amarillento, con un suspiro que es mitad alivio, mitad costumbre.
—Aquí está mi despacho —murmura, sin ninguna pretensión de ser escuchada por nadie, como lo hacía cada mañana, y acomoda la espalda contra el respaldo.
Doña Mercé fue maestra y vivía en un pueblo de la costa de Barcelona. Allí crio a sus dos hijas, que hoy viven en esta ciudad. Cuando enviudó hace un año, decidieron traérsela cerca, para poder visitarla con asiduidad, muy a su pesar. De nada le valió decir:
—Em feu sentir com un moble vell, a qui arraconeu perquè no molesti massa.
La Sra. Lucía llega empujando el andador, con su bolsa en la que guarda las agujas de hacer punto y un ovillo de lana color azul cielo, su color preferido. Cierra sus claros ojos al sol, siempre necesita entrecerrarlos para protegerlos del exceso de luz, y sonríe, mostrando su dentadura incompleta.
—Hoy hace una mañana que da envidia —murmura para nadie y para todos.
En la mesa de mármol, Don Ernesto ya había sacado el ajedrez. Las piezas de plástico, algunas con los colores desgastados por el roce de los dedos. Don José se sienta frente a él sin decir palabra. El primer movimiento, el caballo, suena seco sobre la piedra.
La Sra. Pilar hace un recorrido visual del jardín desde la puerta. Más tarde se dirige al mismo banco en el que está sentada Lucía; sin mediar palabra, saca de la bolsa de tela estampada con dibujos florales dos agujas y un ovillo azul marino. Sus manos delgadas, sus dedos largos, comienzan el vaivén de memoria, sin mirar lo que hacen. Cada tanto, alza la vista hacia la glicina, donde un pájaro picotea entre las hojas mustias.
La Sra. Úrsula trae el libro, uno de esos de tapas duras con una cenefa en dorado y letras grandes en la portada. Lo abre por una página sin prestar demasiada atención, pero no lee. Se queda mirando las palabras como quien mira un paisaje conocido o una fotografía vista ya muchas veces. Deja que los recuerdos vengan solos, sin llamarlos, sin quererlos incluso.
Poco a poco el jardín se va llenando de personas, aunque lo extraño es que entre ellos mantengan una conversación de más de un minuto. Unos miran al suelo sin levantar la vista, como adormecidos; otros, al horizonte que fija una hilera de cipreses; alguno simplemente sueña y sonríe aunque esté despierto.
La Sra. Carmen, con su rosario entre los dedos, no reza, solo pasa las cuentas como si midieran el tiempo. Don Tomás se queda de pie junto a la tinaja con plantas sin flores, que en otro tiempo podía haber servido de aljibe, contando en voz baja los pájaros que pasan.
Los últimos en ser incorporados a pasar la mañana en el jardín son los de la tercera planta, a quienes bajan en sillas de ruedas una vez que han desayunado y los sitúan entre el sol y la sombra.
Pasa la mañana con esa lentitud dulce que tienen los días sin prisa. Aquí no hay prisa; es más, da la impresión de que el tiempo se detiene y que las personas en el jardín forman parte, como estatuas inmóviles, de un decorado. El sol va cambiando de sitio, alzándose y ocupando el centro del cielo, y con este movimiento las sombras también se desplazan. Donde antes había luz dorada, ahora se extiende un rectángulo azul. Y ellos, sin decirse nada, van moviéndose con las sombras, arrastrando sillas, recogiendo periódicos, como las mimosas y los girasoles, pero buscando resguardarse del sol directo.
el tiempo, si bien no se para, sí transcurre sin ninguna prisa
Les gusta pasar el tiempo siguiendo con la mirada, sentados al sol y sombra, la caída silenciosa de cada hoja de los dos grandes chopos que hay al fondo, como si fueran los segundos que pasaban sin prisa, porque allí el tiempo, si bien no se para, sí transcurre sin ninguna prisa.
En la residencia ‘Nuevo Amanecer’, el tiempo tiene un ritmo propio, marcado por los horarios de las pastillas y la llegada del pan tostado del desayuno, la hora de la comida y la cena.
Las mañanas de los sábados pasan de forma pausada, sin nada que hacer. Los fines de semana no hay actividades y las visitas son por la tarde. A partir de las cuatro, los pasillos se convertirán en un ir y venir de críos buscando la habitación de los abuelitos.
Cuando las campanas del reloj que hay en la recepción dan las doce, todos alzan la cabeza al mismo tiempo. No hay prisa. Solo la certeza de que pronto vendrían a buscarles para comer, aunque Doña Mercé, la Sra. Úrsula y Don Tomás se yerguen lentamente y, lentamente, se dirigen hacia la puerta del comedor.
El amplio salón, con un friso marrón en las paredes, pintadas de amarillo claro, se convierte en un galimatías de voces que intentan hacerse entender en medio del ruido producido por carros, ollas, platos y cubiertos en la hora central del día y a última hora de la tarde. A él llegan arrastrando los pies quienes pueden arrastrarlos, con una lentitud que no significa que se rindan al cansancio; simplemente, no hay prisa. Otros van intercalando el rumor de pies con el ruido del bastón contra el suelo; algunos, en sillas de ruedas empujadas por los más jóvenes, hacia un mosaico de mesas, la mayoría con cuatro sillas, otras con dos o ninguna, reservadas para las personas que van en sillas de ruedas. Manteles que llevan más de un servicio, vasos y jarras de agua, cubiertos y platos esperan a los comensales.
El bullicio se produce en un tono de voz más elevado de lo normal; no todos llevan el sonotone puesto. El crujido del rasguño áspero y familiar de una silla que se acomoda, el choque de cazos y sartenes va disminuyendo, dejando paso al tintineo de las cucharas contra el borde de la loza blanca. Es la música de lo cotidiano, un zumbido vital que habla de presencia, de rutina que consuela.
El aroma a comida lo impregna todo; ese olor, mezcla de sopa, aceite, carne y pescado, es el soberano invisible en su gran salón. Es el vapor generoso que emana de la cocina, cargado de recuerdos: el caldo dorado que huele a hierbabuena, aquí reconvertido en algo insulso y transparente, sin sal, sin grasa. La carne que se ha deshecho en su propio jugo, tras su paso por la gran olla, espera. Es el olor de la verdura, del repollo, la coliflor, las judías verdes, todo sin sal, insípido. Son olores que no solo avisan. Son los aromas que tiran de hilos invisibles en la memoria, despertando ecos de otras cocinas, las propias, cuando al amor de la lumbre se hacía, con mucho tiempo por delante, el cocido de los domingos. Aquí, el simple acto de inhalar una insinuación remota de aquellos olores auténticos se convierte en un viaje.
Los sitios alrededor de cada mesa no están asignados a priori, pero cada vez que hay que sentarse son siempre los mismos compañeros los que comparten el ritual.
Se sientan en la misma mesa la Sra. Lucía, la Sra. Pilar y la Sra. Remedios, aunque la última lleva casi una semana sin ir al comedor. La gripe viene adelantada este año y la tuvieron que ingresar en la clínica hace ya seis días.
La Sra. Lucía, cristiana de misa diaria desde hace siete años, cuando enviudó; antes, cada domingo y fiesta de guardar asistía a cumplir a la parroquia próxima a su casa, junto a su marido. Madre de seis hijas, abuela de siete nietos y bisabuela de dos criaturas, no soporta la comida que ponen. Dice:
—Aquí solo ponen comidas insulsas para viejos.
La Sra. Pilar no se casó nunca. Ha vivido sola toda su vida en su casa del centro, hasta que sus piernas le dijeron que no querían subir y bajar más de tres pisos para salir a la calle y decidió, junto a sus sobrinas, vender y venirse a esta residencia a las afueras, con vistas a la Casa de Campo.
poco a poco acercan sus manos hasta el contacto, y un escalofrío les recorre, como una descarga eléctrica
Cada sábado ponen para comer cocido. Vuelve a contar en la mesa, una vez más, como cada sábado, los cocidos que ella preparaba para todos sus comensales de sábados y domingos. Los sábados los invitados eran sus amigos de la parroquia, incluido el párroco; los domingos, sus hijas con sus familias.
—Mira qué cantidad no prepararía, que después de comer todos mis hijas se llevaban un táper con sopa para los críos —le dice a su compañera de mesa cerca del oído porque, como casi todos allí, los años no perdonan y necesitan que les hablen directamente al oído para escuchar bien.
Mientras, saca un frasco de tabasco de la bolsa de labores y riega generosamente el plato de sopa.
—Es que solo preparan comida para viejos y no sabe a nada —repite, esta vez directamente al oído de Pilar.
Manos cansadas que tiemblan levemente al llevar la cuchara a los labios; manos que se alargan para pasar el agua, para ofrecer un trozo de pan, en un gesto de solidaridad instintiva y silenciosa. No hay prisa. Cada bocado se saborea, aunque todos dudan y acusan la falta de sabor, pero cada sorbo se agradece con un parpadeo lento. Las conversaciones son pausadas, con anécdotas repetidas una y otra vez, a bastantes más decibelios de lo normal, en las que muchas veces las miradas completan las frases con silencios que reafirman el relato.
Las dos compañeras de mesa en el comedor también comparten habitación, no solo porque sale más barato que una individual, sino porque, como una de ellas dice:
—Así podemos rezar juntas el rosario y nos hacemos compañía la una a la otra.
Por una u otra razón, la verdad es que las dos se han hecho inseparables.
Los días de diario están llenos de actividades. Cada uno puede asistir a la que quiera, siempre y cuando lo haga al menos durante quince días, dicen que para dar continuidad a los grupos. A la Sra. Lucía le encanta hacer crucigramas, cualquier cosa que le haga pensar, recordar, bucear en la memoria buscando palabras. Desde que se entera de que se ha quedado una plaza libre en la actividad de crucigramas en grupo, asiste sin dudarlo. Es uno de los ratos que no está junto a su compañera de cuarto, quien prefiere asistir al grupo de ganchillo.
Avanza lentamente por la sala en la que se realiza el taller de crucigramas. Al fondo ve a una mujer alta que se levanta mientras llama su atención y le brinda una silla vacía a su lado. Cuando llega a su altura, la Sra. Mercé le extiende la mano, al tiempo que dice:
—Aquí tiene usted un sitio, me llamo Mercé.
Y, en un tono más bajo, susurra:
—Por cierto, tiene usted unos ojos preciosos, me recuerdan al mar de mi Barcelona.
Las blancas mejillas de Lucía tomaron un rosa intenso que resaltó, aún más, el azul de sus ojos.
Desde el primer día toma asiento al lado de la Sra. Mercé (aquí todo el mundo se ustea, empleados a residentes, residentes a empleados, incluso entre residentes). Es una mujer que llega casi al uno setenta y cinco de altura, pelo corto, como dice ella, “a lo garçon”, completamente blanco, ligeramente encorvada a sus ochenta y seis años, tremendamente educada y con un marcado acento catalán. De voz ronca, carrasposa, que parece que se va a quebrar en cualquier momento, gracias a su profesión de maestra y su afición al tabaco. Con manos exageradamente grandes, en concordancia con sus pies.
Los días posteriores solo hablaron durante la actividad de rebuscar palabras en el recuerdo, pero esto no significa que en el comedor, en el pasillo o en el mirador acristalado que hay en la azotea del edificio se dedicaran y se siguieran las miradas, aunque sin saludarse.
Pasada alguna semana, no solo se cruzan miradas, también sonrisas. Un día en el que coinciden en el ascensor, camino de la quinta planta, con cinco usuarios más, la Sra. Lucía se mantiene segura apoyando una mano en el andador, la otra en la barra de sujeción. La Sra. Mercé, con suma discreción, apoya su mano al lado de ella, quien la mantiene inmóvil. Poco a poco acercan sus manos hasta el contacto, y un escalofrío les recorre, como una descarga eléctrica, desde los pies a la cabeza. Nadie en el ascensor se percata.
A partir de ese día, se hacen las encontradizas en todas partes. En el ascensor, en la actividad de crucigramas, donde acercan la silla hasta rozarse con las piernas, en el mirador durante los atardeceres…
Descubren la habitación sin ventanas que lleva el rótulo de “Cuarto de Limpieza”. Allí, entre batas, pantalones, escobas y fregonas, las dos tejen su propia historia de ternura, de amor. Su refugio no es un lugar romántico, al menos a los ojos de muchos, pero aprovechan el sitio por ser el más apartado de los ojos del resto de usuarios de la residencia y del personal que allí trabaja.
El cuarto de la limpieza, un habitáculo estrecho donde conviven esos momentos con el olor acre del desinfectante y el dulzón de la cera para el suelo. Con dedos fuertes y manos en las que dejan ver unas gruesas venas, la Sra. Mercé traza círculos lentos sobre la espalda de la amiga, buscando aliviar el dolor lumbar que ella expresa con un suspiro de dolor cada mañana. A cambio, guarda en un bolsillo de su jersey unos caramelos de menta para compartirlos después de la siesta y aliviar el mal gusto provocado por los medicamentos.
su amor no es simplemente afecto, es complicidad, es pasión, es alegría y placer de sentirse necesaria, querida
Su amor no es simplemente afecto, es complicidad, es pasión, es alegría y placer de sentirse necesaria, querida. Su amor es levantarse cada mañana deseando reencontrarse las dos en el desayuno y sonreírse. Es un guiño en el salón de televisión, el roce de sus rodillas bajo la mesa, la manera en que ella le alisa la solapa de la chaqueta con un gesto que habla de seis décadas de cuidar de alguien, es el brillo en los ojos, ganas y fuerza renovadas para vivir.
Sus encuentros en el cuarto de los útiles de limpieza son un logro de la paciencia y el ingenio. Requiere que una finja un paseo por los pasillos “para activar la circulación de las piernas” y que la otra diga que va a pedir un hilo para bordar el mantel que estaba haciendo. Allí, entre baldes y bayetas, se encuentran, apagan la luz. El abrazo inicial es siempre un poco torpe, un cálculo de pesos y equilibrios, un “cuidado con mi cadera”, seguido de una risa ahogada y cómplice. Las caricias son lentas, deliberadas, porque los huesos protestan y las articulaciones tienen sus propias normas. Cada beso sabe a gratitud, a la sorpresa gozosa de seguir encontrando calor en otro cuerpo. Primero sobre la ropa; después, esas manos temblorosas buscan bajo camisas y faldas el contacto piel con piel, desabrochando con cuidado, como si no quisieran hacerse daño la una a la otra. Caen camisas, faldas, vestidos…
Un día, el ruido de la llave en la cerradura las paraliza en pleno susurro. Es Conchi, la limpiadora, con su carrito rechinante, quien deja la puerta abierta para ir a limpiar el polvo en el pasillo. Las amantes, porque ya son amantes, se aprietan contra la estantería metálica, entre el paquete de guantes y la caja de bolsas de basura. Sienten los latidos del corazón que bombea hasta las sienes, martilleándoles con fuerza. Contienen la respiración, viendo de reojo la sombra de la mujer que toma los trapos de limpiar el polvo y sale de nuevo. Por un instante, la Sra. Lucía piensa en el bochorno, en la explicación imposible.
Salen del cuarto en cuanto creen que Conchi no anda cerca. En el pasillo se miran y sonríen, sin miedo ya ni vergüenza; se recomponen, abrochan botones y se colocan de forma coqueta el pelo. Doña Mercé suelta un suspiro tremendo, mezcla de alivio y risa contenida, y se buscan las manos, sacudidas por un temblor silencioso.
—¡Hay que ver, con lo viejas que somos! —murmura la Sra. Lucía al oído.
Doña Mercé responde:
—¿Sabes cómo se dice en catalán? “Gent gran”, gente grande; lo prefiero a viejo o anciano.
Las dos se sonríen y continúan de la mano por el pasillo adelante.
Es la hora en que todos bajan al comedor. El pasillo es un hervidero de andadores y sillas de ruedas; en la puerta del ascensor, que está justo enfrente del cuarto de la limpieza, los usuarios esperan pacientemente su turno para bajar al comedor. Todos dirigen sus miradas hacia las que avanzan de la mano, recién salidas del armario.
Deciden, a partir de ese momento, no esconder ni esconderse de nadie. La Sra. Lucía, como buena catequista en su parroquia, mantiene que si Dios es amor, el amor es bueno necesariamente. Solicitan a la directora compartir habitación. Pilar hacía tiempo que se había trasladado de residencia. El escándalo está servido. Llamadas a los familiares para informarles de la situación. Miradas y codazos del resto de ancianos, de envidia, dicen las dos, en el comedor, en el jardín, cuando disfrutan del atardecer desde el salón acristalado de la azotea.
Quiere hacer las cosas bien, con arreglo a su religiosidad. No quiere casarse otra vez legalmente; sabe que todo sería mucho más complicado: testamentos, herederos… Pero quiere que Dios les bendiga, y sabe que el sacramento del matrimonio es eso, una bendición.
En unos días llama por teléfono al cura, al párroco de la iglesia en la que tanto tiempo dio catequesis a niños y mayores, iglesia donde ha pasado tanto tiempo ayudando en Cáritas, iglesia que siempre ha considerado su casa. El cura dice que no piensa dar su bendición a ese amor, dice:
—Que eso no es amor cristiano ni matrimonio…
Cuando Doña Mercé pregunta qué tal ha ido la llamada al cura, ella le dice:
—Nada, el mamarracho dice que no, que él no bendice nuestra relación. Después de los cocidos que se ha metido entre pecho y espalda… En fin, habrá que vivir en pecado.
Y sonríe.
en su refugio de cristal y cielo, la tarde se deshace, y las dos no solo son, también están, la una para la otra y la otra para la una
El sitio preferido de las dos es la azotea acristalada al atardecer, su refugio de invierno, desde donde observan el sol, ya cansado de su viaje, que se inclina sobre la Casa de Campo y derrama su color miel tibia sobre el cristal, entrelazando manos y suspiros. Aquí, en su mundo suspendido entre las nubes y el recuerdo, el tiempo se hace mullido, como una almohada de plumas, como el algodón de azúcar de feria. Sus manos, mapa de historias que ha besado mil veces, reposan unas entre las otras, y en ese contacto late el suave pulso de todo un momento, como botón de muestra de la vida.
El ruido de la calle, lejano, es solo un rumor apagado, un murmullo que no logra perturbar las miradas cómplices de las dos. Pueden pasar la tarde sin decir una sola palabra, no hace falta; una mirada, un suspiro de complacencia y está todo dicho.
Es una especie de invernadero de memorias, porque, pese a la magia e intensidad del momento, las dos saben que es mucho más corto el camino que les queda que el ya recorrido. Lo más curioso es que ninguna de las dos pregunta o habla de sus hijas, de sus maridos; son conscientes de que estos momentos son de ellas y de nadie más. La noche se acerca, callada, pero ni Doña Mercé ni la Sra. Lucía tienen prisa. Allí, en su refugio de cristal y cielo, la tarde se deshace, y las dos no solo son, también están, la una para la otra y la otra para la una.
Donde la vida cotidiana puede quedar reducida a esperar la visita del día o la próxima comida, ellas han dado cuerda a su vida, han reclamado un espacio para esta relación, algo que es solo suyo. No es un desafío, sino un acto de afirmación. Mercé y Lucía no buscan recuperar la juventud, sino celebrar el presente, el hoy de sus cuerpos con muchos kilómetros recorridos. Se acarician, se besan para recordarse que, más allá de los diagnósticos y los achaques, siguen siendo personas capaces de deseo, de intimidad, de hacer trampas al reloj oficial de la edad; no son viejas, sino gente grande. Son, en su esencia más pura y humana, dos algo más que amigas enamoradas, que se han encontrado, capaces de sacar ternura en el lugar menos poético del mundo. La forma más honesta de decir:
—Hasta aquí hemos llegado juntas. Y aquí queremos seguir.
Un mal día, sus hijas hacen que Doña Mercé abandone la residencia. Su hepatitis le pasa factura y se temen lo peor; quieren tenerla cerca en sus últimos días.
La Sra. Lucía se siente incapaz de andar y se sienta, para no levantarse más, en la silla de ruedas. Su vista cansada, sus ojos secos de tanto vivir y de tanto llorar pierden la visión, no ve casi nada. Lo mismo le pasa con el oído. El médico les dice a sus hijas que no está convencido de si este deterioro se debe a la edad o a un acto voluntario de ella misma. Duerme a base de somníferos, pasa a la tercera planta, donde están los residentes con gran dependencia que necesitan ayuda para todo, incluso para comer, y donde es obligado utilizar pañales.
Solo hay un sitio donde, sin hablar, sin comunicarse con nadie, la Sra. Lucía se siente a gusto y lo demuestra con una mirada de agradecimiento y una muy, muy ligera sonrisa, apenas aflojando las mandíbulas: es en el ático acristalado, contemplando cómo se va el día y la vida al mismo ritmo, poco a poco. Allí “la aparcan” frente a la cristalera orientada al poniente, con toda la Casa de Campo cambiando de colores según se pone el sol.
de tristeza y soledad también se muere. O, en ocasiones, se deja morir
Una mañana, cuando ya el sol empieza a salir por el horizonte, la encargada de ir despertando, habitación por habitación, para ayudar a asearse y a vestirse a los residentes antes de bajar al desayuno, comprueba que la cama de la Sra. Lucía está sin deshacer, que allí no ha dormido nadie. Y da la voz de alarma. No había coincidido con nadie del turno anterior y no tenía noticias de lo ocurrido.
Empiezan a correrse las versiones de lo que pasó entre todos los ancianos. Unos dicen que a la auxiliar nueva, recién contratada, se le pasó subir a por ella para llevarla a cenar; que cuando subió se encontró la silla vacía y un ventanal abierto; de la Sra. Lucía, ni rastro. Entre la gente grande se habla de que estaba muy triste, muy sola y que decidió ir al encuentro de Doña Mercé, para juntarse en la otra vida. Los más preferían la versión menos trágica, que decía que se fue por la ventana, volando hacia el este, buscando simplemente la luz.
La realidad es otra. Es verdad que la auxiliar nueva olvidó bajarla a la cena, pero cuando la echaron en falta en el comedor subieron de forma inmediata a la azotea. Allí estaba sola, sentada en la silla de ruedas, completamente sola, llorando. Cuando la tocaron en el hombro para llamar su atención, en ese momento moría.
Emprendía el vuelo, sí.
La dirección de la residencia esa noche dispensó somníferos a toda la “gent gran” con la cena para que se quedaran dormidos pronto. Advirtió a los servicios de urgencia para que no pusieran sirenas ni luces de emergencia, para no molestar a los residentes, y a los servicios funerarios que retrasaran una hora el traslado del cuerpo al tanatorio.
El médico que estaba de guardia en el centro de salud y que fue a certificar la defunción de la Sra. Lucía escribió como causa de la muerte: “Ha muerto de tristeza y soledad”. Era un recién licenciado que tenía un contrato eventual por horas. Cuando llegó el certificado de defunción a la Inspección, le ordenaron cambiar la causa de la muerte o no podría seguir trabajando allí.
Acto seguido empezó a recoger sus cosas personales, que guardaba en la taquilla. No cambió nada del certificado de defunción, porque de tristeza y soledad también se muere. O, en ocasiones, se deja morir. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio














