Número 5.635 – Año XXIII 1 de noviembre de 2026

Fermín Aparicio

Mariposas

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El aroma denso, aceitoso y requemado, se deslizaba por los pasillos con la parsimonia de un rezo pagano antiguo. Subía hasta los techos, abrazándose a cortinas y visillos, acariciaba los muebles con una delicadeza exquisita. Me olía a cera consumida, a humo cálido, a esa mezcla de nostalgia y recuerdo que solo conocen quienes han encendido una llama para alguien que ya no está, o al menos no está del todo.

En cada rincón de la casa, el aire se volvía espeso, tibio, casi respirable a sorbos, como si la memoria tuviera cuerpo y ocupara el espacio con su peso delicado. Las mariposas ardían, pequeñas custodias de una forma sencilla, sin ninguna pretensión religiosa y la casa entera se recogía en un silencio luminoso, habitado por ausencias que esa noche, por fin, regresaban a casa.

Es el recuerdo, es el homenaje a los que ya no están, para que sepan que aún están entre nosotros, en nuestro corazón. Mi madre ha seguido esta tradición, encendiendo una mariposa por cada uno de los abuelos, tanto en memoria de ella, muerta ya mayor en su cama de alguna enfermedad de esas “de mayores”, como en la de él, muerto en la prisión de Uclés, de cárcel y de maltrato y que “andará en algún hoyo junto a sus compañeros muertos y fusilados allí” nos decía.

Otra mariposa que no ha faltado nunca era la del tío Higinio, “… el más guapo de todos mis hermanos, y fijaros, me lo fusilaron, dicen, cuando trasladaban los restos de José Antonio a Madrid, en alguna cuneta andará” dice entre dientes, siempre con un suspiro amargo mientras enciende su mariposa.

La oscuridad de la noche se rompe con la cálida y titilante iluminación de las pequeñas mariposas. Sus llamas, diminutas y obstinadas, tiemblan como corazones asustados que buscan recuperar la vida de los difuntos a los que recuerdan, y en su danza breve dibujan sobre las paredes sombras que evocan a las almas inquietas que buscan su camino de regreso, aunque sea en forma de sombra en la memoria.

El plato hondo, colmado de agua y aceite, sostenía aquel milagro frágil: la luz flotando sobre lo líquido, desafiando su naturaleza, ardiendo sin consumirse del todo, como los recuerdos que se niegan a apagarse, con la máxima de que nadie muere del todo mientras alguien le recuerde.

En este acto de reivindicación de la propia historia a través de los que nos precedieron, junto a las mariposas más personalizadas, en recuerdo de los abuelos y tío, siempre añadía dos o tres lamparillas encima del agua con aceite, dedicadas a todos los difuntos de la familia desde “que el mundo es mundo, por ellos estoy aquí y soy como soy”.

El encendido de las lamparillas de aceite o mariposas, la noche del 1 al 2 de noviembre, es una de las muchas liturgias no religiosas que nos acercan a la condición humana, al reconocernos y reconocer que somos lo que somos, individual y colectivamente, porque otros fueron antes que nosotros, y este reconocimiento nos hace más personas.

Hay alguna fiesta popular en determinados pueblos y zonas en este camino de reconocer a quienes nos precedieron en esto que llamamos vida. No solo me refiero a las fiestas en ciudades de México, como Malinalco, Taxco, Oaxaca y un largo etc., me refiero a pueblos en España donde un día determinado las familias van a comer al cementerio del pueblo junto a las tumbas de los que se fueron, aunque sea una humilde tortilla.

Por esto, voy a encender una mariposa, no para recordar la muerte sino la vida, las vidas de todos y cada uno de los niños y niñas de Palestina asesinados en su país, por las fuerzas sionistas. Ni lo consiguieron ni lo conseguirán, la infancia palestina vive, para vergüenza de una parte de la humanidad.

En el resto del mundo, desde Brasil celebrando a Lula a las marchas argentinas por los derechos robados, desde la Puerta del Sol en Madrid exigiendo viviendas y servicios públicos, a las calles de París entre chalecos amarillos, orquestas de música y una juventud que no se resigna. Desde Tánger hasta Nueva York, en cualquier acto, en cualquier manifestación, ya sean de vecinos, estudiantes o jubilados, siempre hay una bandera de Palestina como símbolo de firmeza y de esperanza.

Porque en eso han convertido la bandera roja-negra-blanca y verde. ¡Qué orgullo de pueblo palestino! DIARIO Bahía de Cádiz

El aroma denso, aceitoso y requemado, se deslizaba por los pasillos con la parsimonia de un rezo pagano antiguo. Subía hasta los techos, abrazándose a cortinas y visillos, acariciaba los muebles con una delicadeza exquisita. Me olía a cera consumida, a humo cálido, a esa mezcla de nostalgia y recuerdo que solo conocen quienes han encendido una llama para alguien que ya no está, o al menos no está del todo.

En cada rincón de la casa, el aire se volvía espeso, tibio, casi respirable a sorbos, como si la memoria tuviera cuerpo y ocupara el espacio con su peso delicado. Las mariposas ardían, pequeñas custodias de una forma sencilla, sin ninguna pretensión religiosa y la casa entera se recogía en un silencio luminoso, habitado por ausencias que esa noche, por fin, regresaban a casa.

Es el recuerdo, es el homenaje a los que ya no están, para que sepan que aún están entre nosotros, en nuestro corazón. Mi madre ha seguido esta tradición, encendiendo una mariposa por cada uno de los abuelos, tanto en memoria de ella, muerta ya mayor en su cama de alguna enfermedad de esas “de mayores”, como en la de él, muerto en la prisión de Uclés, de cárcel y de maltrato y que “andará en algún hoyo junto a sus compañeros muertos y fusilados allí” nos decía.

Otra mariposa que no ha faltado nunca era la del tío Higinio, “… el más guapo de todos mis hermanos, y fijaros, me lo fusilaron, dicen, cuando trasladaban los restos de José Antonio a Madrid, en alguna cuneta andará” dice entre dientes, siempre con un suspiro amargo mientras enciende su mariposa.

La oscuridad de la noche se rompe con la cálida y titilante iluminación de las pequeñas mariposas. Sus llamas, diminutas y obstinadas, tiemblan como corazones asustados que buscan recuperar la vida de los difuntos a los que recuerdan, y en su danza breve dibujan sobre las paredes sombras que evocan a las almas inquietas que buscan su camino de regreso, aunque sea en forma de sombra en la memoria.

El plato hondo, colmado de agua y aceite, sostenía aquel milagro frágil: la luz flotando sobre lo líquido, desafiando su naturaleza, ardiendo sin consumirse del todo, como los recuerdos que se niegan a apagarse, con la máxima de que nadie muere del todo mientras alguien le recuerde.

En este acto de reivindicación de la propia historia a través de los que nos precedieron, junto a las mariposas más personalizadas, en recuerdo de los abuelos y tío, siempre añadía dos o tres lamparillas encima del agua con aceite, dedicadas a todos los difuntos de la familia desde “que el mundo es mundo, por ellos estoy aquí y soy como soy”.

El encendido de las lamparillas de aceite o mariposas, la noche del 1 al 2 de noviembre, es una de las muchas liturgias no religiosas que nos acercan a la condición humana, al reconocernos y reconocer que somos lo que somos, individual y colectivamente, porque otros fueron antes que nosotros, y este reconocimiento nos hace más personas.

Hay alguna fiesta popular en determinados pueblos y zonas en este camino de reconocer a quienes nos precedieron en esto que llamamos vida. No solo me refiero a las fiestas en ciudades de México, como Malinalco, Taxco, Oaxaca y un largo etc., me refiero a pueblos en España donde un día determinado las familias van a comer al cementerio del pueblo junto a las tumbas de los que se fueron, aunque sea una humilde tortilla.

Por esto, voy a encender una mariposa, no para recordar la muerte sino la vida, las vidas de todos y cada uno de los niños y niñas de Palestina asesinados en su país, por las fuerzas sionistas. Ni lo consiguieron ni lo conseguirán, la infancia palestina vive, para vergüenza de una parte de la humanidad.

En el resto del mundo, desde Brasil celebrando a Lula a las marchas argentinas por los derechos robados, desde la Puerta del Sol en Madrid exigiendo viviendas y servicios públicos, a las calles de París entre chalecos amarillos, orquestas de música y una juventud que no se resigna. Desde Tánger hasta Nueva York, en cualquier acto, en cualquier manifestación, ya sean de vecinos, estudiantes o jubilados, siempre hay una bandera de Palestina como símbolo de firmeza y de esperanza.

Porque en eso han convertido la bandera roja-negra-blanca y verde. ¡Qué orgullo de pueblo palestino! DIARIO Bahía de Cádiz

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