Número 5.626 – Año XXIII 18 de octubre de 2026

Fermín Aparicio

Cuento sin cuento

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Son nueve perros, nueve sombras, que viven, o mejor dicho, sobreviven, en los límites de la ciudad. Hoy han decidido recorrer sus calles, en silencio, casi sin mirar a su alrededor. A este singular grupo, si algo le caracteriza es la mezcla de razas que se amalgaman en cada uno de ellos, de tamaños y edades variadas.

El más menudo, de piernas cortas y rabo al viento, actúa de líder; todos le siguen, mas ninguno le adelanta. Otro, el que seguro tiene entre sus antepasados algún galgo, al andar a tres patas imprime cierto ritmo y cadencia a la marcha; su lomo color canela sobresale en el skyline que dibujan cabezas, orejas y cruces de los caninos. Si el líder decide cambiar el sentido, todos le hacen un pasillo para dejarle paso y, a continuación, continúan tras él, y siempre el galgo de tres patas queda rodeado, en el centro, para protegerlo.

Imitando al “líder”, todos levantan la trufa, queriendo entablar un diálogo con las historias que cuenta el grupo de cubos de basura grises, verdes y amarillos que se presienten cerca. Los cubos de basura cuentan historias de las personas que los utilizan y que nadie quiere escuchar.

Algunos llevan tanto tiempo juntos, aparentemente deambulando sin rumbo, que ya no saben a ciencia cierta si son perros o recuerdos. Otros han nacido entre ellos y han heredado colores, tamaños y el olor de sus padres; les han visto crecer los dientes al calor de sus compañeros de andanzas. Otra buena parte se ha incorporado al grupo después del abandono por sus antiguos dueños.

Les llaman manada de perros salvajes y atemorizan a niños y mayores.

Las palabras nunca son inocentes, neutras ni están muertas. Una misma palabra depende de quién y dónde se utilice; puede pasar de ser un insulto a definir con orgullo la identidad individual o colectiva. 

Un ejemplo es el apelativo de marrón. Llamar “marrón” a alguien por su origen, por su color de piel, por su posición social es racismo e insulto; pero cuando lo reivindica, como hace el cantante Milo J, el término “marrón” no como un insulto, sino como una bandera de identidad y una herramienta para reclamar los orígenes mestizos, indígenas y periféricos de su país de origen y continente, da la vuelta a una palabra que históricamente se ha utilizado de forma despectiva. Y es que, en lugares donde el mestizaje de culturas, etnias y razas es un rasgo identitario, sentirse marrón es un orgullo.

El problema no es solo la palabra, sino quién la utiliza, desde dónde y para qué. Una sociedad sana necesita recuperar la distinción entre criticar ideas y estigmatizar personas, tierras y culturas con palabras prejuiciosas. Cuando el lenguaje solo sirve para vencer y no para comprender, todos perdemos. (Ludwig Wittgenstein)

Nos aproximamos a un escenario incierto aquí y allí, en el norte y en el sur. Las palabras que nos habitan se desgastan y, a veces, estamos tentados y utilizamos otras que a menudo limitan y mimetizan. 

Lo que nunca nos falla es la sonrisa, la alegría, defender la alegría como una trinchera contra la desesperación, la alegría como un acto de resistencia, protegerla de la miseria, la melancolía, de la indiferencia de los neutrales, de la rutina y hasta de la “obligación de estar alegres”. (Mario Benedetti)

Por cierto, el cuento, que no es cuento, de los perros que llaman salvajes: solo son un grupo de animales sin amo que han demostrado que son capaces de sobrevivir en libertad. Eso sí, en grupo, ayudándose y protegiéndose entre ellos. DIARIO Bahía de Cádiz

Son nueve perros, nueve sombras, que viven, o mejor dicho, sobreviven, en los límites de la ciudad. Hoy han decidido recorrer sus calles, en silencio, casi sin mirar a su alrededor. A este singular grupo, si algo le caracteriza es la mezcla de razas que se amalgaman en cada uno de ellos, de tamaños y edades variadas.

El más menudo, de piernas cortas y rabo al viento, actúa de líder; todos le siguen, mas ninguno le adelanta. Otro, el que seguro tiene entre sus antepasados algún galgo, al andar a tres patas imprime cierto ritmo y cadencia a la marcha; su lomo color canela sobresale en el skyline que dibujan cabezas, orejas y cruces de los caninos. Si el líder decide cambiar el sentido, todos le hacen un pasillo para dejarle paso y, a continuación, continúan tras él, y siempre el galgo de tres patas queda rodeado, en el centro, para protegerlo.

Imitando al “líder”, todos levantan la trufa, queriendo entablar un diálogo con las historias que cuenta el grupo de cubos de basura grises, verdes y amarillos que se presienten cerca. Los cubos de basura cuentan historias de las personas que los utilizan y que nadie quiere escuchar.

Algunos llevan tanto tiempo juntos, aparentemente deambulando sin rumbo, que ya no saben a ciencia cierta si son perros o recuerdos. Otros han nacido entre ellos y han heredado colores, tamaños y el olor de sus padres; les han visto crecer los dientes al calor de sus compañeros de andanzas. Otra buena parte se ha incorporado al grupo después del abandono por sus antiguos dueños.

Les llaman manada de perros salvajes y atemorizan a niños y mayores.

Las palabras nunca son inocentes, neutras ni están muertas. Una misma palabra depende de quién y dónde se utilice; puede pasar de ser un insulto a definir con orgullo la identidad individual o colectiva. 

Un ejemplo es el apelativo de marrón. Llamar “marrón” a alguien por su origen, por su color de piel, por su posición social es racismo e insulto; pero cuando lo reivindica, como hace el cantante Milo J, el término “marrón” no como un insulto, sino como una bandera de identidad y una herramienta para reclamar los orígenes mestizos, indígenas y periféricos de su país de origen y continente, da la vuelta a una palabra que históricamente se ha utilizado de forma despectiva. Y es que, en lugares donde el mestizaje de culturas, etnias y razas es un rasgo identitario, sentirse marrón es un orgullo.

El problema no es solo la palabra, sino quién la utiliza, desde dónde y para qué. Una sociedad sana necesita recuperar la distinción entre criticar ideas y estigmatizar personas, tierras y culturas con palabras prejuiciosas. Cuando el lenguaje solo sirve para vencer y no para comprender, todos perdemos. (Ludwig Wittgenstein)

Nos aproximamos a un escenario incierto aquí y allí, en el norte y en el sur. Las palabras que nos habitan se desgastan y, a veces, estamos tentados y utilizamos otras que a menudo limitan y mimetizan. 

Lo que nunca nos falla es la sonrisa, la alegría, defender la alegría como una trinchera contra la desesperación, la alegría como un acto de resistencia, protegerla de la miseria, la melancolía, de la indiferencia de los neutrales, de la rutina y hasta de la “obligación de estar alegres”. (Mario Benedetti)

Por cierto, el cuento, que no es cuento, de los perros que llaman salvajes: solo son un grupo de animales sin amo que han demostrado que son capaces de sobrevivir en libertad. Eso sí, en grupo, ayudándose y protegiéndose entre ellos. DIARIO Bahía de Cádiz

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