Ha llegado un momento en mi vida en el que la conciliación familiar y laboral se encuentra completamente flat (plano). Me paso casi las mismas horas trabajando que atendiendo los quehaceres de casa, por lo que esto poco o nada se parece a la Regla del 8x8x8 que estudiamos en clase y de la que tanto se hablaba tras la Revolución Industrial, porque en mi caso, el “8 del ocio” ni está ni se le espera.
Se me ha juntado el furor de mi propia carrera laboral con el boom de mi vida familiar, las deudas de los 30 con las de los 40 y, casi llegando a los 50, sigo arrastrando pagos de los 20. Y es que es muy complicado nacer “niñato de Pasquín” y, además, ser papá, marido, colega e intentar mantener la formalidad laboral basada en el Spanglish corporativo. En definitiva, querer ser y actuar como “The Pasquín Executive” (según mis amigos de los que ya dudo de su salud mental).
Lo cierto es que exagero. La parte del “Executive” de mi vida, me va guay, pero el workflow doméstico lo llevo de culo. Por eso he decidido hacer uso de lo aprendido en el curro para meterle mano al temita en casa, elaborando los bullet points necesarios para que el management del hogar vaya de categoría.
Al fin y al cabo, si puedo gestionar un equipo de cincuenta y cuatro consultores estresados, y al borde de la depresión, puedo gestionar a mis hijos de doce y diez años, que tienen exactamente el mismo nivel de inestabilidad emocional y ansiedad que un analista sénior cabreado porque este mes no ha habido bonus de cierre de trimestre.
Lo tengo decidido, voy a implementar las best practices del trabajo en el salón de mi casa. Ya está bien de incumplir los fundamentals de la hora de comer y cenar, el “fregao” o la ducha diaria. En esta casa se acabaron las “cochambroserías”, a partir de ahora, todo funcionará con una estricta estrategia top-down.
Comenzamos por el orden del día. Yo, como CEO principal de la holding familiar, dicto las órdenes y mi “Team Junior” las ejecuta, sin vacilaciones. La dificultad radica en que mis hijos practican una resistencia pasiva digna de una huelga del sector del metal de Cádiz. El otro día tiré de autoridad vertical y mi hija menor rápidamente lo escaló y le dio un feedback muy malo de mi hacia mi mujer (Co-CEO del hogar o, más bien, líder espiritual indiscutible), por lo que me llevé una reprimenda del consejo de administración que me dejó tiritando el cash flow de la cuenta destinada a pedir comida a domicilio.
Para solucionar las crisis operativas diarias, he implantado comités Ad-Hoc. Ya no repito más el gritito de: “¡Vamos a limpiar los cuartos, carajo!”. No, señor. Ahora convoco una Call de emergencia para la gestión de residuos sólidos junior en zonas comunes de casa. Lo peor de estas soluciones temporales es que, al igual que en mi trabajo, ninguno sabe muy bien qué tiene que hacer, los procesos no están documentados y, al final, acabo haciendo yo el delivery y recogiéndolo todo, para evitar una crisis reputacional severa con la Co-CEO.
si puedo gestionar un equipo de cincuenta y cuatro consultores estresados, y al borde de la depresión, puedo gestionar a mis hijos de doce y diez años, que tienen exactamente el mismo nivel de inestabilidad emocional y ansiedad que un analista sénior cabreado
Donde realmente estoy sufriendo un calvario (amarillo) es con el cumplimiento de los deadlines. En mi curro son sagrados, pero en casa parecen ser una sugerencia abstracta o un concepto filosófico. Resulta que la lista de TO-DOS para salir hacia el aula matinal a las 07:30am es demasiado compleja.
A las 07:29am, el panorama de los entregables es un cachondeo, mi hijo no encuentra el libro de mates (pérdida de activos fijos), mi hija se está mirando en el espejo buscando el sentido de la vida y ninguno de los dos ha llenado la botella de agua. Cuando les recuerdo que estamos completamente fuera de plazo, me miran con la misma cara que cuando te dicen que tienes una visita de mercado un viernes de agosto, que sólo sirve para invitar a comer.
Definitivamente, mi formación laboral en spanglish corporativo no funciona con mis hijos preadolescentes. Ayer intenté hacer un one-to-one con mi hijo mayor, para analizar su bajo rendimiento en la tarea de “hacerse la cama”, y su respuesta fue inmediata y corporativa, me exigió que le pagara las horas extra en créditos de la PlayStation. Creo que voy a tener que declarar el ecosistema familiar en concurso de acreedores.
Después de comer, mi salud mental suele pedir a gritos un coffee break. En los team buildings, este es un espacio de networking relajado donde finges que escuchas las movidas de los demás, cuando estás metido en tu propia mierda. En casa, el coffee break es como las clases de Crossfit a las que voy por las mañanas, de riesgo extremo para los que hemos pasado los 40 y desencadenante de crisis de ansiedad severas, a modo “por qué me duele ahora la rodilla, si ayer me dolía la espalda”.
Ayer, a las 16:00 horas, fui a tomarme un café cortado bien caliente (un milagro analítico y logístico en sí mismo). Me senté en la cocina, dispuesto a disfrutar de mis cinco minutos de desconexión y ver las tres mierdas que publican en Instagram las personas que no conozco de nada. ¡Error! Fue aparecer el aroma a cafeína y activarse el hub de innovación disruptiva de mis hijos. En menos de treinta segundos, el espacio de relax se convirtió en una sala de crisis geopolítica, peor que las que se inventa cierto presidente fosforito que es un sieso.
Uno de mis retoños entró histérico porque el “servidor local” (la conexión a internet de la tablet) se había caído, la otra exigía un budget de emergencia en forma de bocadillo de salami, y los perros (tres stakeholders que hemos adoptado) comenzaron a ladrarle al vecino de manera hostil.
Empecé a agobiarme una mijita y sentado en la silla del Ikea que tengo en la cocina, con la taza temblando en mi mano, sufrí un ataque de ansiedad corporativa generalizada. Miré las migas de pan del bocadillo de salami de mi hija que habían caído al suelo y tenían la forma exacta de un gráfico de barras descendente; el one-to-one fallido de mi hijo y su desconexión de internet se convirtieron en mi mente en un Excel “mardito” (con R, en Cadi Cadi, es más aterrador, si cabe) lleno de errores tipo #REF! (pillar esto del Excel exige un nivelito, ojito con eso. Si estás en ese selecto club, preocúpate) y fórmulas mal calculadas. Mi cerebro colapsó buscando soluciones out of the box mientras intentaba recordar si el paracetamol era un recurso ad-hoc o un activo de uso recurrente.
Al final, gestioné la crisis como cualquier buen directivo, me tomé el café de un trago, ignoré los problemas estructurales y recé para que la semana se acabara pronto. FIN. DIARIO Bahía de Cádiz












