Este fin de semana muchas mujeres de Cádiz hemos vuelto a sentir algo demasiado conocido: el peso del silencio, la incomodidad colectiva y esa tendencia social e institucional a mirar hacia otro lado cuando quien ejerce violencia es alguien admirado, poderoso o convertido en símbolo popular.
Quiero trasladar públicamente todo mi apoyo, respeto y abrazo a Paqui Pino tras la valentía que ha demostrado haciendo pública una realidad dolorosa que durante años permaneció silenciada.
Porque romper el silencio nunca es fácil. Pero hacerlo en una ciudad donde el carnaval forma parte de nuestra identidad colectiva, y donde determinadas figuras han sido elevadas casi a la categoría de intocables, requiere una valentía enorme.
Y precisamente por eso, el feminismo sigue siendo tan necesario.
Porque ninguna admiración artística, ningún legado cultural y ningún reconocimiento público pueden situarse por encima del derecho de las mujeres a vivir libres de violencia y a contar lo que han vivido sin miedo al cuestionamiento, la ridiculización o el señalamiento público.
Porque ahora es muy fácil escandalizarse. Lo difícil, por lo visto, fue haber escuchado a Paqui en su momento y, evitar así, su revictimización. Era más fácil proteger el prestigio masculino por encima del sufrimiento de la víctima. Lo fácil fue y es participar de ese pacto de silencio social que, tantas veces, nos convierte a las mujeres en sospechosas y a los hombres admirados e intocables. Lo fácil ahora es pedir perdón o retirar honores…
Durante demasiado tiempo, las instituciones gaditanas han preferido homenajear símbolos antes que preguntarse qué dolores se escondían detrás de ellos. Y eso también forma parte del problema.
ninguna admiración artística, ningún legado cultural y ningún reconocimiento público pueden situarse por encima del derecho de las mujeres a vivir libres de violencia y a contar lo que han vivido sin miedo
La justicia restaurativa nos enseña algo fundamental: afrontar el daño no consiste solo en castigar o cancelar, sino en reconocer la verdad, asumir responsabilidades colectivas y reparar a quienes han sido silenciadas. No puede existir reparación mientras la prioridad siga siendo proteger el mito, la marca o la comodidad social.
Cádiz necesita madurez para afrontar este debate sin negacionismo, sin fanatismos y sin odio. Porque reconocer la violencia machista no es atacar nuestra cultura popular. Lo que realmente mancha una cultura es exigir silencio a las víctimas para no incomodar a quienes admiran a un hombre.
Muchas personas crecimos emocionándonos con letras que forman parte de nuestra memoria sentimental y política. Pero precisamente por eso debemos ser capaces de sostener conversaciones complejas y honestas.
Reconocer el daño no borra automáticamente una obra artística, pero tampoco puede permitirse que el prestigio artístico funcione como escudo frente a la violencia machista.
La sociedad tiene una deuda enorme con las mujeres que durante décadas callaron por miedo, por dependencia emocional, económica o social, o porque sabían perfectamente que nadie las iba a creer frente a hombres admirados y protegidos por el entorno.
Hoy lo mínimo que podemos hacer es escuchar con respeto, reflexionar sobre cuántas veces hemos pedido silencio a las víctimas para proteger la comodidad colectiva.
Porque una sociedad democrática y feminista no se mide por cómo protege a sus mitos, sino por cómo acompaña a quienes han sufrido. DIARIO Bahía de Cádiz Juan Carlos Aragón














