Como ocurría con tantas familias emigrantes, agosto era el mes sagrado en el que la mía regresaba a El Puerto de vacaciones. Esos días albergan los recuerdos más cálidos de mi infancia: reencuentros con mis primos y primas, aventuras infinitas entre la playa y los pinos, los cacharritos del parque y el sabor de los Bollycaos de antes, insuperable incluso ante los mejores pains au chocolat de mi país natal. La vida transcurría envuelta en magia y alegría.
No es extraño que, años después, al decidir mi destino, eligiera sin dudar la ciudad de mis eternos veranos. Pero la memoria es caprichosa y guarda también aquel día de agosto en que ese paraíso se agrietó.
A mis diez u once años, una invitación familiar nos llevó por primera vez a una corrida de rejones en la Real Plaza de Toros. Aunque yo sabía del sufrimiento del toro en las corridas tradicionales, mi madre, con la ingenuidad de quien se ha criado lejos de España, me calmó prometiéndome que esto era otra cosa: solo un bello baile entre caballos y toros.
No consigo recordar dónde nos sentamos, qué ropa llevaba e incluso si mi hermana estaba allí esa tarde. Lo que permanece intacto es la marea de sentimientos que me inundó a los pocos minutos de comenzar el espectáculo; un vuelco feroz en las tripas que me disparó el pulso y me cerró la garganta.
Primero llegó la furia de saberme engañada; luego, el horror de ver sufrir al animal —tan fiero al principio, tan resignado después—. Por último, la absoluta perplejidad de ver a todo el mundo disfrutar de aquella barbarie, y una frustración enorme por no poder gritar que lo detuvieran todo, que ya bastaba.
Olvidé que era una niña educada, obediente y respetuosa. Sencillamente no pude más; solo me quedó huir de aquel horrible lugar y convertir en lágrimas todo lo que sentí.
ver a personas adultas gozar, aplaudir y vitorear el sufrimiento hace tambalear los cimientos de una empatía en pleno desarrollo
Quizá por eso no me sorprende que el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas haya vuelto a pedir al Estado español que prohíba el acceso de menores de 18 años a las corridas de toros, tratando, por encima de todo, de proteger su salud mental y emocional frente a la exposición normalizada a la violencia.
La psicología evolutiva es rotunda: ver a personas adultas gozar, aplaudir y vitorear el sufrimiento hace tambalear los cimientos de una empatía en pleno desarrollo. El instinto de compasión se oculta para encajar con el grupo. De esta manera, el cerebro infantil se acostumbra al dolor ajeno, normaliza la crueldad y pierde la capacidad de ponerse en el lugar del otro.
Eso mismo es lo que aquella plaza intentó hacer conmigo al forzarme a aceptar la tortura como una fiesta.
Ignorando las alertas y el sentido común, el PP andaluz redobla su apuesta: inyecta más recursos al sector y elimina los límites de edad. En El Puerto, Germán Beardo se suma a la ofensiva abriendo las plazas gratuitamente a la primera infancia, ofreciendo descuentos a jóvenes e impulsando un campus taurino infantil.
una ciudadanía indiferente al dolor ajeno se vuelve permisiva ante la desigualdad, menos solidaria, huérfana de pensamiento crítico y mucho más sumisa ante el poder
¿Por qué se empeñan en sacrificar el bienestar emocional de quienes más protección necesitan? ¿Por qué pretenden apagar su empatía y compasión?
Salvaguardar las ganancias de una minoría, contentar a Vox y forzar el relevo generacional de una industria moribunda es solo la superficie. La razón de fondo es que la anestesia colectiva alimenta el conformismo: una ciudadanía indiferente al dolor ajeno se vuelve permisiva ante la desigualdad, menos solidaria, huérfana de pensamiento crítico y mucho más sumisa ante el poder.
Si el objetivo es apagar la empatía, nuestra obligación es encenderla con más fuerza allí donde, desde la frialdad de sus despachos, pretenden adoctrinar.
¡Aseguremos para la infancia de El Puerto una celebración constante de la vida! Es hora de regalar a nuestras niñas y niños plazas transformadas, rebosantes de música contagiosa, actividades deportivas, magia de los títeres y el viaje infinito de los cuentacuentos: refugios públicos que siembren solidaridad y un amor inmenso por la naturaleza.
¡Llegó el momento de inundar sus ojos de luz, juego y pedagogía creativa, despidiendo la oscuridad de la barbarie de una vez por todas! DIARIO Bahía de Cádiz












