No sé si conocéis la parábola de la reina y el hijo predilecto. Cuenta la historia que había un reino muy próspero, rodeado de mar, en el que los dos príncipes mayores tenían personalidades distintas, aunque también muchas cosas en común. No solo eran hijos de los mismos padres: cursaban estudios en el mismo nivel académico y a ambos, entre otras cosas, les apasionaba practicar deporte.
La reina, sin embargo, no los trataba de la misma manera. Uno aparecía junto a ella en los retratos institucionales; el otro, no. Uno dormía en una habitación enorme, rodeado de comodidades; el otro compartía una pequeña y humilde alcoba con sus hermanos menores. Uno podía organizar grandes fiestas para sus amigos y amigas; al otro no se le daban las mismas facilidades. Uno entraba por la puerta grande de palacio; el otro, por la del servicio.
Pero ¿y si aquel desequilibrio no era real? ¿Y si todo eran habladurías del pueblo, una leyenda construida a partir de rumores y suposiciones?
Había una forma sencilla de comprobarlo: los caballos. Porque, en aquellos tiempos, el poder también se medía por el número de corceles que uno poseía. Y mientras Bazán y sus otros hermanos menores recibieron tres caballos cada uno, León, el predilecto, recibió cuarenta.
Cuarenta. Imaginadlo recorriendo la calle Real (la que conducía a palacio) al frente de aquel vistoso desfile. ¿Quién no habría querido formar parte de su séquito?
los muchachos crecieron y cada uno alcanzó las metas que se había propuesto. León, el predilecto, gobernó las salinas. Bazán se convirtió en un experto en el noble oficio de construir barcos
Supongo que ahora querréis saber cómo termina la historia. Quizás esperéis una moraleja, algún castigo, una rebelión o un giro inesperado. Pero no ocurrió nada de eso. La vida siguió. Los muchachos crecieron y cada uno alcanzó las metas que se había propuesto. León, el predilecto, gobernó las salinas. Bazán se convirtió en un experto en el noble oficio de construir barcos.
Y quizá lo más importante sea que nunca dejaron de alegrarse cada vez que se encontraban. Porque, por encima de las habitaciones, las puertas, las fiestas y los caballos, seguían siendo hermanos y por siempre vivirían juntos en la misma isla.
¿Y la reina? Como todas las monarquías, terminó cayendo. Unos la recuerdan con admiración. Otros, al comprobar cómo había tratado de manera tan desigual a sus propios hijos, y además a la vista de todo el pueblo, acabaron haciéndose una pregunta inevitable: si así trataba a quienes llevaban su propia sangre, ¿cuántas otras desigualdades habría permitido, alimentado o perpetuado entre sus vasallos durante su reinado? DIARIO Bahía de Cádiz










