Número 5.615 – Año XXIII 1 de octubre de 2026

Cartas al director

Pasamos todos

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CARTA AL DIRECTOR enviada por: Encarnación Martínez Galindo, de Málaga
Puede que alguien, en el último momento de su vida, unos minutos o segundos anteriores al desenlace final pronuncie, ante la enfermera que abnegablemente lo cuida: “señorita, estoy… muy nervioso”. Podría haberse producido esta construcción sintáctica en otros contextos: de un pasajero hacia la azafata, en un avión; de un alumno o alumna ante un ejercicio, hacia la maestra, en un aula; de un comensal hacia la camarera, en un restaurante, etc.

Pero en el contexto referido, el nerviosismo es irremediablemente distinto. Algo desconocido, indescifrable, innombrable, difícilmente perceptible, inabarcable, indomable… le hacía frente inexorablemente a nuestro “alguien” citado.

Los últimos momentos en la vida de cada persona son genuinos, únicos, sólo pertenecientes a cada cual. Demasiadas vidas que terminan heroicamente y que se ven acompañádamente solas en esos instantes cruciales… y que son, a pesar de su heroicidad, infinitamente anónimas.

Porque a la historia, no se pasa, pasa la propia historia de la humanidad, pasamos todos. Cuando alguien se ha empeñado, en su delirio, forzar su paso a los libros de historia, lo ha hecho para emborronar sus páginas, para defraudar y posiblemente ocasionar daños casi irreparables.

La propia humanidad es la que, a la postre, designa a los que le sirven de referentes para sobrevivir. La Historia ya está llena de aquellos que se encumbraron a sí mismos haciendo destrozos a su alrededor y arrinconando a aquellos que con su ejemplo y su coraje por vivir en paz, sólo deseaban humildemente pasar valientemente al anonimato histórico en pro de la especie humana. Señor, estamos… muy nerviosos. DIARIO Bahía de Cádiz

CARTA AL DIRECTOR enviada por: Encarnación Martínez Galindo, de Málaga
Puede que alguien, en el último momento de su vida, unos minutos o segundos anteriores al desenlace final pronuncie, ante la enfermera que abnegablemente lo cuida: “señorita, estoy… muy nervioso”. Podría haberse producido esta construcción sintáctica en otros contextos: de un pasajero hacia la azafata, en un avión; de un alumno o alumna ante un ejercicio, hacia la maestra, en un aula; de un comensal hacia la camarera, en un restaurante, etc.

Pero en el contexto referido, el nerviosismo es irremediablemente distinto. Algo desconocido, indescifrable, innombrable, difícilmente perceptible, inabarcable, indomable… le hacía frente inexorablemente a nuestro “alguien” citado.

Los últimos momentos en la vida de cada persona son genuinos, únicos, sólo pertenecientes a cada cual. Demasiadas vidas que terminan heroicamente y que se ven acompañádamente solas en esos instantes cruciales… y que son, a pesar de su heroicidad, infinitamente anónimas.

Porque a la historia, no se pasa, pasa la propia historia de la humanidad, pasamos todos. Cuando alguien se ha empeñado, en su delirio, forzar su paso a los libros de historia, lo ha hecho para emborronar sus páginas, para defraudar y posiblemente ocasionar daños casi irreparables.

La propia humanidad es la que, a la postre, designa a los que le sirven de referentes para sobrevivir. La Historia ya está llena de aquellos que se encumbraron a sí mismos haciendo destrozos a su alrededor y arrinconando a aquellos que con su ejemplo y su coraje por vivir en paz, sólo deseaban humildemente pasar valientemente al anonimato histórico en pro de la especie humana. Señor, estamos… muy nerviosos. DIARIO Bahía de Cádiz

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