Resulta difícil escribir en agosto, no por el calor, no por las vacaciones, sino porque hace noventa años unos sublevados dieron un golpe de estado e instauraron un régimen ilegal amparado en la fuerza, las armas y la violencia. Asesinaron, robaron, violaron y torturaron.
Por órdenes del criminal Queipo de Llano en Sevilla y de José Valdés en Granada se persiguió en toda Andalucía a políticos, alcaldes, maestros, jornaleros, poetas, homosexuales, intelectuales, sindicalistas y también a sacerdotes y religiosos ¡Sorpresa!
Federico García Lorca, Blas Infante, Padre Jerónimo Aliaga, Agustina González, Manuel Fernándes-Montesinos, José Palanco, Luis Fajardo, Manuel Barrios, Carmen Rodríguez, Padre Andrés Ares, Milagros Rivas, José Fernández de Labandera, María Silvia Cruz, Manuel Sánchez-Badajoz, Padre José García, a todos ellos y miles más los mató el Franquismo.
Que difícil elegir un nombre y descartar otros que no duelan. Nadie con un poco de humanidad puede justificar la matanza de 9.000 personas en un sólo mes.
Cada una tenía un nombre. Una casa. Una historia. Todos tuvieron madre. Muchos tenían hermanos. Algunos tenían hijos. Alguien los quería. Y todos tuvieron miedo, eso seguro. Eso no cabe en una estadística, ni en cifras. Ante la muerte siempre se tiene miedo y en estas circunstancias aún más.
Imaginemos solamente a uno. Es de noche. El pueblo está en silencio. Un motor se detiene delante de una casa. Golpean la puerta. Quienes están dentro saben que significa. Puede que un niño se despierte. Le ordenan acompañarlos.
Sale. El portón se cierra. Sabe que para él acaba de cerrarse para siempre.
Lo suben a un camión. Dentro hay otras personas. Algunos son vecinos. Algunos hombres, algunas mujeres, ¿críos de 15-16 años? Nadie habla demasiado. El vehículo arranca. Entre los tablones contempla su pueblo. La plaza. La iglesia. Una esquina. Una ventana encendida.
Lugares que ha visto mil veces y que de pronto son lo más importante del mundo porque sabe que los está mirando por última vez.
agosto tiene memoria Por eso cuesta escribir en agosto. Porque debajo de este verano hay otro. El de 1936
Da igual lo que fuera, lo que pensara, lo que creyera. Comunista. Socialista. Republicano. Anarquista. Andalucista. Católico. Ateo. O alguien que jamás entendió de política.
Tiene miedo. Quizá piensa en sus hijos. Quizá en su madre. Quizá reza. Puede que algún ateo rezara también. Ante esa circunstancia cualquiera intenta negociar unos minutos más de vida con Dios.
El camión se detiene. Un barranco. Una tapia. Una cuneta. Un cementerio. Le ordenan bajar. Oscuridad. Calor bochornoso que se convierte en frío interior. Sudor.
Y entonces desaparecen las ideologías y las creencias. Queda una persona desarmada que quiere vivir, que tiene miedo, que tiene miedo del dolor, de la muerte, de no volver a ver a su familia y que sabe que la muerte le llega no por una enfermedad, sabe que no es su tiempo aún.
Y otra con un fusil que ha decidido que tiene derecho a matarla, porque sí, porque lo que él y sus jefecillos piensan está por encima, como se suele decir: por sus cojones. Podemos llenar bibliotecas explicando la Guerra Civil, pero ese instante necesita pocas palabras.
Pero antes hubo un golpe, una sublevación, un acto contra un régimen democrático. Después se cometieron crímenes atroces. Pero antes, repito, de que hubiera dos bandos hubo un golpe de Estado. En Andalucía los sublevados no pretendían únicamente ganar.
Querían dar ejemplo. Que el jornalero entendiera. Que el maestro entendiera. Que el sindicalista entendiera. Que el alcalde entendiera. Que Andalucía entera entendiera. Y entendieron.
noventa años después no necesitamos heredar aquel odio. Pero tampoco debemos heredar sus mentiras
Durante décadas hubo familias que aprendieron a hablar bajito. A no preguntar. A no señalar determinadas cunetas. A guardar fotografías. A pronunciar algunos nombres solamente dentro de casa: “De eso no se habla”. Entendieron que tenían un gobierno que torturaba y asesinaba a quién iba en su contra, que les gobernaban a través de la represión. También aquello fue una victoria de los asesinos.
Pero agosto tiene memoria Por eso cuesta escribir en agosto. Porque debajo de este verano hay otro. El de 1936.
Mientras nosotros buscamos sombra, hubo personas buscando una salida y luchando por nosotros: por el futuro. Mientras cerramos las ventanas contra el calor, hubo hijas, hijos, madres que las mantuvieron abiertas esperando escuchar unos pasos.
Mientras nos cuesta dormir, hubo madres que permanecieron despiertas esperando a un hijo que nunca regresó. Algunas murieron sin saber dónde estaba enterrado.
Noventa años después no necesitamos heredar aquel odio. Pero tampoco debemos heredar sus mentiras. Hay que llamar golpe al golpe. Dictadura a la dictadura. Represión a la represión. Y asesinato al asesinato.
Los golpistas les quitaron la libertad. A miles les quitaron la vida. A sus familias les dejaron el miedo. Y durante décadas intentaron quitarles también la memoria. Pero recordar no es odiar, es mantener vivo el recuerdo de 9.000 nombres y procurar que la historia no se repita.
Que no consigan eso último, en nosotros está. DIARIO Bahía de Cádiz













