De siete a ocho sobresalen notas de bergamota y vainilla, con un corazón amaderado y un fondo que incluye sándalo, vetiver y nuez moscada. A partir de las ocho se mezclan con un floral etéreo y elegantes matices, con un bouquet de jazmín y gardenia, junto con dulces cítricos. Sobre las diez, el floral etéreo se hace la fragancia dominante del lugar.
Después del mediodía empieza la lucha entre el olor de los perfumes y el hedor natural que emana de las personas, quedando resuelta hacia las seis de la tarde, en que los primeros son reducidos a presencias testimoniales.
El ritmo del tiempo marcado por los aromas dominantes marca también el tipo predominante de personas que a esas horas viajan en el metro, autobús o cualquier otro transporte público. Así, de siete a ocho son básicamente obreros que se dirigen a los tajos y fábricas. A las ocho se incorporan oficinistas, secretarias, funcionarios y dependientas. Desde las diez son los estudiantes hacia la universidad y mujeres, más o menos ociosas, que se desplazan a los centros comerciales, tiendas y negocios en el centro de la ciudad. A partir de las seis de la tarde, los efectos de los corazones amaderados con fondos de nuez moscada, de los florales etéreos con matices almizclados, van perdiendo intensidad y el olor fétido a sudor almacenado sobre la piel y la ropa después de la jornada de trabajo indica el retorno a casa de los viajeros. Es que la maldición por hacer caso a la serpiente en el paraíso terrenal y comer la manzana —ganarás el pan con el sudor de tu frente…— llevó a la humanidad a descubrir lo que, a partir de entonces, sería el sudor y su fetidez al pasar apenas unas horas de fiel compañero.
Cerca de la calle Mayor —en cualquier gran ciudad hay una calle Mayor o calle Ancha—, al final de un oscuro callejón, iluminado solo por las farolas y bombillas de escaparates de la vecina calle grande, se divisa la entrada de un portal, con la luz de la escalera que se apaga y se enciende a un ritmo constante de segundos con vida autónoma, y dos placas que anuncian: “Enfermedades de la Piel y Venéreas. 1.er piso” y “Pensión La Soledad (estancias de larga duración). Principal”.
A Rosita, la dueña de “La Soledad”, hija y heredera de la señora Rosa, antigua propietaria, le gusta, como hacía su madre, tener una habitación siempre vacía, por si acaso hace falta para lo que sea, algo así como tener en la despensa siempre un paquete de harina y otro de azúcar, porque nunca se sabe cuándo puede haber otra guerra, decía doña Rosa. El nombre de “La Soledad” lo puso el padre de doña Rosa, en honor a la patrona de su pueblo y de su mujer, María de la Soledad; como le parecía que “Hostal de la Virgen de la Soledad” podría ser irreverente, ya que en esos momentos no tenía nada claro el tipo de hostal que acabaría regentando, no desechando que acabara convertido en una casa de citas, por esta razón decidió abreviar el nombre y se quedó tal como se le conoce desde entonces: “Hostal La Soledad”.
Rosita tiene los mismos apellidos que su madre y, en su partida de nacimiento, en la línea que debería poner el nombre del padre, se indica: “Desconocido”. Entre los huéspedes del hostal corre una leyenda que cuenta que, cuando estuvieron los Beatles tocando en la ciudad, se alojó en el hostal un inglés que venía con el grupo musical de Liverpool y que doña Rosa quedó totalmente prendada por Míchel, así se llamaba. Del fruto de la noche de pasión llegaría Rosita. Se dice también que él prometió volver para hacerse cargo de la madre y de lo que tenía que nacer, pero nunca volvió, escribió un par de cartas, otras tantas llamadas por teléfono y desapareció. En los pasillos y mentideros de la pensión se dice que es por esa razón, y no otra, por la que siempre ha habido una habitación vacía, esperando al inglés que llegó y se fue con la música a otra parte.
El corazón del hostal late en el crujido de su tarima. Los tablones dan la impresión de que respiran bajo los pies con un quejido seco a cada paso. Siguiendo el crujido de la madera vieja se puede saber el trayecto desde la cama hasta la puerta y, por tanto, el huésped que lo hace. Si se pasa la mano por la pared, la yema de los dedos puede leer la textura del papel: un relieve fantasma de ramajes y flores diminutas, un laberinto de líneas desvanecidas donde el polvo se esconde para perdurar. No se pueden reconocer los colores; salieron huyendo algún día de mucho frío. Todo es gris ahora, con alguna leve tonalidad.
allí, el ayer no es un recuerdo, es una capa de aire que se respira, una presión sutil en los tímpanos, una presencia silenciosa
Son tres tipos de habitaciones o estancias: las que dan a un pequeño patio de luces del edificio, las que dan a un patio de luces compartido con el edificio colindante y las habitaciones ciegas. La posible falta de ventilación se suple a base de lejía y desinfectante perfumado. El frío de los pomos de bronce, lisos y helados, contrasta con el tacto tibio del marco de la puerta, pulido por el roce de hombros y mangas.
Es un lugar donde el tiempo parece no pasar, se acurruca. Allí, el ayer no es un recuerdo, es una capa de aire que se respira, una presión sutil en los tímpanos, una presencia silenciosa que observa desde el fondo del pasillo, donde la última puerta nunca se abre.
El más antiguo, el que lleva más tiempo entre los huéspedes de “La Soledad”, es don Emilio. Llegó hace más de cuarenta años desde una zona rural, no demasiado lejos, huyendo de la venganza que se desató después de aquello. El más nuevo, Ilya, un chaval de Boujdour o Cabo de Bojador, llegó al país solo, sin familia, con doce años; como equipaje llevaba el sueño, desde su niñez, de ser jugador de fútbol profesional en el mejor equipo del nuevo país que había elegido. Pero los sueños se diluyen en la soledad de la realidad y perdió todo contacto con su familia del desierto. Con un buen expediente académico continúa su formación durante su minoría de edad, termina el Bachillerato y accede a la universidad. Con dieciocho años ya no puede seguir viviendo en el Centro de Menores. Está estudiando primero en la facultad de Veterinaria, trabaja sirviendo cafés y porras a primera hora, soles y sombras después, y vermuts a mediodía. Con el cuarto de sueldo que le pagan por media jornada le es imposible alquilar nada por el centro, cerca de la universidad; “La Soledad” es su opción.
Los seis huéspedes que ocupan las habitaciones sin derecho a cocina y con el baño compartido vienen de lugares, vidas y soledades variopintos. Está Dolores, mujer que ha sido de todo en su vida, pero ya lo suficientemente mayor para solo ser madre y abuela, pero a miles de kilómetros y un océano. Llegó aquí, como otras muchas mujeres, con la promesa de contrato de trabajo y buen salario; dejaba allí dos hijos y un marido a cargo de los abuelos. Llegó con el anhelo de conseguir traer a su familia, pero de contrato nada, de sueldo fijo menos; todo dependía del número de clientes. Club de carretera, prostitución callejera, parques, cines X y urinarios. El tiempo pasa inexorable para todos, también para Dolores. Ahora vive de una ínfima ayuda que le da una ONG; hace tiempo que renunció a ni siquiera hablar con su familia de allí y, poco a poco, el olvido fue mutuo.
nunca salieron del armario, ya que nunca se metieron en uno; el impuesto que tuvieron que pagar es la ruptura, sin posibilidad de reconciliación, con sus respectivas familias
Una pareja ocupa la habitación del fondo del pasillo pequeño, en que están la cocina, el comedor y un baño; es la más grande, con cama de matrimonio, la única entre las habitaciones de “La Soledad”. Son Juan y Manuel, extratrapecistas de uno de los mejores circos que hubo en su tiempo. A los dos les inoculó el gusanillo de volar con ayuda del trapecio Pinito del Oro. Vecinos en la Casa Cuartel, ambos padres compartían lugar de trabajo y profesión. De la misma edad, los dos bajitos de estatura y ligeros de peso, desde que compartieron catequesis de la primera comunión no han separado sus vidas, manteniendo ante todo una profunda amistad: en el colegio, en la única y primera escuela de circo de su ciudad y, posteriormente, en el circo que les llevó juntos a recorrer una buena parte del mundo. Desde su época de formación en saltos mortales y piruetas en el trapecio decidieron compartir sus días, sin publicarlo pero sin ocultarlo tampoco. Nunca salieron del armario, ya que nunca se metieron en uno; el impuesto que tuvieron que pagar es la ruptura, sin posibilidad de reconciliación, con sus respectivas familias. Desde el principio han compartido los camarotes, las caravanas y las habitaciones de hoteles y pensiones en las que dormían en sus giras con el circo. Desde que los circos dejaron de ser rentables y a ellos les faltaban fuerzas para lanzarse al vacío, comparten habitación y cama en el hostal “La Soledad”.
Nicolás, otro de los huéspedes, nunca tuvo el más mínimo recuerdo de su paso por el primer orfanato en el país donde nació; le dejaron con un par de días en la puerta. Ni siquiera el eco en un pasillo largo, el que guarda su historia en un lugar sin llave, lejos de sus recuerdos. Ucrania no es un país para él; es una palabra áspera, aprendida ya de adulto. Le contaron que es donde pasó sus primeros dos inviernos, donde el silencio aprendió a ser su primer idioma y el llanto, su forma de reclamar atención. De aquella madre que lo parió no guarda ni el más leve rastro en la piel, ni un olor, ni una sombra de voz. No hay preguntas allí, solo un vacío, como el que deja algo que nunca pasó. Luego llegó su adopción por una pareja de españoles.
Recuerda, sí, pero a la manera de quien recuerda con formas difuminadas, voces que resuenan a hueco, dos figuras que se desdibujan día a día, envueltas en una especie de neblina. Su memoria los retorna al mundo de los espectros, sin rostro. Lo que le quedó grabado para siempre son las cuatro horas que pasó solo encima del banco del parque en el que le abandonaron, con tres años, sus padres adoptivos. Ahí no hay niebla que valga; hay un asiento de madera bajo un cielo ajeno, la sensación de haber sido depositado como un fardo y el lento entendimiento, a los tres años, de que el mundo puede que no sea un lugar amable con él.
El segundo orfanato, el de esta ciudad, no es tan desconocido como el primero; recuerda su color grisáceo, su griterío y los ruidos metálicos que producían los carros de chapa de aquí para allá todo el día. Es consciente de que ha sido dejado atrás. Y con esa conciencia se hizo, durante años, las preguntas punzantes y redondas: ¿Por qué? ¿Qué hice mal? Preguntas que nunca pronunció, pero que regresaban una y otra vez, como bumeranes, siempre sin respuesta.
Cuando cumplió quince años, en el umbral inestable de su adolescencia, Nicolás tomó una decisión soberana. Agotado de interrogar a un pasado mudo, decidió escribirle él mismo el final. No buscó archivos, ni pistas, ni verdades crudas. Construyó la respuesta a todas sus preguntas para seguir respirando su propia verdad: tuvieron un accidente de coche y murieron.
Fue un acto de pura voluntad. Aquella frase simple cerró para siempre el mundo de las preguntas sin respuesta. Perdonó a todos: a los fantasmas sin rostro entre la niebla, pero, sobre todo, a él mismo. Ya no hubo culpa en el abandono, solo el luto por una muerte sobre el asfalto.
la respuesta no la encontró; la inventó. Y en ese acto de creación encontró la única fuerza posible: la de intentar, día a día, seguir adelante
Así, Nicolás dejó de escarbar en las heridas para empezar a construir, pieza a pieza, el puzle de su vida, un terreno habitable y amable donde transitar. La respuesta no la encontró; la inventó. Y en ese acto de creación encontró la única fuerza posible: la de intentar, día a día, seguir adelante, cargando, no con el peso de un misterio, sino con el de una historia que, por primera vez, le deja dormir por las noches sin complejos ni culpa alguna.
Nicolás hace tiempo que recuperó su nombre ucraniano, Mykola. Es larguirucho y barbilampiño. A sus casi cuarenta años, conserva intacto su cuero cabelludo rubio, sembrado aquí y allá de un buen manojo de canas que le hace parecer más rubio de lo que es en realidad. Trabaja; mejor dicho, consigue algo de dinero para pagar “La Soledad” y poco más, en los quehaceres, que no son ni fijos ni continuos, que amigos le van ofreciendo: como servicio a domicilio de un súper cercano, limpiador de retretes de la cafetería… Los meses que no reúne el suficiente dinero para pagar la pensión, Rosita le deja pagar en especie, con trabajos de fregasuelos, colada o cocina en el hostal.
Desde muy joven, pero desde que vive en “La Soledad” más, Mykola no se puede resistir a “coger” las carteras del prójimo; es algo obsesivo que no puede controlar. Ilya le dijo que eso era una enfermedad que se llamaba cleptomanía. Cuando elige objetivo, no hace, en principio, distinción entre sexo o edad, aunque es verdad que más de una vez ha manifestado a su joven amigo, estudiante de Veterinaria, con quien mantiene una amistad sincera: “Las prefiero a ellas y, si son de mediana edad, mejor”.
Le gusta el olor a mezcla de aromas de almizcle, sándalo y vainilla de los hombres con los florales, rosa, jazmín y gardenia, de las mujeres, sobre todo cuando estos son débiles y dan paso al sudor ácido del final de la jornada. Sabe que por la tarde el número de personas por metro cuadrado es muy alto y se ahorra una buena parte de operaciones de aproximación a la persona objetivo. Supone que, al haber mayor número de personas en el medio de transporte, tiene más posibilidades de pasar desapercibido y de escoger a su víctima. Lo malo son los días en que, a esas horas, el volumen de pasajeros es tal que, en la práctica, es imposible el movimiento ni en estaciones, ni en vagones, ni en autobuses.
Son los días en que hay que esperar más de un convoy para poder subir. Es lo que tiene viajar como “piojo en costura”; al final se tiene que conformar con donde la corriente de la muchedumbre le lleva, aunque esto es dejar una parte importante de su “faena” a la suerte, sin poder elegir, a través de la observación, a quien lleve la cartera llena, incluso a quien lleve cartera. Quizá por esas razones lleva un tiempo empezando a trabajar a las diez de la mañana, cuando el perfume del floral etéreo acompaña a las mujeres hacia los locales comerciales del centro y de vuelta después a sus respectivos hogares con los monederos y carteras a reventar. Dice que tiene comprobado que las emigrantes, sobre todo si son sudamericanas, llevan carteras grandes y llenas, por lo que se han convertido en un subsegmento objetivo dentro de las que huelen al floral etéreo.
Ha desarrollado altas capacidades para detectar su objetivo, acercarse a él o ella y, con más oficio que arte, actuar sin ser detectado. Siempre actúa solo. La técnica que lleva a cabo es la de esconder la mano que actuará, ya sea la derecha o la izquierda —es ambidiestro—, tras “la muleta”, que mantendrá entretenida a la potencial víctima. Mykola es capaz, con el índice y el corazón como una auténtica pinza, de buscar en bolsos y bolsillos, delanteros y traseros, exteriores e internos, para sacar de forma limpia las carteras. Las muletas las cambia dependiendo de la climatología: desde una carpeta grande, una chaqueta o un sombrero, cualquier cosa que haga a la víctima fijar su vista en ella y dejar hacer su trabajo a la mano oculta, a la pinza silenciosa.
Es lo más parecido al torero en la plaza. Mira a su objetivo desde lejos, avanza lentamente hacia ella. Asegura con fuerza sus pies sobre el material plástico del piso; a través de las suelas de sus zapatos siente toda posible rugosidad que pueda tener el suelo. No piensa en el resto de personas que hay a su alrededor, casi no las ve; solo percibe su olor, sus perfumes sin mezcla de sudor a esa hora. Siente una gota fría de sudor que le corre desde el cuello a los riñones por toda la espalda. En una mano lleva la muleta. Oculta, sin esconderla, la otra mano, preparada, a punto. Él; casi siempre ella, la víctima, está allí, quieta, pensando en cualquier cosa o con los cascos escuchando música y mirando el móvil. La mira y, si ella le intenta devolver la mirada, mueve ligeramente la muleta para que la siga y no se fije en su cara, o al menos no lo suficiente para recordarla.
Y entonces empieza lo extraño. Mykola escucha en sus oídos, sin ningún aparato, una banda sonora; unas veces un pasodoble, otras un cante por tangos, incluso alguna vez ha resonado la ópera Carmen y los vítores al torero. Es una especie de baile sin bailar. Mueve los pies con cuidado, con pasos muy cortos, al igual que los mueven las bailarinas de puntillas. Los arrastra un poco, sin que se note que se desplaza, como en la danza rusa Beriozka. Al llegar cerca de su objetivo, se para, estudia el ángulo de ataque. En ese momento ya tiene localizada la cartera. Siente el calor que despide, el olor de su pelo, desodorante y perfume. Su corazón late con fuerza. En fragmentos de segundos ha cogido la cartera, la ha escondido con la muleta y ha iniciado su retirada. Nadie se ha percatado de nada de lo que ha pasado.
De cualquier forma, la experiencia le ha enseñado que una mirada con ternura a su objetivo ayuda, allana la posterior intervención.
No le gusta ser avaricioso; prefiere una cartera a la semana, al máximo dos, que levantar alertas policiales innecesarias, que tarde o temprano romperían el saco por avaricioso.
contempla las últimas fotos incorporadas, hojea el resto del álbum mientras piensa: “Estas fotos son lo más parecido que tengo a una familia”
Una vez resuelta la faena, pone dirección hacia “La Soledad”, asegurándose de que nadie le sigue para tenderle una emboscada y robar al ladrón —que hay gente muy rara—, dice.
Su habitación es una de las pequeñas, con una cama, una mesilla de noche con una lámpara, armario, una percha y un palanganero. El dibujo del papel de las paredes son filas verticales de espigas, originariamente en dorado sobre fondo verde, que el transcurso del tiempo ha ido homogeneizando y unificando en diversos tonos de gris, que contrastan con el cordón del cable blanco que recorre todo el rodapié desde el cambio de la instalación eléctrica en el hostal. Los pocos muebles y el cabecero de la cama son de un color oscuro, casi negro, motivado más por el paso de los años que por ser su color natural. Al llegar a su habitación, se encierra con llave y estira las sábanas de la cama sin hacer, extendiendo la colcha-edredón hecha de retazos coloridos que Rosita compró hace dos años, para todas las habitaciones iguales, en Primark, para dar un aire más moderno al hostal.
Se pone unos guantes de látex, por higiene y como precaución para no dejar huellas; ha visto en las series policíacas que hay que tener cuidado con todos los rastros. Sobre la cama vacía la cartera, separa el dinero por una parte, las tarjetas de crédito, carnés de todas las clases y las fotos. Observa con atención foto por foto y selecciona dos o tres, no todas, especialmente entre las más antiguas: las de los padres y abuelos, las de los novios haciendo la mili o las de las novias con las amigas, las familiares.
Coge uno de los álbumes de fotos, entre los más de diez que tiene en el armario. Los tiene clasificados por temas: padres y madres, hijos… En el lomo lleva el letrero de “Novios y Amigos”. En esta ocasión las fotos son de un chaval vestido de militar jurando bandera, concretamente de Perú. Contempla las últimas fotos incorporadas, hojea el resto del álbum mientras piensa: “Estas fotos son lo más parecido que tengo a una familia”.
Por último, vuelve a colocar todo en la cartera tal y como estaba, con el dinero, tarjetas, carnés y el resto de las fotos, mientras piensa que tarde o temprano acabará enseñando su familia en fotos a su amigo Ilya. La deposita en el buzón de correos de la dirección que aparece en el DNI de la víctima; se asegura así de que llega a manos de su dueña. Cuando abra el buzón, con la alegría de recuperar su cartera con todo el dinero y la documentación, no se dará cuenta de las dos o tres fotografías que faltan. Sonreirá feliz. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio
De siete a ocho sobresalen notas de bergamota y vainilla, con un corazón amaderado y un fondo que incluye sándalo, vetiver y nuez moscada. A partir de las ocho se mezclan con un floral etéreo y elegantes matices, con un bouquet de jazmín y gardenia, junto con dulces cítricos. Sobre las diez, el floral etéreo se hace la fragancia dominante del lugar.
Después del mediodía empieza la lucha entre el olor de los perfumes y el hedor natural que emana de las personas, quedando resuelta hacia las seis de la tarde, en que los primeros son reducidos a presencias testimoniales.
El ritmo del tiempo marcado por los aromas dominantes marca también el tipo predominante de personas que a esas horas viajan en el metro, autobús o cualquier otro transporte público. Así, de siete a ocho son básicamente obreros que se dirigen a los tajos y fábricas. A las ocho se incorporan oficinistas, secretarias, funcionarios y dependientas. Desde las diez son los estudiantes hacia la universidad y mujeres, más o menos ociosas, que se desplazan a los centros comerciales, tiendas y negocios en el centro de la ciudad. A partir de las seis de la tarde, los efectos de los corazones amaderados con fondos de nuez moscada, de los florales etéreos con matices almizclados, van perdiendo intensidad y el olor fétido a sudor almacenado sobre la piel y la ropa después de la jornada de trabajo indica el retorno a casa de los viajeros. Es que la maldición por hacer caso a la serpiente en el paraíso terrenal y comer la manzana —ganarás el pan con el sudor de tu frente…— llevó a la humanidad a descubrir lo que, a partir de entonces, sería el sudor y su fetidez al pasar apenas unas horas de fiel compañero.
Cerca de la calle Mayor —en cualquier gran ciudad hay una calle Mayor o calle Ancha—, al final de un oscuro callejón, iluminado solo por las farolas y bombillas de escaparates de la vecina calle grande, se divisa la entrada de un portal, con la luz de la escalera que se apaga y se enciende a un ritmo constante de segundos con vida autónoma, y dos placas que anuncian: “Enfermedades de la Piel y Venéreas. 1.er piso” y “Pensión La Soledad (estancias de larga duración). Principal”.
A Rosita, la dueña de “La Soledad”, hija y heredera de la señora Rosa, antigua propietaria, le gusta, como hacía su madre, tener una habitación siempre vacía, por si acaso hace falta para lo que sea, algo así como tener en la despensa siempre un paquete de harina y otro de azúcar, porque nunca se sabe cuándo puede haber otra guerra, decía doña Rosa. El nombre de “La Soledad” lo puso el padre de doña Rosa, en honor a la patrona de su pueblo y de su mujer, María de la Soledad; como le parecía que “Hostal de la Virgen de la Soledad” podría ser irreverente, ya que en esos momentos no tenía nada claro el tipo de hostal que acabaría regentando, no desechando que acabara convertido en una casa de citas, por esta razón decidió abreviar el nombre y se quedó tal como se le conoce desde entonces: “Hostal La Soledad”.
Rosita tiene los mismos apellidos que su madre y, en su partida de nacimiento, en la línea que debería poner el nombre del padre, se indica: “Desconocido”. Entre los huéspedes del hostal corre una leyenda que cuenta que, cuando estuvieron los Beatles tocando en la ciudad, se alojó en el hostal un inglés que venía con el grupo musical de Liverpool y que doña Rosa quedó totalmente prendada por Míchel, así se llamaba. Del fruto de la noche de pasión llegaría Rosita. Se dice también que él prometió volver para hacerse cargo de la madre y de lo que tenía que nacer, pero nunca volvió, escribió un par de cartas, otras tantas llamadas por teléfono y desapareció. En los pasillos y mentideros de la pensión se dice que es por esa razón, y no otra, por la que siempre ha habido una habitación vacía, esperando al inglés que llegó y se fue con la música a otra parte.
El corazón del hostal late en el crujido de su tarima. Los tablones dan la impresión de que respiran bajo los pies con un quejido seco a cada paso. Siguiendo el crujido de la madera vieja se puede saber el trayecto desde la cama hasta la puerta y, por tanto, el huésped que lo hace. Si se pasa la mano por la pared, la yema de los dedos puede leer la textura del papel: un relieve fantasma de ramajes y flores diminutas, un laberinto de líneas desvanecidas donde el polvo se esconde para perdurar. No se pueden reconocer los colores; salieron huyendo algún día de mucho frío. Todo es gris ahora, con alguna leve tonalidad.
allí, el ayer no es un recuerdo, es una capa de aire que se respira, una presión sutil en los tímpanos, una presencia silenciosa
Son tres tipos de habitaciones o estancias: las que dan a un pequeño patio de luces del edificio, las que dan a un patio de luces compartido con el edificio colindante y las habitaciones ciegas. La posible falta de ventilación se suple a base de lejía y desinfectante perfumado. El frío de los pomos de bronce, lisos y helados, contrasta con el tacto tibio del marco de la puerta, pulido por el roce de hombros y mangas.
Es un lugar donde el tiempo parece no pasar, se acurruca. Allí, el ayer no es un recuerdo, es una capa de aire que se respira, una presión sutil en los tímpanos, una presencia silenciosa que observa desde el fondo del pasillo, donde la última puerta nunca se abre.
El más antiguo, el que lleva más tiempo entre los huéspedes de “La Soledad”, es don Emilio. Llegó hace más de cuarenta años desde una zona rural, no demasiado lejos, huyendo de la venganza que se desató después de aquello. El más nuevo, Ilya, un chaval de Boujdour o Cabo de Bojador, llegó al país solo, sin familia, con doce años; como equipaje llevaba el sueño, desde su niñez, de ser jugador de fútbol profesional en el mejor equipo del nuevo país que había elegido. Pero los sueños se diluyen en la soledad de la realidad y perdió todo contacto con su familia del desierto. Con un buen expediente académico continúa su formación durante su minoría de edad, termina el Bachillerato y accede a la universidad. Con dieciocho años ya no puede seguir viviendo en el Centro de Menores. Está estudiando primero en la facultad de Veterinaria, trabaja sirviendo cafés y porras a primera hora, soles y sombras después, y vermuts a mediodía. Con el cuarto de sueldo que le pagan por media jornada le es imposible alquilar nada por el centro, cerca de la universidad; “La Soledad” es su opción.
Los seis huéspedes que ocupan las habitaciones sin derecho a cocina y con el baño compartido vienen de lugares, vidas y soledades variopintos. Está Dolores, mujer que ha sido de todo en su vida, pero ya lo suficientemente mayor para solo ser madre y abuela, pero a miles de kilómetros y un océano. Llegó aquí, como otras muchas mujeres, con la promesa de contrato de trabajo y buen salario; dejaba allí dos hijos y un marido a cargo de los abuelos. Llegó con el anhelo de conseguir traer a su familia, pero de contrato nada, de sueldo fijo menos; todo dependía del número de clientes. Club de carretera, prostitución callejera, parques, cines X y urinarios. El tiempo pasa inexorable para todos, también para Dolores. Ahora vive de una ínfima ayuda que le da una ONG; hace tiempo que renunció a ni siquiera hablar con su familia de allí y, poco a poco, el olvido fue mutuo.
nunca salieron del armario, ya que nunca se metieron en uno; el impuesto que tuvieron que pagar es la ruptura, sin posibilidad de reconciliación, con sus respectivas familias
Una pareja ocupa la habitación del fondo del pasillo pequeño, en que están la cocina, el comedor y un baño; es la más grande, con cama de matrimonio, la única entre las habitaciones de “La Soledad”. Son Juan y Manuel, extratrapecistas de uno de los mejores circos que hubo en su tiempo. A los dos les inoculó el gusanillo de volar con ayuda del trapecio Pinito del Oro. Vecinos en la Casa Cuartel, ambos padres compartían lugar de trabajo y profesión. De la misma edad, los dos bajitos de estatura y ligeros de peso, desde que compartieron catequesis de la primera comunión no han separado sus vidas, manteniendo ante todo una profunda amistad: en el colegio, en la única y primera escuela de circo de su ciudad y, posteriormente, en el circo que les llevó juntos a recorrer una buena parte del mundo. Desde su época de formación en saltos mortales y piruetas en el trapecio decidieron compartir sus días, sin publicarlo pero sin ocultarlo tampoco. Nunca salieron del armario, ya que nunca se metieron en uno; el impuesto que tuvieron que pagar es la ruptura, sin posibilidad de reconciliación, con sus respectivas familias. Desde el principio han compartido los camarotes, las caravanas y las habitaciones de hoteles y pensiones en las que dormían en sus giras con el circo. Desde que los circos dejaron de ser rentables y a ellos les faltaban fuerzas para lanzarse al vacío, comparten habitación y cama en el hostal “La Soledad”.
Nicolás, otro de los huéspedes, nunca tuvo el más mínimo recuerdo de su paso por el primer orfanato en el país donde nació; le dejaron con un par de días en la puerta. Ni siquiera el eco en un pasillo largo, el que guarda su historia en un lugar sin llave, lejos de sus recuerdos. Ucrania no es un país para él; es una palabra áspera, aprendida ya de adulto. Le contaron que es donde pasó sus primeros dos inviernos, donde el silencio aprendió a ser su primer idioma y el llanto, su forma de reclamar atención. De aquella madre que lo parió no guarda ni el más leve rastro en la piel, ni un olor, ni una sombra de voz. No hay preguntas allí, solo un vacío, como el que deja algo que nunca pasó. Luego llegó su adopción por una pareja de españoles.
Recuerda, sí, pero a la manera de quien recuerda con formas difuminadas, voces que resuenan a hueco, dos figuras que se desdibujan día a día, envueltas en una especie de neblina. Su memoria los retorna al mundo de los espectros, sin rostro. Lo que le quedó grabado para siempre son las cuatro horas que pasó solo encima del banco del parque en el que le abandonaron, con tres años, sus padres adoptivos. Ahí no hay niebla que valga; hay un asiento de madera bajo un cielo ajeno, la sensación de haber sido depositado como un fardo y el lento entendimiento, a los tres años, de que el mundo puede que no sea un lugar amable con él.
El segundo orfanato, el de esta ciudad, no es tan desconocido como el primero; recuerda su color grisáceo, su griterío y los ruidos metálicos que producían los carros de chapa de aquí para allá todo el día. Es consciente de que ha sido dejado atrás. Y con esa conciencia se hizo, durante años, las preguntas punzantes y redondas: ¿Por qué? ¿Qué hice mal? Preguntas que nunca pronunció, pero que regresaban una y otra vez, como bumeranes, siempre sin respuesta.
Cuando cumplió quince años, en el umbral inestable de su adolescencia, Nicolás tomó una decisión soberana. Agotado de interrogar a un pasado mudo, decidió escribirle él mismo el final. No buscó archivos, ni pistas, ni verdades crudas. Construyó la respuesta a todas sus preguntas para seguir respirando su propia verdad: tuvieron un accidente de coche y murieron.
Fue un acto de pura voluntad. Aquella frase simple cerró para siempre el mundo de las preguntas sin respuesta. Perdonó a todos: a los fantasmas sin rostro entre la niebla, pero, sobre todo, a él mismo. Ya no hubo culpa en el abandono, solo el luto por una muerte sobre el asfalto.
la respuesta no la encontró; la inventó. Y en ese acto de creación encontró la única fuerza posible: la de intentar, día a día, seguir adelante
Así, Nicolás dejó de escarbar en las heridas para empezar a construir, pieza a pieza, el puzle de su vida, un terreno habitable y amable donde transitar. La respuesta no la encontró; la inventó. Y en ese acto de creación encontró la única fuerza posible: la de intentar, día a día, seguir adelante, cargando, no con el peso de un misterio, sino con el de una historia que, por primera vez, le deja dormir por las noches sin complejos ni culpa alguna.
Nicolás hace tiempo que recuperó su nombre ucraniano, Mykola. Es larguirucho y barbilampiño. A sus casi cuarenta años, conserva intacto su cuero cabelludo rubio, sembrado aquí y allá de un buen manojo de canas que le hace parecer más rubio de lo que es en realidad. Trabaja; mejor dicho, consigue algo de dinero para pagar “La Soledad” y poco más, en los quehaceres, que no son ni fijos ni continuos, que amigos le van ofreciendo: como servicio a domicilio de un súper cercano, limpiador de retretes de la cafetería… Los meses que no reúne el suficiente dinero para pagar la pensión, Rosita le deja pagar en especie, con trabajos de fregasuelos, colada o cocina en el hostal.
Desde muy joven, pero desde que vive en “La Soledad” más, Mykola no se puede resistir a “coger” las carteras del prójimo; es algo obsesivo que no puede controlar. Ilya le dijo que eso era una enfermedad que se llamaba cleptomanía. Cuando elige objetivo, no hace, en principio, distinción entre sexo o edad, aunque es verdad que más de una vez ha manifestado a su joven amigo, estudiante de Veterinaria, con quien mantiene una amistad sincera: “Las prefiero a ellas y, si son de mediana edad, mejor”.
Le gusta el olor a mezcla de aromas de almizcle, sándalo y vainilla de los hombres con los florales, rosa, jazmín y gardenia, de las mujeres, sobre todo cuando estos son débiles y dan paso al sudor ácido del final de la jornada. Sabe que por la tarde el número de personas por metro cuadrado es muy alto y se ahorra una buena parte de operaciones de aproximación a la persona objetivo. Supone que, al haber mayor número de personas en el medio de transporte, tiene más posibilidades de pasar desapercibido y de escoger a su víctima. Lo malo son los días en que, a esas horas, el volumen de pasajeros es tal que, en la práctica, es imposible el movimiento ni en estaciones, ni en vagones, ni en autobuses.
Son los días en que hay que esperar más de un convoy para poder subir. Es lo que tiene viajar como “piojo en costura”; al final se tiene que conformar con donde la corriente de la muchedumbre le lleva, aunque esto es dejar una parte importante de su “faena” a la suerte, sin poder elegir, a través de la observación, a quien lleve la cartera llena, incluso a quien lleve cartera. Quizá por esas razones lleva un tiempo empezando a trabajar a las diez de la mañana, cuando el perfume del floral etéreo acompaña a las mujeres hacia los locales comerciales del centro y de vuelta después a sus respectivos hogares con los monederos y carteras a reventar. Dice que tiene comprobado que las emigrantes, sobre todo si son sudamericanas, llevan carteras grandes y llenas, por lo que se han convertido en un subsegmento objetivo dentro de las que huelen al floral etéreo.
Ha desarrollado altas capacidades para detectar su objetivo, acercarse a él o ella y, con más oficio que arte, actuar sin ser detectado. Siempre actúa solo. La técnica que lleva a cabo es la de esconder la mano que actuará, ya sea la derecha o la izquierda —es ambidiestro—, tras “la muleta”, que mantendrá entretenida a la potencial víctima. Mykola es capaz, con el índice y el corazón como una auténtica pinza, de buscar en bolsos y bolsillos, delanteros y traseros, exteriores e internos, para sacar de forma limpia las carteras. Las muletas las cambia dependiendo de la climatología: desde una carpeta grande, una chaqueta o un sombrero, cualquier cosa que haga a la víctima fijar su vista en ella y dejar hacer su trabajo a la mano oculta, a la pinza silenciosa.
Es lo más parecido al torero en la plaza. Mira a su objetivo desde lejos, avanza lentamente hacia ella. Asegura con fuerza sus pies sobre el material plástico del piso; a través de las suelas de sus zapatos siente toda posible rugosidad que pueda tener el suelo. No piensa en el resto de personas que hay a su alrededor, casi no las ve; solo percibe su olor, sus perfumes sin mezcla de sudor a esa hora. Siente una gota fría de sudor que le corre desde el cuello a los riñones por toda la espalda. En una mano lleva la muleta. Oculta, sin esconderla, la otra mano, preparada, a punto. Él; casi siempre ella, la víctima, está allí, quieta, pensando en cualquier cosa o con los cascos escuchando música y mirando el móvil. La mira y, si ella le intenta devolver la mirada, mueve ligeramente la muleta para que la siga y no se fije en su cara, o al menos no lo suficiente para recordarla.
Y entonces empieza lo extraño. Mykola escucha en sus oídos, sin ningún aparato, una banda sonora; unas veces un pasodoble, otras un cante por tangos, incluso alguna vez ha resonado la ópera Carmen y los vítores al torero. Es una especie de baile sin bailar. Mueve los pies con cuidado, con pasos muy cortos, al igual que los mueven las bailarinas de puntillas. Los arrastra un poco, sin que se note que se desplaza, como en la danza rusa Beriozka. Al llegar cerca de su objetivo, se para, estudia el ángulo de ataque. En ese momento ya tiene localizada la cartera. Siente el calor que despide, el olor de su pelo, desodorante y perfume. Su corazón late con fuerza. En fragmentos de segundos ha cogido la cartera, la ha escondido con la muleta y ha iniciado su retirada. Nadie se ha percatado de nada de lo que ha pasado.
De cualquier forma, la experiencia le ha enseñado que una mirada con ternura a su objetivo ayuda, allana la posterior intervención.
No le gusta ser avaricioso; prefiere una cartera a la semana, al máximo dos, que levantar alertas policiales innecesarias, que tarde o temprano romperían el saco por avaricioso.
contempla las últimas fotos incorporadas, hojea el resto del álbum mientras piensa: “Estas fotos son lo más parecido que tengo a una familia”
Una vez resuelta la faena, pone dirección hacia “La Soledad”, asegurándose de que nadie le sigue para tenderle una emboscada y robar al ladrón —que hay gente muy rara—, dice.
Su habitación es una de las pequeñas, con una cama, una mesilla de noche con una lámpara, armario, una percha y un palanganero. El dibujo del papel de las paredes son filas verticales de espigas, originariamente en dorado sobre fondo verde, que el transcurso del tiempo ha ido homogeneizando y unificando en diversos tonos de gris, que contrastan con el cordón del cable blanco que recorre todo el rodapié desde el cambio de la instalación eléctrica en el hostal. Los pocos muebles y el cabecero de la cama son de un color oscuro, casi negro, motivado más por el paso de los años que por ser su color natural. Al llegar a su habitación, se encierra con llave y estira las sábanas de la cama sin hacer, extendiendo la colcha-edredón hecha de retazos coloridos que Rosita compró hace dos años, para todas las habitaciones iguales, en Primark, para dar un aire más moderno al hostal.
Se pone unos guantes de látex, por higiene y como precaución para no dejar huellas; ha visto en las series policíacas que hay que tener cuidado con todos los rastros. Sobre la cama vacía la cartera, separa el dinero por una parte, las tarjetas de crédito, carnés de todas las clases y las fotos. Observa con atención foto por foto y selecciona dos o tres, no todas, especialmente entre las más antiguas: las de los padres y abuelos, las de los novios haciendo la mili o las de las novias con las amigas, las familiares.
Coge uno de los álbumes de fotos, entre los más de diez que tiene en el armario. Los tiene clasificados por temas: padres y madres, hijos… En el lomo lleva el letrero de “Novios y Amigos”. En esta ocasión las fotos son de un chaval vestido de militar jurando bandera, concretamente de Perú. Contempla las últimas fotos incorporadas, hojea el resto del álbum mientras piensa: “Estas fotos son lo más parecido que tengo a una familia”.
Por último, vuelve a colocar todo en la cartera tal y como estaba, con el dinero, tarjetas, carnés y el resto de las fotos, mientras piensa que tarde o temprano acabará enseñando su familia en fotos a su amigo Ilya. La deposita en el buzón de correos de la dirección que aparece en el DNI de la víctima; se asegura así de que llega a manos de su dueña. Cuando abra el buzón, con la alegría de recuperar su cartera con todo el dinero y la documentación, no se dará cuenta de las dos o tres fotografías que faltan. Sonreirá feliz. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio
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