CARTA AL DIRECTOR enviada por: Pablo Sánchez Abascal, de Estocolmo
No me hace ni puñetera gracia tener que escribir esto pero, si mal no cuento, llevo unas siete elecciones regionales autonómicas en las que no ejerzo mi derecho al voto (otras cuantas generales y, debido a mi exilio, alguna más extranjera).
Pero lo peor de todo esto, lo que más realmente me fastidia, es la imperdonable impotencia que genera la voluntad de creer —y saber— que la política podría ser un gran instrumento para hacer del espacio de la diversidad humana una unidad civil.
Verán ustedes, este hastío no es fruto de la casualidad, ni fruto de un pronto mezquino o inoportuno sino, más bien, el resultado de un proceso de introspección en el que el descubrimiento de las afecciones humanas conduce a la agitación, la rebeldía y el drama.
Ya les cuento que, en un acto de desatinada torpeza, me atreví a poner en directo el debate electoral de las andaluzas —no tengo televisor, pero a veces peco de inocente y veo algo por el ordenador—. Imagínense mi desazón, pues a los quince minutos ya tenía la radio puesta. Eso es lo que aguanté, y a duras penas, sépanlo también ustedes.
Y no es por odio, envidia, rabia o irritación —aunque un poco de todo al mismo tiempo— sino por pura pena, pena por la decepción de ver a unos representantes políticos que representan a unas siglas, pero no a la política.
Sepan que no escribo con ira, lo hago con sangre, sangre que me hierve en la garganta al ver o al escuchar a unos degenerados que ocupan una posición de mando que solo los más capacitados deberían ejercer —yo, desde luego, no—. Y desde luego, no cualquier mindungui que pueda armar y desarmar un ideario nacional —o autonómico— a base de manipulación, desdén o, simplemente, su deleznable incapacidad para gestionar una empresa pública que a todos concierne.
Fíjense bien que estos especímenes no se gritan los unos a los otros por maldad ni crueldad (aunque lo sean sin saberlo) sino por pura y simple incapacidad. Y no porque sean incapaces (para esto de dirigir sí) sino porque no poseen los conocimientos, las destrezas, las técnicas o habilidades que se requieren para el ejercicio de una tarea titánica como es la dirección de un partido político.
¿Se imaginan ustedes una reunión de empresa en la que un exportador jamonero onubense interlocuta a un importador japonés de la forma en la que hablaban —y se mordían— los cabecillas esos que se hacen pasar por políticos?
Pero madre del amor hermoso… ¡Qué disparate es este!
Ya les vengo diciendo que no es por ellos, que si hay que irse se va, pero ir para nada… Es por el cansancio que genera el comprobar que el cambio generacional en la política española no solo no ha mejorado la pobre estabilidad que tenía, sino que ha deteriorado sus endebles pilares y va camino de la vergüenza ajena y la indiferencia mortal.
¿Ustedes han escuchado cómo hablan esas pobres almas del diablo? ¿Saben conversar? ¿Saben escuchar? ¿Saben hacer algo más que repetir dos, tres, cuatro o cinco mantras que, además de no saber de qué va la cosa, no son capaces de solucionar? ¿Saben decir algo sin atacar? ¿Sin compararse con los demás?
Porque eso es lo que necesitamos, eso es la política: convencer, escuchar, proponer, llegar a acuerdos —que es dar y tomar— y solucionar los problemas de los ciudadanos. Recuerden que no son malos, solo que no pueden —no dan más de sí—, son de capacidades limitadas; es como pedirle peras a un manzano, o manzanas a un peral, que lo mismo monta, que tanto monta, que monta tanto, que qué más da.
Verán, soy uno de esos que una vez creyó, incluso soñó, con esos senados, esos púlpitos, o esas plazas públicas, en las que, según parece, se disponía y hacía uso de la palabra como vehículo para presentar y aclarar ideas que, a veces sí, otras no, cuajaban en un público y demás espectadores que tuviesen la suerte de asistir a lo que, según parece, eran planteamientos vitales, sociales y políticos, que se expresaban bajo el ejercicio de unos principios de oratoria que debieran basarse en la concatenación lógica de premisas para la resolución de una situación dada.
¿Cuándo dejamos que los que se hacen llamar políticos ladraran en vez de dialogar? ¿Actúan bajo los designios de los malignos efectos de la rabia? Desde luego, según lo visto lo visto, sus comisuras borbotean espuma blanquecina cual perro camino en estado rabioso.
Por favor —y ya sé que no lo van a hacer pero, desde este bolígrafo con el que disparo, no me queda otra cosa que hacer—: por favores señores y señoras que ejercen en el sector de la política, unos y otros, de derecha a izquierda, de arriba a abajo, y los del centro —ya saben lo que sigue—: hablen de sus planes, sus proyectos, su visión del mundo y su pueblo más cercano, y no se metan con sus iguales o alter egos políticos en una larga trifulca verbal que, de patética, resulta abominable, surreal y reconchúdamente vergonzosa.
Y ya para terminar, les recuerdo que si a los cuatro u ocho años un partido se pone a tirar por tierra todo lo que el otro ha construido, es exactamente igual que tirar piedras sobre su propio tejado: nunca avanzamos. En vez de ello —escuchen ahora— ayúdense, échense una mano, den y cedan, cedan y den, que el péndulo devenir democrático está hecho de un hilo fino y endeble que, a estas horas que son ya, está a punto de romperse y dejarnos caer en un abismo frío y desconocido en el que solo la ruina, el caos y la brutalidad humana tienen cabida.
Políticos,
no es palabra la que se lanza
sino diálogo para el acuerdo;
es acuerdo lo político,
y bienestar la vereda que nos
debe amparar. DIARIO Bahía de Cádiz











