CARTA AL DIRECTOR enviada por: Delia García Muñoz
Existen adicciones estacionales. En verano, la libido sube con la marea y en la noche de San Juan las hogueras no son los únicos fuegos que arden. Intuyo que cada verano, a los abstemios nos corroe la misma nostalgia de los arrumacos compartidos con personas con las que vaticinamos un futuro infinito, pero que en realidad es tan efímero como la implosión de una estrella.
Miramos a ese cielo de focos de deseo más viejos, más frágiles, más volubles… Anhelando esas drogas duras de los amores de verano. La falta de destino de la pasión que quisiéramos hacer brotar como jazmines preñados o devorada como mangos maduros hace que el deseo sea más angustiante.
Pero nada puede salvarnos del paso de los años, de las piernas más flácidas, de los kilos de más. Del terror a no sentirnos deseados. Las mujeres necesitamos hasta una operación previa (aberrante “operación bikini”) como trámite para llegar al área de apareamiento como pobres pajarillos engolando sus plumas. Se compite por el deseo masculino o femenino y, los más afortunados, celebran triunfantes haber sido elegidos por alguna pareja. Por breve que sea la intimidad.
Esto no se limita, naturalmente, a la heterosexualidad, pues no existe nada más queer que la propia naturaleza. En esta situación de vulnerabilidad, para los especímenes menos canónicos, que llegamos tarde a la fiesta de la insignificancia, un simple mensaje oportunista de algún antiguo amante puede despertar fácilmente esa adicción del deseo veraniego.
Y ahí nos vemos de nuevo esperando como adolescentes las migajas de un mensaje, mirando el móvil neuróticamente y con polillas en el estómago. (Spoiler: some of them want to use you, some of them want to be used by you).
El deseo es una cerilla que nunca se consume.
Un libro puede introducirse en nuestra mente y entretener esta estación de paso, pero la esperanza de un encuentro fortuito que atraviese nuestro cuerpo en llamas continúa agazapada; despertando el remordimiento de toda la comida que no debimos haber ingerido, de todas las oportunidades de movimiento desperdiciadas. Ni besos, ni suspiros: Bécquer, ¿dónde va a parar toda la calentura que no encuentra ignición?
Al menos no todos los animales se sienten atraídos por el color de sus plumas o su pelaje, yo prefiero que me elijan, como a un pez, por las formas geométricas que dibujan en la arena. Caliente, por dentro y por fuera, me consuelo bañándome sola en el mar, que al menos baja la fiebre. DIARIO Bahía de Cádiz














