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Número 2246 - Año IX - Domingo 26 de Mayo de 2013
   
 
 
Opinión
 
La gran burbuja

03/05/2010. Nacho Martín

NACHO MARTÍNHace casi tres años, el 4 de mayo del 2007, publiqué en estos mismos medios el artículo "El misterio inmobiliario". Este artículo se preguntaba como era posible la continua subida de precios de las casas españolas, y con unas cuentas básicas venía a comentar que había algún tipo de "misterio" para que la cosa funcionara.

Desde entonces han pasado muchas cosas y se ha resulto en gran parte el misterio: no había tal misterio, sino una burbuja financiera insostenible. Y dicha burbuja reventó a nivel mundial y también en nuestro país.

Lo realmente interesante no es tanto el suceso económico, ya que la economía no tiene mucho que ver con la realidad en cualquier caso, sino el cambio en la psicología y las conversaciones de la gente.  Mientras que hace no tanto tiempo era de sentido común comprar una casa, dos o cinco porque "las casas nunca bajan de precio", y mientras que todo el mundo pensaba o decía que el precio de la vivienda reflejaba la realidad, de repente es vox populi que las casas pueden bajar de precio, y todo el mundo afirma que la crisis inmobiliaria "se veía venir", que los precios no pueden subir por siempre, que había demasiadas casas, se estaba construyendo como loco, etc...

Este inesperado cambio en la mentalidad resulta más interesante que lo que pase con las casas. Podría uno interpretarlo como una muestra más de la inagotable ignorancia humana, y creer que realmente el común de los normales no sabían ni veían venir nada, y ahora lo saben y han visto. Pero creo que otra explicación aplica en este caso. Tanto antes como ahora los hechos estaban claros: la locura especulativa de las casas no iba a ningún sitio y era imposible de mantener. Pero mientras la fiesta duraba, mientras todo parecía ir bien y el dinero corría, un filtro mental estaba aplicado a la mente de todos: si bien sabíamos, no queríamos ver lo que se venía encima. A nadie gustan los aguafiestas. El sentido común de todo el mundo le decía que era imposible, que no se podía seguir, pero la capacidad de auto-engaño primaba y se seguía como si nada, ignorando o ridiculizando a los que se atrevían a pronosticar la debacle. Sólo así se entiende que tanta gente haya recobrado el sentido común. Siempre le tuvieron, y la crisis se ha limitado a levantar el filtro mental.

Es éste un ejemplo bueno porque sirve de analogía casi perfecta a la otra gran burbuja. La burbuja del mercado global, del crecimiento eterno y perpetuo, del progreso ilimitado. Estamos ahora en la misma fase que poco antes de la explosión de la burbuja inmobiliaria. Creo que la gran mayoría de nosotros vemos que es imposible, que esto no puede acabar bien, que no se puede crecer por siempre y que el consumismo no nos lleva a ningún lado. Pero como aún no nos hemos dado de bruces contra el muro, hacemos como que no pasa nada y seguimos la fiesta. A los que nos advierten sobre los peligros del rumbo actual les ridiculizamos, tildamos de aguafiestas o de profetas del apocalipsis. Callamos la vocecita del sentido común porque las cosas parecen ir bien, igual que la callábamos cuando los precios de las casas subían. Esta situación, tan deprimente en parte, en la que la sociedad actual está arrasando con todos los recursos naturales y creciendo a expensas del futuro de nuestros hijos, no obstante acerca un rayo de esperanza. incita a pensar que también, cuando la crisis global, gigantesca, de nuestro modo de vida, se cierne sobre nosotros, el sentido común brillará y admitiremos lo que debíamos admitir ahora: que lo que estamos haciendo es una locura y que no puede seguir por siempre. Quizás entonces reconozcamos que el petróleo es finito, la deforestación un problema, el consumo abusivo de agua un suicidio, la sobrepesca una barbaridad, y tantas y tantas cosas.

No hay que ser gran profeta para decir que, igual que el tema de las casas no tenía buen cariz, el modelo de vida que tenemos, nuestra relación con las cosas y con los otros, está abocado el desastre. Si nadie se echa las manos a la cabeza, lo publica en primera página, y reconoce que el PIB no puede subir por siempre, es por el mismo filtro que funcionaba con las casas. No queremos parar la fiesta. Pero la fiesta parará, nos quedaremos sin petróleo, sin energía barata, sin fertilizantes, sin agua, sin bosques. Esperemos que, una vez que el decline sea patente por todos, ese sentido común que ahora está eclipsado, brille, pero mucho que temo que será tarde y mal.

Pero mientras tanto, recuerde las casas, y el PIB siempre suben... y quien diga lo contrario es un aguafiestas o algo mucho peor ¿o no? DIARIO Bahía de Cadiz

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