Cada 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía, algo se remueve por dentro. No es solo una fecha señalada en el calendario —proclamada por la Unesco en 1999 para celebrar la palabra, la diversidad lingüística y el diálogo entre culturas—, es una llamada íntima. Una invitación a preguntarnos quiénes somos cuando escribimos y, sobre todo, a quién dejamos fuera cuando contamos la historia.
Hace años, en la presentación de uno de mis libros, el periodista y escritor Juan José Téllez me nombró “poeta de las dos orillas”. Y desde entonces entendí que no era solo un elogio, sino una responsabilidad. Porque vivir —y escribir— entre dos orillas es aprender a escuchar. Es comprender que el mar no separa, sino que une lo que a simple vista parece distinto.
Como gaditana y andaluza, comprometida con las letras, los derechos humanos y la igualdad, he hecho del viaje una forma de conocimiento. Europa y los países árabes no han sido destinos, sino aprendizajes. En sus calles, en sus voces, en sus silencios, he encontrado una verdad que no se estudia en los libros: que la cultura es un puente y no una frontera.
Viajar nos transforma. Nos sacude. Nos obliga a mirar de frente lo que somos y lo que ignoramos. Y escribir desde ahí —desde la experiencia vivida, desde el roce con lo diferente— convierte la poesía en algo más que belleza: la convierte en conciencia.
Pero hoy, en medio de esa celebración, algo duele.
Duele abrir los ojos y encontrar campañas institucionales que felicitan a los poetas andaluces mostrando únicamente rostros de hombres. Duele ese silencio. Duele esa ausencia que no es casual, sino histórica.
Y entonces una se pregunta, casi en un susurro que termina siendo grito: ¿dónde están Wallada bint al-Mustakfi, María Zambrano, Pilar Paz Pasamar —mi maestra de versos e historias infinitas—, Ana Rossetti, Josefa Parra, Blanca Flores, Dolors Alberola? ¿Dónde estamos todas?
No escribo estas palabras para convencer a nadie de lo que ya es evidente. Las mujeres hemos estado siempre. Escribiendo en los márgenes, corrigiendo en la sombra, firmando con nombres que no eran los nuestros para poder existir. Hemos sostenido la palabra incluso cuando nos negaban la voz.
Y, sin embargo, aún hoy, en pleno siglo XXI, seguimos teniendo que recordar que estamos.
seguimos escribiendo desde las dos orillas. Desde la herida y desde la esperanza. Nombrando el mundo para no desaparecer en él
Este texto no es una queja: es un acto de memoria. Es una forma de decirles a quienes vienen detrás —a nuestros estudiantes, a nuestras hijas e hijos— que la poesía también tiene rostro de mujer. Que siempre lo ha tenido. Que la historia que les contamos está incompleta si no aparecen todos sus nombres.
Porque ese era, y sigue siendo, el sentido profundo del Día Mundial de la Poesía: reconocer la palabra como un espacio de encuentro, proteger las voces diversas, dar lugar a lo que resiste.
Pero ¿qué ocurre cuando algunas voces siguen sin ser nombradas?
Hoy celebramos, sí. Pero también sentimos una inquietud que no desaparece. Porque mientras haya instituciones que olviden, que omitan, que reduzcan, habrá algo que no encaje en esta celebración.
Y aun así, seguimos.
Seguimos escribiendo desde las dos orillas. Desde la herida y desde la esperanza. Nombrando el mundo para no desaparecer en él.
Porque lo que no se nombra, no existe.
Y nosotras —aunque a veces no quieran verlo— llevamos siglos existiendo. DIARIO Bahía de Cádiz













