Me encanta la capacidad del Partido Popular para reinventarse. Me explico. Durante años ha estado definiéndose como un “partido de Estado”, una especie de adulto superresponsable en una habitación llena de niños de cuatro años. Luego llega la hora de la verdad, cuentas lo votos, ves que te faltan… y al adulto desaparece como si se lo llevara una levantera.
Lo que ha pasado en Extremadura no es una excepción: es la confirmación de que van a la deriva. El acuerdo entre PP y Vox para investir a María Guardiola no es solo un pacto de gobierno. Es una renuncia. Una renuncia a principios, a líneas rojas y, sobre todo, a ese relato de moderación que tanto les gusta aparentar cuando hay cámaras delante. Porque aquí no hay equidistancia posible: cuando aceptas las condiciones de la extrema derecha, no la estás “conteniendo”, la estás normalizando. Y, de paso, te estás pareciendo cada vez más a ella.
Las medidas que se desprenden de este tipo de acuerdos no son neutrales, aunque se intenten camuflar con un lenguaje que suene inofensivo. Siempre golpean en la misma dirección. La clase trabajadora verá cómo se debilitan servicios públicos y derechos laborales bajo la coartada de la “eficiencia” y eso que ya tienen bastante con sostener el país mientras otros hacen de trileros.
Las familias, las que no llegan a final de mes, se encuentran con recortes encubiertos y con políticas que convierten derechos en privilegios. Los colectivos que, qué casualidad, siempre están en el punto de mira cuando la extrema derecha entra en la ecuación. Las mujeres, que escuchan discursos que cuestionan avances que costaron décadas conseguir. Las personas migrantes, convertidas en chivo expiatorio de todos los males del país y víctimas del discurso de “el penúltimo contra el último”. El colectivo LGTBI, tratado como un problema ideológico en lugar de como personas con derechos. Todo ello con la complicidad necesaria de un PP que hasta hace poco presumía de centralidad.
Lo que da más miedo no es solo lo que se firma en un papel, sino lo que se asume como marco mental. Cuando el Partido Popular compra el discurso de Vox, deja de ser un dique y pasa a ser un altavoz. Ya no se limita a gobernar con la ultraderecha: empieza a pensar, a hablar y, lo que es peor, a legislar como ella.
cuando aceptas las condiciones de la extrema derecha, no la estás “conteniendo”, la estás normalizando. Y, de paso, te estás pareciendo cada vez más a ella
Mientras, quienes se llenan la boca de patriotismo se callan cuando la realidad no encaja en su relato. Que se lo digan al soldado español retenido por Israel, algo gravísimo que exigiría una respuesta firme de cualquier fuerza política. Pues no, lo comparan con un control de tráfico, que yo me pregunto ¿qué llevará esta gente en el coche para que les parezca normal que los paren una hora en un control? No me quiero imaginar ese pobre perro de la Guardia Civil, ahí olfateando todo ese tiempo, nerviosito perdido sin saber a dónde acudir. Pues no, ni PP ni Vox ven oportuno llevarle la contraria a su amigo Netanyahu. Supongo que en esto del patriotismo también hay clases. Mala suerte.
Extremadura no es un caso aislado. Te da pistas sobre lo que puede venir. Porque cuando la derecha tradicional decide gobernar a cualquier precio, lo acaba pagando la mayoría social en forma de derechos recortados, libertades ninguneadas y convivencia deteriorada. Lo que hoy ocurre allí no es un problema territorial, es un aviso. Y conviene no mirar para otro lado, porque las dinámicas que se consolidan en un territorio acaban exportándose con una facilidad increíble.
En las próximas elecciones andaluzas no se trata solo de elegir un gobierno, sino de decidir si abrimos la puerta a que este mismo guion se repita aquí: porque cuando el Partido Popular necesita a Vox, nunca duda; y cuando duda, siempre acaba cediendo. Y lo que hoy pierde Extremadura, mañana lo perderá Andalucía. DIARIO Bahía de Cádiz











