A unos trescientos metros, un trasiego de gente anuncia que al fondo hay mucho más que vida. Esa calle a la que da el viejo y pequeño mercado de Asilah, en la que a derecha e izquierda establecimientos clásicos de lo más variopinto conviven con puestos ambulantes, la mayoría con productos sin procesar, directamente traídos de la tierra. No es una calle: es como una brecha abierta por donde se cuela el color, el barro, la sal, la resina y el grito de los vendedores.
Según me voy acercando por la calle perpendicular, la brisa del Atlántico arrastra ese filo de humedad que se pega a la nuca. Pero solo hay que doblar la esquina para que el aire se transforme, diría que parece desaparecer.
No es viento lo que mis pulmones inhalan, sino una mezcla de olores sugerentes, vivos: el aroma a hierbabuena recién cortada se entremezcla con los efluvios y colores de las aceitunas y limones curados en salmuera; más allá, unos pequeños costales repletos con todos colores que hierbas, raíces, semillas y cortezas son capaces de conseguir.
El terroso y cálido de la cúrcuma, el cítrico y picante de jengibre, el sensual, cálido y penetrante del comino, se entremezclan con canela, azafrán y la pimienta produciendo un aroma en mayúsculas, huele a Assilah.
Los puestos que no son puestos, aparecen bien entrada la mañana y desaparecen una vez comenzada la noche, son apenas tablas sostenidas sobre cajas, mantas tendidas en el suelo, o carros de hierro oxidado que crujen cada vez que el vendedor se apoya en ellos.
Sobre estas estructuras, si podemos llamarlas así, descansa lo que la tierra ha dado directamente, sin intermediarios: alcachofas moradas con las hojas todavía cerradas, manojos de rábanos que aún conservan el barro de la huerta, montañas de naranjas y mandarinas, de mangos, zanahorias, plátanos… Boquerones recién salidos de la mar brillan con esa luz de plata mojada. Pastores y pastoras ofrecen sus quesos frescos hechos la noche anterior, y leche, recién ordeñada, en botellas de agua.
Se produce una lucha constante de colores que se pelean entre sí para ver quién prevalece. El rojo profundo de los pimientos secos colgados como ristras cuelga junto al amarillo casi naranja de las flores de azafrán que una mujer vende en cucuruchos.
El blanco de las jofainas de barro se enfrenta al negro intenso de las aceitunas negras, brillantes como ojos de pescado del puesto de al lado. Pero es la vistosa bandeja de dátiles primorosamente colocados, collares de higos secos propios de princesas, que junto a las negras ciruelas y uvas pasas armonizan en tonos y formas la composición geométrica.
Pero lo que da vida a este lugar no es tanto lo que se compra y se vende. Son las voces. Al empezar la mañana es un susurro roto solo por la llamada a la oración y algún que otro gallo que no se dio cuenta que hace ya tiempo que el día empezó.
no es una calle: es como una brecha abierta por donde se cuela el color, el barro, la sal, la resina y el grito de los vendedores
Según avanza la mañana es un vendedor de pescado, con las mangas remangadas hasta el codo y las manos con más escamas que el pescado que vende, lanza su pregón como un canto: “¡Jureles, jureles, los cogió mi padre esta madrugada!”.
Los compradores se inclinan sobre las frutas y verduras, las huelen, las tocan, las vuelven a dejar. Otro vendedor, un muchacho de bigote incipiente, sonríe con una mueca que le arruga toda la cara. Grita mostrando su blanca dentadura: “todo de la huerta de mi tío —dice—, no hay ningún producto igual”.
El tacto, incluso el gusto, también gobiernan esta calle. Pasan las manos de un lado a otro: dedos que estrujan los tomates para probar su firmeza, yemas que aprietan ligeramente una pieza de fruta recién cortada.
Un hombre vende especias en montoncitos sobre un mantel de arpillera; con una cuchara de palo ofrece probar el ras el hanut, y cuando lo pongo en mi lengua siento primero un calor seco, luego una avalancha de aromas que me suben por la garganta: canela, jengibre, pimienta, pétalos de rosa, algo que sabe a polvo de estrella.
Pero el momento mágico es el del caos de atardecer, cuando compradores aprovechan los últimos minutos antes de que los vendedores recojan, cuando los vendedores llaman la atención de compradores antes de que se vayan a sus casas y cuando el tráfico se incrementa notablemente provocando atascos de entrada y salida al mercado en la calle o la calle del mercado, entre los conductores impacientes, las madres y abuelas que llaman a los niños y adolescentes que gritan, y el gallo que canta insistentemente. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio














