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La favorita


Como cada mes, lo primero que hace, si no hay mucha cola, es presentar sus respetos al Nazareno; le pilla de paso y así, antes de cumplir con la necesidad, se queda en paz con el más allá -una vela, una mirada desde abajo y poco más-.

Como cada mes, con una caja de pescado encima del hombro, deja el Barrio de Santa María atravesando la calle San Juan De Dios y se mete al Pópulo pasando uno de sus arcos. Quizás sea algo ya rutinario, pero una vez al mes, cada vez que vuelve de trajinar la mar, hace una visita obligada a ese ‘bar’ que hace esquina frente al callejón del Duende; siempre al atardecer, siempre con esa necesidad irracional de buscar los besos, la piel, el olor de su Favorita.

Pedro era como su barco de pescador, su eslora y manga casi tenían la relación 1:1, renegrida con los vientos marinos, su piel llevaba más horas de sol que la duna de Bolonia. Sus ojos se encendían cuando se acercaba por la calle Mesón al bar donde encontraba a Tere, su favorita, su Venus, la mujer que mes a mes le recibía con una sonrisa desde su metro ochenta, que parecía  una estrella en el firmamento vista desde el metro sesenta de Pedro, sonrisa pagada, si, pero sonrisa al fin y al cabo.

En una palabra, Pedro bajaba de putas cada mes desde Barbate… en el pequeño bar que hacía esquina, bajo la mirada del duende desde su callejón…

Nada más atravesar la puerta Pedro notó mucha más luz que de costumbre, y Tere no estaba detrás de la barra. Una mujer menuda, morena, con unas grandes gafas le saludó a la vez que le preguntaba “¿qué le pongo?”. Mientras que él hacía esfuerzos para subirse a una banqueta y recorría con la mirada cada esquina del bar, fijándose en la puerta que daba acceso al cuarto de Tere que permanecía cerrado.

– Y Tere, ¿dónde anda?, dile que Pedro, el pescador de Barbate, ha llegado.

– Tere ya no está aquí- aseguró  la mujer menuda, morena que tenía unas grandes gafas.

La respuesta le hundió, pensó que iba a hacer ahora, como localizar a Tere… mientras contaba los cubitos de hielo en su medio de Larios se quedó mirando a través del vaso a la mujer menuda, morena que… Cuando sus miradas se cruzaron, la guiño un ojo, ella le devolvió una sonrisa, pero de gratis. Se acercó, y casi al oído le contó: “mira Pedro, este bar hace casi un mes que cambio de dueño y de estilo, ya no hay Teres, ni Manolis, ni cuartos con cama… sólo cerveza, vino, algunos licores, croquetas de puchero y de algas , una ensalada andalusí para chuparse los dedos, y mi sonrisa…”.

Pedro ha seguido bajando de Barbate cada mes con una caja de pescado fresco, se ha sentado en la barra para hablar con Pilar, quien ha aprendido mucho de artes tradicionales de pesca. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio

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