El 79 aniversario de la Explosión de Cádiz de 1947 ha pasado este año, también, de forma discreta, sin hacer demasiado ruido. Aquel 18 de agosto, al anochecer, la capital gaditana sufrió una de sus mayores tragedias de la era moderna: la explosión de un depósito de minas submarinas en San Severiano dejó más de 150 muertos y daños en buena parte de la zona de extramuros. Un desastre que la dictadura franquista intentó silenciar.
Este 2026, como ya ocurre cada verano, el Ayuntamiento ha celebrado su tradicional ofrenda floral en memoria de las víctimas junto al monumento que recuerda el suceso, frente al Instituto Hidrográfico de la Marina, donde a continuación se llevó a cabo un concierto conmemorativo como un ejercicio de memoria compartida, integrado por obras “de profundo carácter de recogimiento, lamento y esperanza ante el dolor humano”.
En el acto institucional han participado el alcalde, Bruno García, junto a otros representantes institucionales, además de los portavoces municipales de PP, PSOE y Adelante Izquierda Gaditana, Maite González, Óscar Torres y Lorena Garrón, respectivamente.
Durante el mismo se han leído los nombres de todas las víctimas; ha incluido las ofrendas florales realizadas por el Tercio del Sur, las asociaciones de vecinos y el alcalde; y un minuto de silencio en recuerdo de todas las personas que perdieron la vida hace 79 años.
Son prácticamente las únicas actividades convocadas este agosto en torno a la efeméride, más allá de una visita guiada gratuita que se viene organizando también en años anteriores por estas fechas. En la víspera, durante la tarde del lunes, José Antonio Aparicio volvió a recorrer los lugares relacionados con la Explosión, con la colaboración de la Armada española y del Instituto Español para la Reducción de los Desastres.
El escaso programa de actividades contrasta con las críticas que el PP lanzaba cuando estaba en la oposición. Entonces acusaba al gobierno local izquierdista de “desidia” y le reclamaba que organizara actividades extraordinarias alrededor de esta conmemoración. Ahora, ‘mandando’ en San Juan de Dios, tampoco plantea nada nuevo para divulgar y profundizar en lo sucedido hace casi ocho décadas.
Meses atrás, el pasado otoño, el Ayuntamiento sí concedió una de sus Medallas de Oro de forma simbólica a las víctimas de la Explosión de 1947; reconocimiento que recibió una de las supervivientes, Mercedes Salinas, de 95 años de edad. Vivía junto a otros tres hermanos en Tolosa Latour, al lado del sanatorio Madre de Dios, muy cerca del polvorín. Muchos de sus conocidos y vecinos fallecieron en aquel lugar.
HASTA LAS PUERTAS DE LA CATEDRAL SE DOBLARON…
Ese 18 de agosto de 1947 se produjo una explosión en un depósito de minas de la Base de Defensas Submarinas; suceso que arrojó el balance de más de 150 personas muertas, 5.000 heridos, y 2.000 edificios afectados.
Aquella noche la onda expansiva arrasó el barrio de San Severiano y los astilleros, los edificios de la barriada España, los chalets de Bahía Blanca, los Cuarteles, la Casa Cuna, el campo de la Mirandilla y el sanatorio Madre de Dios. En la Casa Cuna murieron niños y hermanas de la Caridad. En los edificios de los alrededores fueron sepultadas familias enteras.
Una explosión que quedó fundamentalmente reducida al Cádiz de extramuros, ya que las viejas murallas de las Puertas de Tierra y de San Roque, defendieron en gran parte al casco histórico, pese a que dicen que hasta las puertas de la Catedral se doblaron como consecuencia de la deflagración.
Y cuyas causas aún no son del todo claras y más teniendo en cuenta que fue un hecho que intentó silenciar la dictadura de Franco: se habla de accidente, en cualquier caso, evitable (no era entendible mantener un depósito de minas junto a la población), e incluso de sabotaje terrorista.
Lo que sí resulta evidente es la huella que dejó la catástrofe en la transformación posterior de la capital. Buena parte del Cádiz de extramuros (lo que el gaditano llama Puertatierra) es consecuencia directa de la reconstrucción emprendida tras aquella tragedia, con la ayuda del Régimen franquista.
Así nacieron las barriadas España, Trille, Brunete, Puntales, o La Paz. E incluso el Estado nacionalizaba el astillero de Echevarrieta y Larrinaga, arrasado por el suceso y en horas bajas, naciendo Astilleros de Cádiz, hoy, tras sucesivas crisis, parte de Navantia.
La exposición permanente abierta años atrás por el Consistorio en el Castillo de Santa Catalina trata de reflejar la magnitud de la catástrofe, recogiendo objetos personales de las víctimas, fotografías y documentos originales, además de una gran maqueta de cómo era el Cádiz de la época. DIARIO Bahía de Cádiz














