A mis compañeras y compañeros, amigos y amigas, que han caminado por miles de kilómetros de desierto para traer a casa no más que abrazos. Y especialmente a mi padre.
En una ocasión un talentoso escritor amigo y yo discutíamos sobre la esperanza y el fracaso. Yo, por mi parte, insistía en que la vida de cada cual debe regirse y entregarse únicamente a un fin último, perfecto, ideal, a través del que entender y transformar el mundo. Y hacer de ello un modo de vida tan sólido como las tapas de un libro que dure ya trescientos años. Y él, comprensivo, me miró a los ojos y dijo:
No se puede luchar contra Dios.
El Tiempo y la Historia no son personajes justos ni pacientes, y terminaron por dar la razón al sabio. Dios reside en el detalle, en la mirada. Dios es permanencia, es miedo. Podrás luchar contra sus dictados, pero su voluntad divina es el transcurso histórico, es la marea ignorante. Un boca a boca envenenado que lucha por no salir a flote para no ser cuestionado.
Dios es la duda que despierta el miedo a la respuesta.
En nuestra ciudad ha triunfado Dios. Se ha decidido por la desconfianza y, de manera paradójica, por la Fe. Por la desconfianza de no vernos capaces de afrontar nuevos momentos, de no saber escuchar y por creernos ingenuamente autores de una opinión que, en esencia, no existe. Y Fe, por negar nuestra conciencia y dar las llaves al carcelero. De nuevo vuelven viejos fantasmas, el Pueblo ha decidido que decrépitos y aventajados alumnos del drama político representen, con nuevas máscaras y nuevos nombres, una obra en la que todo cambia, pero no cambia nada. Y siguen siendo la misma pandemia que surge de la cosecha podrida.
Pareciera que, como congelados por la mirada de Medusa, se dejasen llevar por las mareas. Soplaban vientos de guerra, de cambio, pero el águila se alzó de nuevo, con una rosa en el pico, y todos temblamos. Nos batimos en retirada de una batalla que ya se había dado.
Y así los viejos espartanos vuelven sin escudos, partiendo al exilio. DIARIO Bahía de Cádiz Pablo Alías

A mis compañeras y compañeros, amigos y amigas, que han caminado por miles de kilómetros de desierto para traer a casa no más que abrazos. Y especialmente a mi padre.
En una ocasión un talentoso escritor amigo y yo discutíamos sobre la esperanza y el fracaso. Yo, por mi parte, insistía en que la vida de cada cual debe regirse y entregarse únicamente a un fin último, perfecto, ideal, a través del que entender y transformar el mundo. Y hacer de ello un modo de vida tan sólido como las tapas de un libro que dure ya trescientos años. Y él, comprensivo, me miró a los ojos y dijo:
No se puede luchar contra Dios.
El Tiempo y la Historia no son personajes justos ni pacientes, y terminaron por dar la razón al sabio. Dios reside en el detalle, en la mirada. Dios es permanencia, es miedo. Podrás luchar contra sus dictados, pero su voluntad divina es el transcurso histórico, es la marea ignorante. Un boca a boca envenenado que lucha por no salir a flote para no ser cuestionado.
Dios es la duda que despierta el miedo a la respuesta.
En nuestra ciudad ha triunfado Dios. Se ha decidido por la desconfianza y, de manera paradójica, por la Fe. Por la desconfianza de no vernos capaces de afrontar nuevos momentos, de no saber escuchar y por creernos ingenuamente autores de una opinión que, en esencia, no existe. Y Fe, por negar nuestra conciencia y dar las llaves al carcelero. De nuevo vuelven viejos fantasmas, el Pueblo ha decidido que decrépitos y aventajados alumnos del drama político representen, con nuevas máscaras y nuevos nombres, una obra en la que todo cambia, pero no cambia nada. Y siguen siendo la misma pandemia que surge de la cosecha podrida.
Pareciera que, como congelados por la mirada de Medusa, se dejasen llevar por las mareas. Soplaban vientos de guerra, de cambio, pero el águila se alzó de nuevo, con una rosa en el pico, y todos temblamos. Nos batimos en retirada de una batalla que ya se había dado.
Y así los viejos espartanos vuelven sin escudos, partiendo al exilio. DIARIO Bahía de Cádiz Pablo Alías

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