Me pasa con Oliver Laxe como con David Uclés, que me dan mucho coraje. Bueno, sinceramente me dan mucha envidia, no siempre sana, aunque sé que hablar de envidia sana es lo correcto para quedar bien. Es esa envidia que me pone ante el espejo, el que me devuelve mi imagen mientras una voz en off me dice: “sí, querido, haylos mucho más guapos, mucho más listos e inteligentes y para rematar mucho, mucho más jóvenes que tú”.
Es cuando cojo lo primero que tengo a mano y se lo tiro, mejor dicho, me lo tiro a mí mismo reflejado en el espejo y cada trozo de cristal repite, “son más guapos, más listos e inteligentes…”, formando un coro nada angelical.
Oliver Laxe, de nombre con resonancias francesas y apellido gallego, se atreve con el desafío de hacer una película en los desiertos, dejando clavados en los asientos del cine a las personas que acuden a ver su última creación. ¿Provocador?, sí. ¿Le gusta sorprender al espectador?, también. Para mí, aborda un tema clásico, tan clásico que aparece de forma recurrente en muchas de las obras de teatro griego, Edipo rey, Antígona…, la familia, pero a ritmo de rave en el desierto.
Sirat, en la cultura islámica está referido al puente más fino que un cabello y más afilado que una espada, que, sobre las llamas del infierno, los resucitados tienen que recorrer para llegar al paraíso. En definitiva, es ese frágil camino que separa el abismo de la esperanza, de lo nuevo, del paraíso. Ese camino imaginario aparece también de una u otra en casi todas las culturas y religiones como la escalera de Jacob, el puente Cinvat…
Una familia clásica, padre e hijo, destruida, inicia un viaje al desierto buscando a la hija y hermana. Empiezan a transitar su propio Sirat. No tardan en descubrir su nueva familia, su nueva tribu, que les cuidan, que les protegen. Alguien ha apuntado que es la nueva familia que encuentran, la que surge en el desierto cuando el mundo, su mundo, se derrumba.
cada uno tiene su puente que recorrer, su propio Sirat, que estrecho y afilado transcurre por encima del mismísimo infierno, o al menos del infierno de cada uno
El desierto, un océano de silencio y oro, donde el viento esculpe dunas como olas eternas bajo el sol, la arena guarda el susurro de vientos y estrellas que allí se reflejan al caer la noche a la luz de la luna, se transforma en el infierno en el que lo convierten los ecos de guerras no concluidas y plagado de campos de minas para que no las olvidemos.
En ese desierto, en el que cobra protagonismo la música machacona electrónica, el rave, conviven con la muerte y el sufrimiento. Creo que la clave es en el momento más duro, en el dolor por la desaparición de un hijo, la nueva familia se hace presente con más fuerza, acude a auxiliar, cuidar y proteger al padre roto, poniendo de manifiesto que en esos momentos la “casa familiar” clásica no existe y es sustituida por la nueva familia o tribu, compuesta por lo más marginal, de la gente que se va al desierto de rave en rave.
Cada uno tiene su puente que recorrer, su propio Sirat, que estrecho y afilado transcurre por encima del mismísimo infierno, o al menos del infierno de cada uno; pero en este recorrido, pese al riesgo de caer y volver al punto de partida, arriesgar es la única posibilidad de no habitar eternamente en las calderas de Pedro Botero.









