El fenómeno atmosférico ‘Francis’ ha convertido a Cádiz en una ciudad distinta. Ha dejado de ser “la Habana con más salero” que cantaba Carlos Cano, ni siquiera es la ciudad tranquila y auténtica de la temporada baja. En lugar del Levante que seca la humedad de entre las piedras, se ha instalado el viento frío, húmedo que no hiela la piel de golpe, sino que se instala en el cuerpo lentamente, como una pena.
No me resisto, a pesar del frío y el viento, andar Cádiz. Con estos vientos, algo de lluvia y los fríos doblando las esquinas, aquí no sale a la calle ni el mismísimo dios. Me cruzo con Juan, que duerme entre cartones en la entrada de un banco en la calle San Francisco, con Estrella, una mujer menuda que habla en susurros y guarda todas sus pertenencias en un carrito de la compra, cubierto con un plástico contra la lluvia insistente.
Solamente están en la calle los sin techo, los que no se juegan nada con el frío y la lluvia, solo la vida. Manuel y Miguel recientemente no soportaron el abandono, el frío, y murieron solos en la calle.
En la plaza de San Antonio me cruzo con cuatro chavales que llevan tres termos con algo caliente y vasos, están repartiendo calor.
He leído que se retrasa la inauguración para alojamiento de personas que viven en la calle. Alguien, en algún despacho, había multiplicado un presupuesto por una necesidad, el resultado totalmente insuficiente. Me acerco a Rafa, otra persona que duerme en la calle, y le pregunto que para cuándo cree que estará terminado el albergue. “Para el frío que viene”, me contesta con una sonrisa que deja ver su dentadura con más huecos que dientes.
Continúo mi camino hacia la plaza de San Juan de Dios. Tres policías municipales se apiñaban bajo el soportal del Ayuntamiento, compartiendo cigarrillos y noticias.
Entre las noticias que comentan los fumadores funcionarios (quizás no era humo lo que echan por la boca y es solo el vaho producido por el frío) hablan de nuevas invasiones, secuestros de presidentes, de acciones del KKK a cara descubierta del siglo XXI, de toreros que hacen apología del terrorismo…
Siento que el corazón se me congela, que un escalofrío me recorre la espalda. A veces me parece que el fin inmediato que tienen es congelar a la sociedad, conseguir que nadie piense y menos que comparta opiniones, que nadie salga a la calle. Más o menos como la borrasca ‘Francis’ en Cádiz.
Por eso esas bravuconadas de matones de patio, de esas “extracciones presidenciales”, de las visitas de ministros sionistas a las cárceles amenazando a presos palestinos, con solo la intención de humillarlos; del genocidio sostenido en el tiempo tanto en Gaza como en Cisjordania.
En definitiva, quieren que se abandone toda esperanza, que se abandone toda sonrisa. Les gusta ver a la gente temblando, y que no se descubra que a veces uno deja de tiritar cuando empieza a abrazar a otros.
el invierno gaditano y el otro, por duro que sea, lleva en su seno la promesa de la primavera, que no es una estación sutil, sino una explosión. Creo que es necesario, en épocas grises más aún, pensar y caminar hacia el futuro
El frío, como el invierno, es, en efecto, solo un paréntesis entre el otoño con un suspiro de hojas doradas que se desprenden y la primavera que lo cierra con el chasquido verde de un brote. Dentro de este paréntesis invernal, los gestos se hacen más pequeños, más esenciales. Es el olor a castañas asadas que escapa de un puesto en la esquina de la calle Sacramento, un aroma dulzón que lucha contra la humedad salina. Es el refugio en la Librería Manuel de Falla, donde las estanterías de madera parecen guardar no solo libros, sino también el calor silencioso de todas las historias que contienen.
Cualquier época de frío, climatológico o social, cualquier paréntesis, por definición, es que se cierra, que se acaba. El invierno gaditano y el otro, por duro que sea, lleva en su seno la promesa de la primavera, que no es una estación sutil, sino una explosión. Creo que es necesario, en épocas grises más aún, pensar y caminar hacia el futuro.
Pensar en el primer día en que el sol de mediodía calienta la piedra de los bancos de la plaza de las Flores y una enredadera se atreve a asomar un brote tímido, en el olor a azahar que de repente inunda la plaza España.
Aprender a vivir el paréntesis, no a sufrirlo pasivamente, sino a vivir en él con una atención distinta. Porque después del paréntesis, viene la continuación de la frase. La primavera no borra el invierno, así como el “después” no borra el “antes”. Pero le da un nuevo sentido. El frío vivido hace que el primer rayo de sol de marzo no sea solo luz, sino gratitud.
Así que, de esconderse en casa nada. Abrigarse sí, pero andar hacia adelante a pecho descubierto, porque “Nosotros somos quien somos, ¡basta de historia y de cuentos!”. DIARIO Bahía de Cádiz










