A finales del mes de febrero, la luz es diferente, ilumina de forma distinta. Poco a poco a mi despertar por la mañana le saluda desde la ventana la claridad del día que comienza a bostezar. Después de tantas mañanas grises, de esos amaneceres que solo los detecta el reloj, la claridad me ha rozado la cara como si alguien, con mucho cuidado, me hubiera puesto una mano tibia en la mejilla.
Marzo se acerca, los naranjos de la Plaza España empiezan a abrirse paso, minúsculos pezones blancos que no tardarán en convertirse en azahar como de papel de seda, que convivirán con lo que hace tiempo eran flores blancas, hoy convertidas en naranjas que han resistido el paso de lluvias y vientos sin desprenderse del árbol. El resto de árboles, setos y arbustos se llenan de brotes tercos, como si diciendo “aquí estamos” después de tanto frío.
El graznido de las gaviotas se convierte en la banda sonora de la lucha por la comida, el territorio, o simplemente de la comunicación de estas aves, como un concierto desordenado y escandaloso que me recuerda, antes de que abra los ojos, que estoy cerca del mar.
En los puestos de mercado, entre el color dominante de naranjas, mandarinas y manzanas, se abren paso los rojos en varias tonalidades de fresas, fresones y cerezas tempranas, aunque el precio de estas se anuncia por doscientos cincuenta gramos y no por kilo. La gente camina más despacio, se quita bufandas y chaquetas para recibir al menos la caricia del sol y de la brisa. Todo huele distinto: a albahaca y almizcle lejanos, a promesa.
Pero no tarda en ganar la realidad y todo eso se desmorona. Porque en algún lugar, mientras que esta mañana una suave luz me acariciaba la cara, otra luz, o quizás la misma, está iluminando escombros. La misma claridad que hacía brillar las incipientes flores de los naranjos se refleja en cascos de soldados, en cristales rotos, en los ojos vacíos de niños que han visto demasiado.
Las matanzas, las torturas a palestinos siguen, las expulsiones de la población palestina de sus casas, de su territorio continúan, la estupidez humana, el genocidio sionista sigue.
Mientras aquí celebramos que el invierno se acaba, allá la gente se tapa como puede en refugios que huelen a humedad y a miedo. A la vez, el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir, pisoteó las cabezas de prisioneros palestinos en la cárcel de Ofer, en Cisjordania, con un despliegue de medios de comunicación.
me duele saber que mientras yo me emociono con un brote de azahar, hay madres que están buscando a sus hijos entre los muertos, que mientras disfruto del primer café en la terraza, hay hombres y mujeres que huyen sin saber dónde dormirán
Mientras Marwan Barghouti, líder de la primera y segunda intifada y de Fatha, sigue secuestrado por, no solo el sionismo, también por todos los que apoyan y participan en la llamada Junta de Paz que impulsa Trump con la misma mano que suministra armamento y recursos a los sionistas que siguen asesinando a Palestina, hablan de su derecho divino sobre la tierra.
Y me duele. Me duele esa mezcla imposible de lo bello y lo horrible. Me duele saber que mientras yo me emociono con un brote de azahar, hay madres que están buscando a sus hijos entre los muertos. Que mientras yo disfruto del primer café en la terraza, hay hombres y mujeres que huyen sin saber dónde dormirán esta noche.
Esta primavera que llega es más necesaria que nunca. Porque la tierra, después del frío y la oscuridad, se empeña en florecer, en oler a azahar. Porque la vida, contra todo pronóstico, sigue empeñada en abrirse paso. Y nosotros, que somos también tierra que camina, deberíamos aprender de esa obstinación.
Hoy, el primer día de marzo, el aire ya no muerde. Huele a azahar en la Plaza de España. A la noche, mirando las estrellas, las mismas que miran a Palestina, a las tiendas de campaña que intentan proteger a su población perseguida, he pensado que la luz, al final, alumbra a todos. Ojalá un día lo sea también la paz. DIARIO Bahía de Cádiz Fermín Aparicio












