Nos separan apenas catorce kilómetros, nos unen siglos de influencias mutuas a ambos lados, pero no solo esto, también una historia rica, compleja y llena de matices. Una historia compartida que ha dejado su huella en la arquitectura, en el lenguaje, en la comida y en la memoria de ambos pueblos, es decir, en sus respectivas identidades culturales.
Contemplar en la costa de enfrente al Atlante dormido. Distinguir claramente la costa gaditana desde Punta Cires, el Castillo de Guzmán el Bueno y la Isla de las Palomas, me produce siempre la misma sensación de la primera vez que distinguí desde Vejer la silueta del continente de enfrente. Si te fijas bien puedes distinguir la columna de Melkart o Hércules, como quieran.
Los olores, porque el sentido del olfato es el más primario de los sentidos, son los de mi memoria y mis emociones. El comino tostado que inciensa la cocina, mezclándose con el dulzor de la canela y el agua de rosas de los postres. Huele a familia, a puchero lento, a las galletas de las fiestas.
Creo que la magia está en esos aromas simples que nos hermanan. Como el limón conservado que da un golpe de vida a un guiso, igual que la naranja en una salsa. O la frescura del cilantro y el perejil, que son como primos verdes. Es la misma calma, la misma generosidad de quien cocina para celebrar que estamos juntos, transformando lo sencillo en un banquete anímico.
Hay algo que siempre me emociona al ver un plato de cuscús o de un buen arroz a banda. Es ese dorado del azafrán, que da la impresión de pelearse por capturar el último rayo de sol de la tarde. También está el rojo; el del pimentón que huele a leña y el de la harissa. Y por todas partes, el verde brillante del aceite de oliva y las hierbas frescas, con el empeño de meter en cada plato una ladera de hiervas en miniatura.
Se me pone el vello de punta cuando escucho la Tarara rescatada por García Lorca o Chams Elachiya, interpretadas por un grupo musical Andalusí, las dos me hacen reconocerme en sus ritmos.
A ambos lados de esos catorce kilómetros, a menudo nos hemos esforzado en parecernos al norte, en dejar de ser del sur, creo más por imitación, por falsos espejismos de dónde estaba la falsa “virtud”, el falso progreso. Nos pusieron un espejo que nos devolvía, como los espejos de las ferias, una imagen deformada de nosotros mismos, a la vez que una imagen, no menos equivocada del idílico norte.
a menudo nos hemos esforzado en parecernos al norte, en dejar de ser del sur, creo más por imitación, por falsos espejismos de dónde estaba la falsa “virtud”, el falso progreso
A ambos lados de ese pequeño estrecho, las consecuencias del cemento que marchita la tierra, del asfalto que echa raíces en una tierra que grita y se lamenta de dolor, de esa forma de desarrollo patrocinado por el norte, se llamen Emilia, Leonardo o Marta, azotan, destruyen a la vez que advierten que hay que salvar a Acal (Awal, Acal, Afgan), a la Madre Tierra.
Nizar y Nordin, dos jóvenes músicos de Tánger, se buscan un hueco profesional en la música con el mismo ahínco que Alberto en Madrid, o Juan Carlos en Cádiz. Kamal sabe que su futuro no está en Agadir, igual que Naiara y Pau saben que el suyo no está en Barcelona. Ilyas y Carlos corren tras un balón de fútbol, persiguiendo sus sueños, el primero mancha sus zapatillas con polvo del desierto, el segundo con arena de la Malagueta. Alguna vez creo que les guardamos el mismo futuro incierto a nuestros jóvenes, negándoles su presente.
Quizás haya llegado el momento de seducirse mutuamente, como decía Don Carlos Guama: “la única forma de que la humanidad demuestre que de verdad es merecedora de tal título, será cuando la palabra sea la única arma, cuando para mezclarse entre los pueblos, se utilice la seducción en vez de la sumisión y la invasión”. DIARIO Bahía de Cádiz










