Hay momentos en la historia en los que la política deja de ser un tablero de estrategias y se convierte en un ejercicio de temeridad. Hoy vivimos uno de esos instantes. Según el presidente Donald Trump, Estados Unidos estaría a horas de “arrasar” completamente un país: Irán. Una afirmación de tal calibre no es solo una amenaza militar; es una señal inquietante del tipo de mundo que algunos dirigentes parecen dispuestos a construir.
No sabemos con exactitud qué pretende conseguir el mandatario estadounidense con este movimiento belicista. Tal vez busque reafirmar un liderazgo global cada vez más cuestionado, o quizá simplemente actúe impulsado por una lógica de poder que recuerda a los viejos imperios.
Lo que sí sabemos es que sus gestos, su retórica y sus decisiones transmiten una peligrosa combinación de unilateralismo, desprecio por los equilibrios internacionales y una concepción de la política exterior que se acerca más a la imposición que a la diplomacia.
Y como si el escenario global no fuera ya suficientemente desconcertante, hoy mismo nuevas declaraciones del presidente estadounidense han añadido una nota que roza lo surrealista. Durante una comparecencia pública, Trump afirmó que podría aprender español rápidamente para presentarse algún día a la presidencia de Venezuela, asegurando incluso que sería el candidato más popular de la historia del país. Y aunque el comentario fue presentado como una broma, refleja una forma de entender la política internacional como si fuera un terreno de conquista personal, donde los países se convierten en escenarios de ambiciones individuales más que en naciones soberanas con su propio destino.
Mientras en Europa observamos con creciente preocupación cómo esta deriva amenaza con erosionar los pilares del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando los discursos de fuerza sustituyen al diálogo y la amenaza reemplaza a la negociación, el sistema de alianzas —incluida la propia OTAN— empieza a resentirse.
La inquietud se percibe también en decisiones que hace apenas unos años habrían parecido impensables. En Alemania, por ejemplo, se debate la posibilidad de restringir durante largos periodos la salida del país para hombres en edad militar. Más allá de los detalles de cualquier propuesta concreta, el simple hecho de que estas discusiones estén sobre la mesa refleja el clima de incertidumbre que se extiende por el continente.
España tampoco es ajena a esta tensión. La posición de nuestro gobierno, que ha insistido en un “no a la guerra” como principio rector, ha generado fricciones con Washington. A ello se suma un tablero geopolítico complejo en el que Marruecos, el Mediterráneo y el Atlántico juegan un papel estratégico. Las ciudades de Ceuta y Melilla, históricamente sensibles en la diplomacia regional, vuelven a aparecer en las conversaciones sobre equilibrio de poder y presión internacional.
en lugar de reforzar los mecanismos de cooperación global, algunos dirigentes prefieren jugar la carta de la amenaza, como si el mundo fuera un tablero donde las piezas pudieran sacrificarse sin consecuencias humanas
Pero reducir el debate a una pugna de influencias sería un error. España y Estados Unidos comparten décadas de relaciones humanas, culturales y militares. En Andalucía, por ejemplo, la convivencia en torno a bases militares estadounidenses ha generado vínculos familiares, sociales y económicos que trascienden cualquier coyuntura política. Son relaciones que pertenecen a las personas, no a los caprichos de un líder de turno.
Lo verdaderamente preocupante es que la política internacional parece avanzar hacia una lógica de confrontación permanente. En lugar de reforzar los mecanismos de cooperación global, algunos dirigentes prefieren jugar la carta de la amenaza, como si el mundo fuera un tablero donde las piezas pudieran sacrificarse sin consecuencias humanas.
Vivimos, sin duda, momentos complejos. Momentos en los que muchas sociedades parecen mirar hacia otro lado por miedo a lo que pueda venir. Pero la historia demuestra que el silencio nunca ha sido una buena estrategia frente a los excesos del poder.
Europa, y también España, tendrá que decidir si mantiene su propio ritmo —basado en la diplomacia, el derecho internacional y la convivencia— o si se deja arrastrar por una política de fuerza que convierte la guerra en espectáculo y la amenaza en instrumento cotidiano.
Porque si algo debería quedar claro en este tiempo convulso es que el liderazgo político no se mide por la capacidad de destruir, sino por la habilidad de evitar que el mundo vuelva a hacerlo. DIARIO Bahía de Cádiz











