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Vivir para vivir


La abuela Dominga ha muerto. Le faltaban apenas cinco años para llegar al siglo. Dicen que era mujer de carácter. Le gustaban las flores pero en su entierro no había ni una sola corona por su expresa voluntad. Sólo el coche fúnebre con ella en su último paseo. También dejó claro que quería que la quemaran y que sus cenizas sirvieran para abonar la tierra santa del cementerio y que las plantas crecieran con su energía. La abuela Dominga seguirá viva hasta mucho después de no estar entre nosotros, seguramente no querría coronas para dejar a las flores vivir en sus lugares correspondientes. Algunas raíces, tallos, pétalos del cementerio, contendrán una pizca de la abuela Dominga en su interior, tal vez lo podamos comprobar por la forma en que los cimbree el viento, esas plantas lo harán con más carácter, el de la abuela Dominga que puede que jamás se extinga del todo, es más, acaso seamos nosotros los que desaparezcamos antes que ella si no seguimos su ejemplo.

Rafael entra en mi despacho de profesor en la Universidad de Sevilla. Bueno, no entra, lo entran. Rafael –veintipocos años- va en una silla de ruedas y sólo puede mover la cabeza ya. Y pensar. El resto del cuerpo se ha ido rindiendo poco a poco. En su vehículo se observa –anudada- la bufanda de un equipo de fútbol, el Betis, en verde y blanco, y pequeñas banderitas de Cuba. Su madre siempre va con él y en esta ocasión lo acompañaba también su hermana con sus ojos claros y risueños.

El despacho es pequeño y la madre hace malabarismos para poder colocar la silla frente a mí. Algunos mecanismos ya no los puede usar Rafael porque sus brazos y sus manos han perdido la fuerza que les restaba. Rafael viene a examinarse de mi asignatura, Estructura de la Información. Por fin, el escaso espacio nos permite acomodarnos y la madre dice que ella se va con su hija para que los dos nos quedemos solos. Le levanta la cabeza a su hijo para que pueda hablar y pensar mejor y luego sale del despacho y cierra la puerta. Es un descanso para ella aunque sea media hora, su vida está también adherida a una silla de ruedas, los recortes en los dineros para las personas dependientes no le permiten apenas desahogos ni trabajar y eso que algo recibe, sólo algo.

En las tutorías anteriores al examen ya les advertí a madre e hijo que no me voy a dejar impresionar por esa silla de ruedas y por esa enfermedad degenerativa, algo imposible, claro, pero aquí los sentimientos hay que dejarlos a un lado por el bien del alumno. Sin embargo, Rafael es como me había dicho su madre: si no está bien preparado, no se presenta. Cuando le pregunto empieza a reflexionar de manera muy acertada sobre el mundo mediático y su contexto, ése que le impide a usted –lector- recibir un buen periodismo desde los medios llamados poderosos, tal y como tiene usted derecho por mandato constitucional.

Rafael no sabe algún que otro detalle importante pero, en conjunto, me sorprende porque ha asimilado la sustancia de la asignatura, piensa con rigor, apoya sus argumentos con ejemplos y demuestra seguir la actualidad. Decenas de sus compañeros se levantaron del examen escrito cuando leyeron las preguntas. Durante el curso han estado “pasando” pero, claro, la culpa puede que la tenga el profesor. Rafael está más vivo que muchos de ellos y yo me emociono por dentro escuchándolo.

Ignacio Sequeiros y Toni Luz hablan en Radio Nacional de España del próximo concierto que esta semana han ofrecido Pekenikes, el grupo que fue “telonero” de The Beatles en 1965, durante el concierto que los cuatro fabulosos ofrecieron en la Plaza de Toros de Las Ventas, en Madrid. Pero insisten una y otra vez en que nada de nostalgias, que van a tocar música para el que quiera oírlos y verlos. Y es así, en efecto, vivir para dar vida, morir para dar vida, como la abuela Dominga, como John o como George o como Alfonso Sainz, el fundador de Pekenikes y autor de temas que suenan vivos, que falleció el año pasado.

Todos nos dan vida y nos impulsan a desobedecer a quienes persiguen matarnos, quitarnos las energías para ellos hacer y deshacer a sus anchas. Pero no olvidemos lo que Stanley Kubrick pone en boca de Kirk Douglas cuando éste encarna el papel del esclavo tracio Espartaco en la película del mismo nombre: “Con uno que dijo NO, tembló Roma”. DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig

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