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Desorden en España

Se acabaron las ilusiones de Pedro Sánchez. Lo intentó, se alió con tirios y troyanos para echar de la Moncloa a un impresentable Mariano Rajoy para alojarse él sobre la base de un deseo: apruebo unos presupuestos con los que comprar al pueblo, negocio con los catalanes, de esta manera revivo al PSOE, cuando la gente vea que le aumento su bienestar convoco elecciones, gano y o gobierno ya con holgura o pacto para gobernar.

Pero la jugada le ha salido mal, este es un país de egoísmos por ahora sin remedio, un país sin talento arriba, y España –Cataluña incluida porque, a grandes rasgos, es la Tarraconense de la Hispania romana- anda metida en un desorden que es más mental que social aunque la crispación social es muy alta, tanto, que –a pesar de que no comparta la reacción cobarde del mundo hegemónico español de entonces- he comprendido por qué estalló la guerra civil de 1936 sólo que ahora el contexto geopolítico es completamente diferente.

Hay sin embargo un desorden que se ha ido sembrando todos estos lustros pasados por parte de la izquierda y de un PP que ha ido perdiendo señas de identidad. Muchos españoles se sienten presos de una explícita dictadura en la que se quiere que lo no habitual sea lo habitual, que lo blanco sea negro, que no hayamos aprendido nada de la Historia porque ha dejado de ser la maestra de la vida y cuando nos criamos sin maestra cada cual va por ahí como pollos sin cabeza.

Se trata de una crisis mundial de la civilización occidental que en España se manifiesta a su manera pero con puntos comunes en relación con otros países de su entorno. Se han desdibujado conceptos culturales que los humanos nos hemos dado para que todo esté mejor articulado, para nuestra supervivencia, y lo ha hecho una ideología que se ha basado en una falsa interpretación de principios como igualdad, justicia, solidaridad, progresismo, derecha o izquierda. A la crisis endémica del sistema capitalista –sin alternativa alguna- con sus efectos no ya sólo de paro y precariedad sino de frenesí social, competitividad enfermiza, patologías mentales, se ha unido una supuesta alternativa que ha llevado al ciudadano a una confusión mental absoluta.

La evolución salvaje del mercado con su apoyo en una tecnología que avanza a pasos agigantados, se ha unido a una eliminación del papel de la jerarquía cotidiana y social, lo de callarse cuando habla el que más sabe está en retirada desde hace años, la sociedad mercantil hace ya mucho tiempo que comenzó a romper a la familia tradicional, sustituyendo aquello de “la familia que reza unida permanece unida” por “la familia que compra unida permanece unida”. Ambos preceptos son falsos porque el tiempo ha roto la comunidad a nivel micro y macro y la ha sustituido por seres aislados y a la vez alienados por herramientas digitales que parece que los comunican pero que en realidad los aíslan. El móvil es una extensión del cuerpo y en las casas cada cual tiene su mundo en su habitación. Las parejas están una en Boston y la otra en California, no les es posible planificar sus vidas, unas no pueden procrear y otras no quieren porque no tienen agallas para educar y eso se disfraza con frecuencia de progresismo al igual que el aborto. Y hay otras que realmente deciden vivir sin descendencia. La pareja, el amor, la familia, todo está en crisis, todo está en transición, ¿hacia dónde?

La experiencia no tiene valor, hay demasiados reyes del mambo, el padre le quiere dar órdenes al maestro delante del alumno, el alumno se empodera y cuando llega a la universidad cree tener derechos que aún no merece ni está preparado para tenerlos, pretende decirle al profesor en qué consiste su libertad de cátedra, los cerebros infantiles que no están biológicamente preparados para ser “demócratas” se tratan como tales, los adultos huyen de sus responsabilidades como seres que deben llevar la batuta, la autoridad, que no la tiranía; el feminismo ha logrado que los hombres y las mujeres no luchen ya juntos por sus derechos sino que se hable de los hombres genéricamente como el enemigo a batir, los hombres entran en un mundo donde no saben cuál es su sitio, las mujeres no traen un mundo nuevo sino una imitación de la bafea que han construido los varones, hasta las enfermedades ayer abrumadoramente masculinas –como el cáncer de pulmón- hoy son mayoritariamente femeninas.

El feminismo radical peca de ignorancia, no es capaz de distinguir entre identidad y mimesis y eso se debe a la tremenda falta de cultura de sus dirigentes, en el gobierno de Pedro Sánchez tenemos un ejemplo claro, la vicepresidenta, Carmen Calvo, es patética, ni sabe hablar en público. La expresión “patriarcado opresor” suena como la conspiración judeo-masónica de Franco sin que ello quiera decir que no hayan varones –jóvenes o no- asesinos, maltratadores o mujeres maltratadoras que de eso tampoco se puede hablar por la existencia del buenismo.

La igualdad tal y como la hemos considerado ha desembocado en la prevalencia de la mediocridad, en planes educativos bajos en calorías, ha llevado a premiar al espabilado de turno y al que no se esfuerza, el país se ha llenado de mediocres que han buscado en la política su razón de ser y se han arreglado la vida con ella. En la enseñanza, la igualdad ha premiado al vago, al indolente, y ha marginado al meritorio. Esto se ha convertido en la contra-utopía platónica: no gobiernan los sabios tal y como pretendía Platón sino los retraídos, los guapitos de cara, los piquitos de oro, en política se ha dado una contra-evolución, de Fraga a Aznar y de éste a Rajoy y a Casado; de Carrillo a Gerardo Iglesias, de Felipe González a Zapatero y de Zapatero a Sánchez, del Partido Andalucista con sus excelentes políticos (Rojas-Marcos, Uruñuela, Arredonda) a la nada, de los nacionalistas catalanes responsables (Tarradellas, Jordi Solé Tura) a estas plañideras con cuchillos en las butxacas  que padecemos ahora.

Mientras, en el exterior el mundo mercantil ha seguido –esencialmente- la pauta de los siglos XIX y XX: invadir países, destruir sus recursos y robarlos, matar inocentes, lo cual ha provocado una oleada de inmigrantes a los que hay que llamar migrantes porque la nueva dictadura así lo ordena. Los emigrantes han propiciado que aparezcan montones de organizaciones supuestamente humanitarias que llevan la batuta del discurso porque juegan con los sentimientos de todos colocando ante nosotros el infortunio ajeno gracias a lo cual pueden ser ellos también protagonistas mientras que los malos resultan ser las fuerzas de seguridad que aguantan carros y carretas y no pueden hablar, como les ocurre a tantas otras personas sometidas a la ley posmoderna que ha implantado la estupidez: una nueva espiral del silencio.

Eso de que hay que luchar por la justicia y no por la caridad ha pasado a mejor vida, eso de mojarse el trasero si quieres coger peces exige mucho trabajo y arriesgar el pellejo, mejor vivir a costa del pobre negrito pero lo cierto es que cuando llegan unas elecciones la gente que vive en directo el drama de la inmigración vota a partidos que no están de acuerdo con el eslogan cómodo, irreal y pijo de “aquí cabemos todos”. Y no nos preguntamos abiertamente por qué votan así, ¿todos son unos racistas, xenófobos, intolerantes, fascistas? El desorden se caracteriza también por huir de lo importante para centrarse en las emociones, lo epidérmico y las simplicidades.

El hundimiento del Muro de Berlín hundió a la izquierda que no sabe distinguir entre política y religión y pierde el tiempo con el desentierro de Franco, entre otras distracciones que demuestran su falta de ideas de fondo y de proyectos y eso lo nota el contribuyente. Todo esto es una época de encaje en la que la gente acude a soluciones que ordenen el desorden o eso cree erróneamente la población porque los partidos que hablan de orden, si es que ordenan la sociedad, lo hacen con un orden artificial de tres al cuarto, palo y tentetieso. Ese orden detiene la Historia, en realidad no resuelve nada de fondo.

En este contexto se presentan las elecciones del próximo 28 de abril, sin estadistas, sin cerebros que vean más allá de los Pirineos o con esos cerebros escondidos y marginados, algo muy propio de la mediocridad. Si un milagro no lo remedia, nos disponemos a elegir entre lo malo y lo menos malo. Y a los milagros hay que trabajárselos.  DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig

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