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Olimpiadas y política. Cielo e infierno de la humanidad


Cuando Pierre Fredy de Coubertin, pedagogo e historiador francés, , en la última sesión del Congreso Internacional de Educación Física que se celebró en la Sorbona de París, el 26 de junio de 1894, se decidió instituir los Juegos Olímpicos, como un resurgimiento de aquellos famosos juegos griegos celebrados en la ciudad de Atenas; tenía en mente que el deporte amateur reuniera todas las virtudes de las que el resto de la sociedad parecía más bien andar escasa. Su lema fue: “Lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien”. Como buen filántropo no tuvo inconveniente en aceptar como meta de los juegos que acaba de crear la filosofía de unir en una extraordinaria competición a los deportistas de todo el mundo, bajo el signo de la unión y la hermandad, sin ánimo de lucro y sólo por el deseo de conseguir la gloria, competir por competir, como dice la frase de Ethelbert Talbot, “lo importante no es vencer, sino participar”. Para el barón de Coubertin lo esencial era librar a las competiciones deportivas de todos aquellos vicios, intrigas, chanchullos, componendas y trucos, que tanto se venían produciendo en las competiciones profesionales en las que los amaños, las mafias, las presiones y las amenazas para trucar los resultados, habían convertido en un gran engaño a muchas de aquellas competiciones, presuntamente presididas por la ética y la honradez.

En este año olímpico del 2016, se están celebrando los Juegos de la XXXI Olimpiada o, más abreviado, juegos de Río 2016, que han tenido lugar entre el 5 y el 21 de agosto en el Brasil. Se podría decir que estas competiciones, celebradas entre deportistas de todos los países del mundo, intentan y creemos que, con la perfección que dentro de los humanos se puede conseguir, promocionar virtudes como el fair play , el compañerismo, la camaradería, la buena sintonía y el espíritu de sana convivencia entre los deportistas de cualquiera que fuere su origen, nacionalidad, su religión, su filiación política o su apariencia física, para que se conviertan en los principios a que se sujeten todos los participantes en los juegos. De hecho, se ha podido comprobar que estamos hablando de algo que flota en el ambiente de las competiciones, especialmente, cuando hemos tenido ocasión de comprobar que dos corredoras que participaban en una prueba de velocidad y tropezaron la una con la otra, cayendo ambas al suelo; en lugar de intentar volver a la justa la más rápidamente posible, se intentaron ayudar la una a la otra, despreocupándose del resultado de la competición que, con toda seguridad llevaban años preparándola. ¡Hermoso gesto y admirable muestra de solidaridad!

Cuando vemos a nuestros atletas, en ocasiones pertenecientes a distintos equipos nacionales, que se baten el cobre en las competiciones españolas, formar una piña, ayudarse, animarse y colaborar estrechamente, los unos con los otros, en beneficio de la lucha por conseguir victorias que prestigien la gloria de nuestra nación; deberemos admitir que, estas personas, tienen el mérito de saber de prescindir de sus pequeños desencuentros motivados, en ocasiones, por sus competiciones en las ligas españolas; para someterlo todo al interés general del equipo que representa a la nación española, con el fin de conseguir llegar a lo más alto que, sus fuerzas y habilidades, les permitan alcanzar.

Estos chicos y estas chicas que se emocionan escuchando el himno nacional; que se alegran de las victorias de sus compañeros, que animan con sus aplausos a sus propios competidores y que, cuando pierden, no tienen reparo en dirigirse al atleta vencedor para felicitarle y estrecharle la mano. ¡Qué ejemplo de caballerosidad, qué capacidad de dominio de sus reacciones negativas, para sobreponerse y reconocer la superioridad de aquel que, en justa lid, ha conseguido la victoria! Un mundo distinto, un mundo en el que, siguiendo el pensamiento del psicólogo y escritor italo-argentino Walter Riso: “La vida no tiene sentido se lo das tú, con lo que hagas, con lo que te apasiones. Tu construyes el universo a tu medida”. Seguramente  Coubertin, por mucha imaginación que hubiera tenido, no se hubiera podido imaginar el éxito de su idea, la pervivencia en el tiempo de su concepto del olimpismo, siguiendo el espíritu de los juegos griegos y, el esplendor que, a través de las distintas generaciones de la humanidad, irían adquiriendo las distintas celebraciones, a medida que las tecnologías y los nuevos descubrimientos iban perfeccionando los medios de los que iban a disponer, los nuevos atletas, para mejorar su rendimiento y conseguir cotas que, nunca en la vida, aquellos primeros atletas de los modernos juegos de Atenas, hubieran llegado a imaginar.

Ahora que, en España, estamos pasando por una etapa de incertidumbre política; que estamos sujetos a unos políticos dominados por los demonios de su incompetencia, de su egoísmo, de su incapacidad y cerrazón mental, no nos queda más que compararlos con estos participantes alegres, entusiastas, incansables, hermanados por el espíritu de los juegos, inmunes al desánimo y capaces de superar el agotamiento, apurando hasta la última caloría de sus atléticos cuerpos, para alcanzar las metas que se han propuesto, no por dinero ni por orgullo personal (suelen se muy modestos a la hora de presumir de sus triunfos) sino por lo que significa su victoria para el resto del equipo y nación a la que pertenecen.

Una comparación que, por desgracia para el pueblo español, no puede ser más negativa, más descorazonadora y más desastrosa para los intereses del país y para el pueblo español que, en honor a la verdad, ha tenido una parte importante de la culpa de que España se encuentre, una vez más, en una situación en la que todos corremos el peligro de volver a una involución que nos arrastre a aquellos tiempos en los que, en nuestro país, dos partes en guerra se estaban jugando el futuro de la nación, sin más que dos opciones: un país en ruinas pero en manos de aquellos que habían intentado conservar la reserva moral de nuestros ancestros o bien (la república ya era inexistente) una nación más, dominada por el Frente Popular, apoyado por el Dr. Negrín y en manos de los comisarios de la Lubianka soviética, preparada para, si la victoria hubiese caído del bando de los rojos, hacerse cargo del gobierno de España, trayendo los procedimientos vigentes en Moscú algunos de los cuales, como fue el caso de las “checas”, ya tuvimos ocasión de experimentar sus efectos en la zona republicana, donde su uso fue la causa de la muerte y tortura de miles de religiosos, católicos y demás ciudadanos cuyo único pecado era su elevada posición social.

Si Dios no lo remedia y los partidos siguen empeñados en mantenella y no enmendalla, es muy posible que acabemos por tener que acudir a unos terceros comicios que, aparte de resultar el ejemplo de la más absurda incapacidad de nuestros políticos para llegar a acuerdos, es muy posible que tampoco fueran suficientes para hacer entrar en razón a aquellos que, lo único que pretenden, es ir repitiendo las consultas hasta que, alguna vez, por cansancio o por desesperación consiguieran que los votos llegaran a favorecerlos. ¿Tienen estas posturas algo que ver con las reglas democráticas? Es evidente que no, pero estas han sido y siguen siendo las martingalas de las izquierdas para hacerse con el poder. Las normas les sirven mientras que favorezcan sus intereses pero, en cuanto les impiden conseguir sus objetivos, entonces optan por la rebelión, el incumplimiento de las leyes y la implantación de la dictadura; al ejemplo de lo de Maduro en Venezuela, algo que intentan los de Podemos y es posible que lo consiguiesen, si como parece, el señor Sánchez se muestra dispuesto a pactar con ellos y con los comunistas para conformar un gobierno de corte frente populista, al estilo de aquellos que la Internacional Comunista puso en funcionamiento con el objetivo de hacerse con toda Europa. La guerra llegó oportunamente para acabar con sus propósitos. Algunos ya se han olvidado de ello y puede que, si insisten en volver a las andadas, no tarden mucho tiempo en conocer sus deletéreos efectos. Se lo habrán buscado.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, felicitamos de corazón a nuestros atletas, no sólo por sus triunfos y por el esfuerzo que todos han puesto en intentar conseguir la victoria; sino por su buen comportamiento, su deportividad, su respeto por nuestra bandera y su amor patrio, un ejemplo de lo que quisiéramos que nuestros dirigentes políticos tomaran debida nota, para aplicarla a sus relaciones entre sí y, especialmente, para conformar un gobierno en pro del bienestar y la mejora de los españoles; para lo cual, sería preciso que hicieran un acto de contrición y fueran capaces de juntarse para conseguir la meta de llevar a España hacia el progreso y la recuperación. Pero tememos, señores, que… ¡no va a caer esta breva! DIARIO Bahía de Cádiz

más opinión Miguel Massanet

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