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Mis lorzas también


Es un estrés. Y el estrés, según a quién, engorda. Y servidora está en todos esos grupos que dicen las estadísticas y los estudios sesudos sobre el tema, proclives a absorber la grasa que pudiera haber en el aire.

Es un estrés pensar, por lo menos una vez al día, en las lorzas (algunas van y vienen, otras, se mantienen). Es una obsesión, que afecta a un alto porcentaje de personas (la mayoría mujeres, sí). Y yo he hecho un experimento de andar por casa. Y ustedes lo pueden hacer también.

Observen, observen. Seguro, que en reuniones de mujeres, en conversaciones playeras, en la cafetería, a través de las ventanas en los patinillos, en la cola del súper, en la mercería, en el parque con los niños, en la reunión del cole, en la oficina, la sala de espera del dentista y otros muchos contextos que se me ocurren, siempre sale el tema de la gordura, las dietas que se empiezan el lunes, ese régimen de la nutricionista aquella a la que Fulanita fue, y no le hizo “ná”, el día a frutas, el propósito de ir a andar pero “no tengo tiempo”, etc.

Esta esclavitud, la libertad a merced de la báscula, y el ser en exceso críticas con nosotras mismas, reduce toda la grandeza de nuestra existencia a la talla, al “cómo nos ven los demás”, a la obligación de ajustar nuestro envoltorio a aquello que la sociedad espera y aparecer en las fotografías con unas clavículas deseables, unos brazos que no parezcan teleras de pan de pueblo, unas piernas lisas y un trasero sin rastro de hoyuelos de celulitis. Pero si reflexionamos, en nuestro día a día no hay photocalls, ni alfombras rojas.

Y es que a lo mejor no hemos caído en que eso del photocall y la alfombra roja llevan detrás toda una parafernalia de hambre, sufrimiento, muchos euros que nosotras no tenemos, invertidos en carne, sangre y bisturí, y un vivir de lo efímero y etéreo de la imagen. ¿No les parece triste? A mí sí.

Yo no seré jamás una de las que salen en las revistas en la playa, con un pie de fotografía en el que pone: “Charo Troncoso, espectacular en bikini, ha recuperado completamente su figura después de tener a su hija”. Pues no, Charo Troncoso (ni tú) vive de su cuerpo, y ha sido madre a lo bruto (como todas las que no tengan la suerte y la fortuna de parir en la Ruber, con cirugía plástica incorporada al parto o la cesárea). Charo Troncoso es de buen comer y durante el curso no tiene tiempo ni dinero para cavitaciones, entrenador personal, masajes ni por supuesto quirófanos. Charo Troncoso es profesora, y ama de casa. Y Charo Troncoso es una tía normal. Como tú. Elsa Pataki, definitivamente, es extraterrestre. Una alienígena con pasta. No hay que darle más vueltas.

Y es que personalmente considero todos los comentarios “corporales” sobre las “artistas” en el couché, insultantes, denigrantes, denunciables. Sí. Pero nos los tragamos, seguimos el juego constantemente, y de forma subliminalmente descarada los asimilamos e ipso facto, miramos la imagen descolgada y desilusionada que el espejo nos devuelve cuando nuestros ojos no están cargados de amor propio, precisamente.

Estamos en el siglo XXI, y seguimos dando pasos para atrás. O no. Porque en la antigüedad, la “esteatopigia” (sí, las cartucheras, el culo contundente, la piel de naranja, las caderazas) eran símbolo de fertilidad, de belleza, y así se representaba en todas las venus, y figuritas femeninas sagradas. Seguramente, en otras épocas, “gorda” no era un insulto de lo peor.

Lo más sorprendente es que he visto temblarle los cimientos de la autoestima a féminas intelectuales (la perfección, hasta el extremo, es uno de los rasgos de las enfermas de anorexia), brillantes, con la vida bonita, ante una posible insinuación acerca de unas incipientes formas redondeadas. Y es triste.

Es muy triste vivir con el paladar atado a las operaciones pre-bikini y post-bikini (esta última es la peor, porque además, viene con regalito: la culpabilidad). Es muy triste sucumbir a lo triste.

Es tristísimo no disfrutar de una misma, y de la pareja, a la que seguro no le importan unas carnes más o menos prietas, ni se va a fijar en si acumulamos líquidos o hemos aumentado el volumen.

Así que yo he decidido tirar todas las revistas muy mujer de hoy, que vienen los fines de semana con el periódico, sobre todo aquellas con páginas y páginas dedicadas a “perder esos kilitos de más que se acumularon durante el verano”. Ya se irán, si es que se tienen que ir, el tinto de verano y los mojitos, y las tartas de cumpleaños, y las barbacoas… aunque, si lo pienso bien, prefiero que se queden. Son pruebas de vida. De la vida plena, que no gorda. Y, ¿saben?, adoro los momentos hipercalóricos y a los amigos con los que los comparto. Adoro el sabor de estar aquí, con todas sus consecuencias. Y adoro mis lorzas, también. DIARIO Bahía de Cádiz

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