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Más es menos y menos es más


En matemáticas el signo (+) significa una unidad superior cuando se compara a otra inferior de signo menos (-). Es decir 5 cuantitativamente es más que 4 cómo 4 es  menos que 5. Y esto constituye un axioma que evidentemente no necesita demostración. Por eso ‘más’ como cantidad siempre será -más y mayor- que menos.

Sin embargo en la vida ordinaria, en el día a día, y en el comportamiento general de  la sociedad actual, esta teoría -del más o del menos- que al fin y al cabo es una manera de  medir, nada tiene que ver con la realidad.

Y sus consecuencias y resultados  gusten o no, reflejan que -los menos- consiguen  más -que los más-  con el agravante  de que la inmensa mayoría, o sea los que son -muchos más- tienen que soportar las consecuencias de los menos, que no obstante -las respetan- cosa que no sucede con la misma reciprocidad cuando se trata de los asuntos relacionados con los menos.

Citar ejemplos de lo descrito es tanto como perderse en la noche de los tiempos por la cantidad de ellos, que con razón o sin ella podrían referirse como hechos constatados y consumados.

Pero solamente me referiré al pretendido ‘acotamiento’ para los perros que se pretende instalar en nuestra playa del Castillo o de Camposoto, anticipándome a  lo que puede resultar de nefasto en mi opinión y poco positivo so pretexto de contentar a una minoría (los menos) si se produce lo que se adivina, según se desprende de las noticias municipales, camufladas por algunos medios con el sobrenombre de ´mascotas’.

Y conviene aclarar antes que, el término -mascota- aunque incluye evidentemente a los  perros,   puede referirse igualmente a un gato,  a un conejo  o a un pato, porque éstos animales que sepamos, también forman parte del grupo de las macotas. Por tanto, llamemos a las cosas por su nombre, si es que se trata en realidad  de un recinto para ´perros’ y no para ´mascotas’.

Y antes de continuar  debo manifestar para no confundir a nadie, que soy amante y no detractor de estos  inteligentes animalitos, a los que en algunos casos sólo les hacen falta hablar. Y no digamos -cómo actúan- cuando son adiestrados para detectar bombas o drogas y auxiliar a las víctimas de las catástrofes o simplemente como guarda y compañía. En mi familia siempre hemos tenido perros: un dálmata, un caniche, tres  pastores alemanes y dos pastores labradores.

Sin embargo soy consciente, que igual que los ciudadanos deben cumplir con las normas establecidas en la sociedad para el desarrollo de una buena convivencia. Estos animalitos (y por ellos sus dueños) también deben cumplir con las suyas propias -que aunque están previstas- no se cumplen, ni siquiera se intimida para conseguir y evitar tantos orines y excrementos sueltos por los acerados, las calles, las esquinas y las fachadas de los edificios; significativamente porque sus propietarios, salvo honrosas excepciones, no son consecuentes y permiten, que se produzcan estas situaciones antihigiénicas, que además tanto deteriora. Situaciones que no se pueden ocultar, porque lamentablemente están a la vista de todos.

La población canina es infinitamente mínima frente a la que no, y por tanto, se ha de tener en cuenta esta circunstancia. Y acotar cinco mil metros cuadrados de merma del espacio libre de la playa  aunque sea lejos de la zona habitual de baño, pero cerca de la Punta del Boquerón y además para llegar a dicho acotamiento, se ha de utilizar el sendero que se habilitó -con buen criterio por cierto- para el uso exclusivo de peatones, senderistas, ciclistas y sobre todo para ‘discapacitados’ que se verían intimidados por la presencia de los perros en tan reducida estrechez, sinceramente y razonadamente no parece que sea una buena idea.

Por otra parte, no somos ricos ni tenemos estructuras como para permitirnos tener una playa sólo para perros como existe en otros lugares, además de parques para ellos y sitios adecuados ‘bien acondicionados’ para sus necesidades biológicas que sería lo ideal y lo razonable; porque lo otro, lo que se pretende, es tanto  como lo que se viene haciendo siempre -vestir a un santo para desnudar a otro- o lo que es lo mismo perjudicar a los más en beneficio de los menos.

Pero sobre todo evitar el riesgo que supone la citada instalación  aunque se tomen todas las medidas oportunas y necesarias; porque irremediablemente deterioraría una gran playa hasta ahora limpia y natural, que perdería el encanto de su diafanidad, obstaculizando el paseo hasta la Punta del Boquerón, que tanto gusta y es orgullo y disfrute no sólo de los isleños, sino de todos los que nos visitan, con el añadido de la repercusión que ese impacto tendría en la próxima calificación en cuanto a la ‘Q’ de calidad y el azul acumulado de sus banderas.

Es cierto que no hay ninguna ley que prohíba expresamente la presencia de los perros en la playa, salvo las normas de prohibición establecidas en cada comunidad o ayuntamiento, que en algunos casos, sus desacatos se sancionan con multas que llegan hasta los tres mil euros.

La idea del acotamiento puede ser buena, pero no impediría que se reduzca la playa y se produzcan trastornos más o menos graves en aquellos días en los que se encuentre agobiada y a tope de usuarios, especialmente en verano, no obstante y a pesar de su extensión y de los aparcamientos existentes, que a veces resultan escasos e insuficientes.

Tal vez el hipotético acotamiento que se pretende, tenga mejores resultados, fuera del tiempo de la temporada más alta y de la mayor afluencia y concentración de público. Pero en cualquier caso, conviene tomar nota, regular y adoptar medidas razonables y convenientes en cuanto a tiempos, horarios, etcétera. Y así contentar a las partes de tal manera que satisfagan a ambas, lo cual no sería una tarea nada fácil y a veces estéril o quizás imposible.

Me alegra saber qué ante las discrepancias surgidas en gran parte de los sectores de la población (los más) en esta ocasión, parece ser que se procederá a una consulta general de cuya consecuencia y resultado saldrá el futuro de que dicho ‘acotamiento’ se instale o no, aunque razonablemente en cualquier caso, creo que el presupuesto que necesitaría su instalación, mejor sería aplicarlo en otros objetivos más necesarios y urgentes para nuestra ciudad y en beneficio de ´todos’ los ciudadanos.

Se y soy consciente de que a pesar de estos lógicos y objetivos argumentos, seguramente este artículo no sentará bien a los propietarios de los perros, pero créanme que el espíritu del mismo, no pretende molestarlos, sino que se basa únicamente en la racionalidad, en el sentido común y en el respeto mutuo de una armónica,  pacífica,  sana y buena convivencia. DIARIO Bahía de Cádiz

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