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Las damas washingtonianas dinamitan la democracia


“Al demostrar a los fanáticos que se equivocan no hay que olvidar que se equivocan aposta”. André Maurois.

Decía Voltaire: “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”. Cuesta llegar a comprender como, en un país donde la democracia forma parte del ADN de cada norteamericano y que se puede decir, sin mentir, que fue el primero en instaurar el sistema democrático como el que más representaba el sentido del pueblo y, a la vez, establecía el método más perfecto, si es que se puede decir que existe alguno semejante, para poder escoger justamente a las personas que han de ocuparse de dirigir, en nombre del pueblo y para el pueblo, los destinos de la nación. De hecho, se puede decir que los 45 presidentes que han gobernado la república americana de los EE. UU. de América; se han venido eligiendo con el mismo método, ya que se trata de un estado confederado en el que, cada nación que forma parte de él, tiene un peso específico (según el censo del 2010) en el total de los estados, que queda determinado por el número de compromisarios (538 en total) que cada candidato a la presidencia es capaz de conseguir6; un sistema que, aunque pueda parecer complicado, lleva 229 años utilizándose.

Las pasadas elecciones del día 8 noviembre del 2016, han cogido a contrapié a demócratas y, lo que resulta todavía más increíble, a los propios… republicanos, algunos de los cuales seguramente hubieran preferido que la vencedora fuera la atrabiliaria, de poca confianza y habilísima, señora Hillary Clinton, persona avezada en estos trances y que, sin embargo, en esta ocasión erró la táctica. No obstante, la victoria del señor Trump en número de compromisarios ha sido aplastante, sin la menor duda acerca de su legitimidad y, evidentemente, le otorga todo el derecho a llevar a cabo la política que le ha conducido a la casa Blanca; aunque los demócratas y todos los que no le votaron ahora desearían que no hubiera sido elegido. Lo contrario sería engañar a aquellos a los que les ha prometido las reformas y los cambios que les ha inducido a votarle.

Hete aquí, no obstante, la archiconocida táctica de las izquierdas que, cuando los resultados electorales les son favorables, se ponen estupendas defendiendo al candidato electo de su partido, criticando de forma contundente si, alguno de los derrotados, – no que se atreva a tomar la calle por su cuenta, algo que nunca sucedería, ni tampoco que intentaran reventar la toma de posesión del candidato vencedor

(vean el caso del señor Obama) – recurriera ante la Junta electoral el recuento o denunciara una infracción en alguno de los colegios electorales. Sin que haya tenido tiempo de empezar a gobernar ni que le concedieran los 100 días que se les suelen ofrecer a los nuevos presidentes, toda la tropa de la izquierda se ha lanzado a la yugular del nuevo presidente Trump, para intentar derribarlo de su cargo, antes incluso de que haya podido empezar a ejercer su mandato.

Las temibles hordas de Hollywood, los multimillonarios actores de las grandes y carísimas mansiones de la costa Californiana; los grandes consumidores de cocaína o de drogas sintéticas; los que escandalizan a sus seguidores por sus numerosos divorcios, por sus bacanales y despilfarros; todos ellos han elevado el grito al cielo y se han lanzado, como manadas de dingos salvajes, sobre el nuevo presidente y, no sólo se han pronunciado desde sus medios de comunicación o sus plataformas escénicas en contra de Trump, sino que han salido a las calles al frente de muchedumbres de seguidores para protestar por el hecho de que uno, que no piensa como ellos ¡¡gracias a Dios!!, haya conseguido, limpiamente, ser elegido para presidir la gran nación americana. ¿Qué clase se superioridad moral se pueden atribuir estos miembros de la farándula?, cuando quizá son la parte de la sociedad norteamericana más corrupta, disoluta e inmoral; para protestar porque, un señor que no se ha casado con nadie, ni con sus propios socios republicanos, pretenda imponer un sistema distinto para dirigir su nación hacia otros rumbos diferentes a los que, los últimos gobernantes, la han querido encaminar (no siempre con éxito). Y, todo ello, a pesar de que, su victoria en las urnas, ha dejado claro que fue legítima, aplastante y reveladora de que, los votantes americanos, están hartos de que les impongan políticas, que podríamos definir como endémicas, tanto de derechas como de izquierdas, y han encontrado en, el populismo del señor Trump, su mejor vía de escape.

Y ahora, en el colmo de la desfachatez, sin prestar atención a las leyes de su país, sin respetar las normas de la democracia ni atender a todas aquellos mandatos contenidos en la Constitución americana, sin importarles el mal ejemplo que van a dar a sus hijos y lo que supone, en cuanto a alteración de orden y al fraudulento ataque a los valores tradicionales del pueblo americano; una multitud de féminas, arrastradas por agitadores profesionales y por desvergonzadas y amorales activistas, como el caso de la señora Madona u otras que, lamentablemente, se han sumado a su campaña; se han lanzados a las calles de Washington para convertirlas en un ejemplo viviente de lo que es una falta de respeto por las leyes de la nación, una demostración de hasta donde pueden llegar los intolerantes y, sin duda alguna, una forma más de estas izquierdas para desacreditar, ante el resto del mundo, a la nación americana, hasta ahora un ejemplo de la más genuina democracia para todos los países del orbe civilizado. Medio millón de furias desatadas han invadido la capital de los EE. UU, cubiertas de gorros color de rosa, aunque, en realidad, lo que debieran de haberse encasquetado, es la típica cabeza de asno, con un par de orejas descomunales, que delataran la torpeza y la insensatez de ser capaces, con su necedad, de infringirle un mal irremediable a la fama de su gran país.

Pero no queda en esto el desatino ya que, no sabemos por qué tipo de corriente de transmisión, se ha extendido por el resto del mundo, en Francia, en Alemania, en Italia y ¡cómo no!, en España, donde, tanto en Madrid como en Barcelona, se han hecho eco de la protesta de las americanas, contribuyendo con sus manifestaciones a demostrar que, los insurgentes y descerebrados existen en todos los continentes y que, cuando se trata de atacar a las derechas, ni las izquierdas ni los separatistas, dejan de aprovechar la ocasión de meter la pata hasta el corvejón. No es de extrañar que, cuando dentro del propio Parlamento de la nación, tenemos a representantes elegidos en las urnas que, a la vez, son decididos partidarios de los tumultos callejeros, las destrucciones de escaparates y cristales, de acosar a las fuerzas del orden y de implantar el terror en las ciudades; pensemos que, el peligro de involución, está a la vuelta de la esquina.

No nos queda otro remedio que reconocer que, el mal, lo tenemos dentro; que la revolución ya está en marcha y que, la política de nuestros gobernantes, de excesiva tolerancia y de falta de energía para acabar con semejante desorden, lleva trazas de situarnos a la cola de Europa, en cuanto a seguridad interna, respeto por las leyes y defensa de nuestras estructuras e instituciones, hoy en día en peligro de ser asaltadas desde aquellos sectores, que se valen de la política para arrastrarnos a un tipo de Estado parecido  al que, algunos, están intentando poner de moda en toda Europa y, si nadie lo remedia, es posible que lo consigan si, como está pasando en los EE.UU, el respeto por las leyes y la exigencia de su estricto cumplimiento, sigue relajándose como hasta ahora.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, nos preguntamos en qué va a acabar toda esta “movida” que, de una manera alocada, insensata y pueril, se está convirtiendo en algo general que, poco a poco, se está extendiendo por todo occidente, mientras en oriente, una serie de salvajes obcecados por las consignas de predicadores religiosos, que los incitan al asesinato y la eliminación de quienes no participen de sus creencias, están manteniendo en jaque a aquellas naciones que, con poca convicción y menos medios, pretenden que los yihadistas del Daesh y el EI, se vuelvan a sus escondites, mientras miles de personas son masacradas en las ciudades donde se lucha y otros miles mueren, cada día, intentando huir de aquellos lugares dominados por los asesinos islámicos. Mucho nos tememos que hayamos entrado en una dinámica que nos augura tiempos difíciles y ¡eso preocupa! DIARIO Bahía de Cádiz

más opinión Miguel Massanet

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