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La cultura y los sedantes (elogio a Praxíteles)


Hace algún tiempo conocí a una mujer que, tras mostrarme una foto de su cuerpo, me dijo que le gustaba especialmente su propia curva praxiteliana[1]. ¿Puede haber algo más bello, más sutil y a la vez tan poderoso, que una mujer sintiendo el arte, trayéndolo a la realidad, a lo concreto, a su propio cuerpo? Es el límite en el cual lo material entra de lleno en lo sensual, lo intelectual en lo violentamente atractivo. Y, sin embargo, se perdió en el momento.

No son tiempos adecuados para la emoción, me temo; tiempos en lo que las experiencias cotidianas no son capaces de dar más, sencillamente porque las personas que los viven no pretenden sacar más. Equiparamos el ocio con el trabajo, nuestra espada de Damocles nos obliga a disfrutar, a no cuestionar. A tener derecho a huir. Y no es que no se deba, es que no se puede huir. Como la mujer praxiteliana, todo es fenómeno, es momento, y lo más que podemos aspirar es a convertirlo en un recuerdo digno.

El ocio actual está diseñado para permanecer en el recuerdo como un conjunto, como un todo homogéneo. No son cosas dispares: son programas de televisión que se parecen entre sí, películas que conforman sagas, novelas que repiten esquemas, videojuegos con movimientos repetitivos[2]. Y no se trata de que no se pueda, lógicamente, disfrutar de ellos. Se trata de que no se demonice lo contrario: ¿cómo podría un ocio pasajero compararse con el esfuerzo de la alta literatura? Ambas cosas son improductivas, pero una nos seda y otra nos alienta. Una tiende a convertir el paisaje en una fina línea infinita, y otra nos presenta una brutal complejidad montañosa que desconocemos en gran parte. ¿Cuál de las opciones nos mantiene más cuerdos?

Hay que ser valiente para, como la mujer praxiteliana, no avergonzarse de saber. Paradójicamente esta era de información nos ha traído la tiranía de la falsa modestia, y si bien antes las familias reunían el poco dinero posible para llevar a la prole a la escuela, ahora las escuelas son un hervidero de mediocridad del fin de las ideologías, adonde casi ni merece la pena asomarse buscando resistencia intelectual. Todas las opiniones, todos los gustos se equiparan a una velocidad increíble y se convierte en un estigma, no pretenderse culto, sino esforzarse por serlo. Se ha perdido la honestidad en el debate y en el sexo, me temo.

Decía un genio compatriota republicano que si acabara en la cárcel no le dieran una barra de pan, sino media barra y un libro. Me temo que pocos lobos solitarios toman consecuentemente esto, que queda para la poesía: morir aprendiendo, aprender del momento y no convertirlo en un paquete de imágenes por contrato. Tanto pan televisivo acabará por sepultar las escuelas, y no seré yo quien se quede dentro, no: hay que defender el pensamiento libre y las pasiones, y si quienes dicen defender la escuela pública vienen con un discurso pseudo-democrático que tacha de clasista todo lo que huela a esforzarse intelectualmente, por mi que cierren las escuelas. ¿Para qué enseñarles ciencia y filosofía, si no son más que formas elitistas de regocijo o, como mucho, un puesto de trabajo funcionarial? ¿Para qué leer alta literatura, si luego hablan como pedantes y se preocupan de asuntos que escapan a lo importante?

Pues al diablo con el sistema público educativo.

¿Para qué están las escuelas sino para poner a trabajar el intelecto y la creatividad, eso que luego la sociedad abierta y comunicativa te estampa en la cara? O asumimos que la Cultura es una forma de vida, y no un mero pasatiempo tan (poco) legítimo como la basura que reproduce sin parar dinero de grandes empresas de ocio capitalista, o ya pueden ir hundiendo la nave. Lo clasista no son los hechos, clasistas son las personas que categorizan éticamente hasta qué punto puedes llevar la discusión de un libro o qué profundidad puedes alcanzar en una discusión con otras personas. Normalmente quien acusa de clasista o está siendo tremendamente paternalista (los más de los casos), o sencillamente se está sintiendo ofendido. Vayan por adelantado mis disculpas, pero comprenderán que no hablo de quien no puede, sino de quien no quiere, y además se defiende. Que aquí todos somos hijos de la clase obrera, y el futuro colectivo no nos lo dicta más que nuestro esfuerzo.

No son tiempos para las emociones, y eso resulta de lo más emocionante. La Cultura está permanentemente sembrada de surcos geométricos y vallas al campo, y no se dan cuenta de que debe florecer salvajemente, ya que es un erial. Disfruten menos del porno, y más de las curvas praxitelianas. DIARIO Bahía de Cádiz


[1] La curva praxiteliana es la que se dibuja con la cadera levantada con respecto al eje del torso. Se puede ver aquí: http://2.bp.blogspot.com/CgwqWzbqdRU/Vaixve4CsXI/AAAAAAAAAUU/HfsEvhseBLE/s1600/afrodita%2Bpraxiteles.jpg

[2] Habrá más de un(a) ingenuo/a que trate de concretar casos de grandes sagas, grandes videojuegos, grandes series, próximas a obras de arte que merezcan permanecer en la memoria. No lo dudo, ni mucho menos, pero confío en que la capacidad de entendimiento de quien quiera leer esto vaya más allá de las siluetas de casos aislados, y reflexione en conjunto.

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