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¿Hablamos de España o de un país tercer mundista?


Sin duda alguna el día de hoy es un día trascendental, tanto para España como para los españoles. Es posible que haya una parte de la población española que no haya reflexionado suficientemente sobre lo que nos estamos jugando en este corto periodo, desde las nueve de la mañana hasta las ocho de la tarde, en el que los españoles estamos llamados a depositar nuestro voto para decidir, una vez más, los destinos de nuestra nación y el sistema de gobierno que nos reserva el destino, según quien o quienes sean los vencedores o los que, juntando sus escaños, tengan la posibilidad de fijar el rumbo del país.

Hubo un tiempo en el que, el bipartidismo, garantizaba que, fuera quien fuera el partido que ganase las elecciones, se mantendría dentro del ámbito constitucional, respetaría las reglas fundamentales de toda democracia, sostendría la propiedad privada y se mantendría dentro de la legislación comunitaria; sabedor de que, cualquier otro camino nos iba a llevar a una situación insostenible porque, un enfrentamiento con Europa, hoy debilitada por el abandono de la Gran Bretaña, nos iba a apartar, como parece que se empieza a estar fraguando entre los principales naciones cofundadoras de la UE, repito, nos iba a relegar a la condición de potencia de segundo orden, en compañía de aquellas naciones que han venido demostrando más su debilidad, como consecuencia de la crisis pasada.

Lo cierto es que, el concepto de la Europa de dos velocidades, parece que ha vuelto a sonar entre las naciones de más predicamento en Bruselas. Hace apenas uno o dos años España hubiera participado en la reunión de urgencia que la señora Merkel convocó para tratar del Brexit inglés y para tomar las primeras medidas para afrontar lo ocurrido con los británicos, intentando frenar la mancha de aceite de la huida para evitar que se extienda al resto de los países comunitarios, algunos de ellos afectados por diferencias internas sobre si deben o no permanecer en la CE. No creo que fuera lo que más nos conviniera, a los españoles, quedar en un segundo plano, junto a naciones como Grecia, Portugal e Irlanda, alejados de las grandes decisiones que quedarían reservadas a los de siempre y que pudieran afectarnos en temas tan importantes como la recepción de ayudas, la economía o la participación en la OTAN.

De lo que resulte de la voz de las urnas esta noche, van a depender, en gran manera, nuestras relaciones con el resto de naciones de la UE, nuestra moneda; nuestras posibilidades de obtener financiación foránea, tanto para la deuda pública como para la privada, a un precio asequible; la salud de nuestras bolsas y, lo que se ha convertido de nuevo en un problema para España, su prima de riesgo, que ha vuelto a emprender una subida que nos ha arrastrado, en algún momento, a los 180 puntos básicos. Evidentemente, ya no hay quien pueda, a estas alturas, cambiar o intentar hacerlo, el sentido de los votos de nuestros conciudadanos porque, como dice el latinajo: “alea yacta est”, ya no hay quien pare el destino de los españoles ni las consecuencias de un posible error colectivo.

No obstante, lo que sí puede darse es que, dentro de unos días o unas semanas, aquellos que se hayan dejado influir por los cantos de sirena de algunos grupos poco solventes y muy hábiles en vender ilusiones irrealizables, otorgándoles su voto de confianza, les ocurra como les ha ocurrido a muchos británicos que, sin saber lo que era el “brexit” votaron por él; lo mismo que, algunos a los que se les vendió como la panacea para que, la Gran Bretaña, fuera libre y tuviera ocasión de, siendo independiente, librarse de las cadenas que la tenían amarrada a Europa y así poder “despegar” en su andadura económica y financiera en solitario; sin asumir compromisos que la obligasen a aceptar cuotas de inmigrantes. No, a las semanas ni a los meses o años de haber votado por la separación del RU de Europa, sino ¡al día siguiente de la votación ya se están arrepintiendo de haber votado “brexit”¡.Cuando se han apercibido de las reacciones que ha ocasionado la noticia, cuando han visto el descenso vertiginoso de la libra y las bolsas, cuando se han percatado de que van a necesitar pasaporte para viajar por Europa o ven peligrar sus trabajos en empresas extranjeras o, como les sucede a los cientos de miles de británicos que residen en España y ahora están sobre ascuas pensando en lo que les va a afectar la nueva situación de su país. Muchos se mesan los cabellos murmurando “que no pensaban que de su voto se pudiera derivar una situación tan complicada y lo tajante que han sido los mandatarios europeos, dando prisa a Gran Bretaña para que acelere el proceso de separación.”

En estos momento todavía no tenemos datos ni anticipaciones respecto a los resultados de las votaciones en España pero, viendo el ambiente que ha precedido a estos comicios, escuchando las conversaciones de los jóvenes, atendiendo a las últimas declaraciones de los distintos líderes de los partidos en liza y teniendo en cuenta la evidente degradación del pensamiento de algunos sectores de ciudadanos, mucho nos tememos que, lo que salga de las urnas, una vez más, sea un salto atrás en cuanto a lo que, durante estos últimos cuatro años, se había conseguido, esto es, con esfuerzo, con sacrificios, con desempleo, con salarios más bajos, con penurias y desengaños pero ¡ con adelantos efectivos, con perspectivas mejores, con reactivación de empresas, con más competitividad, con más empleo, con plena aceptación y ayuda de la Europa comunitaria, con más demanda interna!, en fin, con unas perspectivas mas halagüeñas que hacían esperar que, en unos años, España habría recobrado, al menos en una parte importante, su nivel de vida anterior a la crisis.

Como ya nos ha sucedido en otras ocasiones, como la Historia nos recuerda, no será ésta la primera vez en la que los españoles nos hemos hecho el harakiri por simple estupidez, por rencillas, por odios, por revanchismo o, simplemente, por pereza de pensar. La panza de las urnas, cuando rompa aguas y expulse su contenido será la que nos dará la noticia. ¿Un feto contrahecho, un bebé sietemesino o un monstruo destructor? Sólo una posibilidad de que, contraviniendo las efectivas reglas de Murphy, el paritorio político nos de una alegría a la sensatez, un consuelo a la inteligencia y una reconfortante sensación de paz y tranquilidad a nuestro agitado órgano pensante, si fuera capaz de darnos un bebé político sano, sin deformidades y con los atributos de un buen gobernante, honrado, sensato y capaz de enderezar el camino de esta nación, tan propicia a equivocarse de camino en los momentos más insospechados y críticos.

El hecho de que la democracia sea, según se dice, la menos mala de las opciones políticas, no quiere decir que esté exenta de taras. Y estas taras se acrecientan cuando, el pueblo que es quien la sustenta, está afectado de la epidemia de la demagogia, de la enfermedad del olvido, de la chabacanería ignorante o la petulancia carente del más mínimo sentido común. Entonces, señores, ya no estamos ante lo que se entiende como un país democrático, sino ante un monstruo robótico teledirigido, al servicio de quienes le han programado, propicio al totalitarismo y al absolutismo, capaz de parir los mayores desastres y las peores consecuencias para los mismos que han contribuido a engendrarlo. En Venezuela tienen su propio ejemplar de sicótico dictador y, como en España no nos espabilemos, es posible que no tardemos en tener nuestro propio clon del orate venezolano, al que le habla el pajarito en el que se encarnó su antecesor Chávez.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, esperamos el momento, queriendo que nunca llegue a la vez que estamos ansiando salir de dudas, en el que, oficialmente, se nos informe del resultado de esta partida de ajedrez, en la que puede que, más que en ninguna otra ocasión, haya la posibilidad de que alguien de el ¡Jaque al Rey! DIARIO Bahía de Cádiz

más opinión Miguel Massanet

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